
(El Surrealismo y el Bobero II)
Triste efectivamente el destino del surrealismo convertido al canon de la manera más impune, abierto a todos los caminos de la museicidad, automatizado en los conjuntos de procedimientos propensos a convalidarse en la normalización-base, disparado su arpón a todos los cantones del arte consagrado; logró – obviamente – automatizarse ecuménicamente y convertirse incluso (al final Dalí dio en el blanco) en fuente proteínica del saber publicitario occidental; irónico destino para quienes propugnaron la desautomatización proestética de la percepción consuetudinal. El dadaísmo no podía durar más que la juventud de sus legionarios. Se contagia en cualquier nubilidad lumpen con otros rótulos cualesquiera. Era un estado de las hormonas; donde se performatean los estados de la mente, por cierto. La gracia que nos dejó el surrealismo por suerte ya es folclórica, no nombra fácilmente su origen, se asedenta en transmisión ambiente. Lo triste es el canto de viejo y la solapa de burócrata sensible y simpático de aquellos que viven del alarde de ennoblecimiento que hace estela en la sublime evocación nostálgica del “surrealismo”, talismán nominal ahora de cualquier revisteril emprendimiento institucional-munícipe y seniscente.