
La "vanguardia" argentina no se parece mucho a la europea, a las europeas. Si es que la vanguardia argentina son los martinfierristas. No están rodeados por la maya del proto-freudomarxismo; son burgueses, pequeños o aristocráticos, sin cola de paja: la mayoría son más o menos yrigoyenistas; alguno loco-cristiano, otro genio incalificable de ninguna otra manera (Macedonio), algunos curten un protoprogresismo, cínico o sentimental (Artl uno, Olivari-Tuñón dos), populista-leninoso; alguno termina peronista-clerical, la mayoría en Sur: conservas rabiosos. El único espíritu con sed de calco europeo es Girondo; pero es demasiado aristócrata para dadasurrealista; demasiado sibarita, y abogado al final. La historia de la importación de la vanguardia, de la emigración no-aluvional de la vanguardia es curiosa. Ninguno de estos cargaba el peso lejano de Baudelaire como ancestro; nada de cinismo, molicie concupiscente, decadencia maléfica, vampiricidad, nada. Poco y nada de violencia, y de espíritu de salvación del mundo, de reforma radical y completa de la realidad. Mucho de "cachada", de picardía "neocriolla", de cierto asombro y esperanza de lo nuevo: vivían bajo el signo de lo nuevo; rodeados - digo - de lo nuevo -; buscaban ligar dos nuevos: las estéticas importadas de Europa, tan ajenas al espíritu Lugones-Banch y casi tanto a Darío, y el fervor de un universo social indescifrable y prometedor; naciente no decadente: la Argentina incipiente.
Hay punks, punkies cultos, que reivindican al dadaísmo de antecedente fiel. Pero los Martinfierros tienen más del espíritu chacota del televidente canónico que del punk; pongamos de la primera minoría "mediática", el televidente de izquierda: el pergolinista no el tinelista.
No querían saber nada con Lenin (imaginarse a Güiraldes leninista); salvo Arlt por ejemplo, uno de los pibes floridoboedistas – bipolares -; pero el Lenin arlteano es a la Dostoevsky; se semblantea como una pasión monstruosa, un Hitler marxiano. Los surrealistas distinguían muy bien a Hitler de Lenin; le hicieron firmar a Dalí – que era un pop adelantado no un surrealista – una carta-documento en la que debía decir que no profesaba ninguna pasión por el acuarelista austriaco. Artaud – que terminó dedicándole loas sarcásticas al Adolfo – fue expulsado por el inquisidor trosco Andrecito Bretón.
Un dadaísta en Buenos Aires se hubiera muerto de hambre; a lo mejor se hubiera pasado a la bomba literal (material digo) con Di Giovanni. El único dadaísta argentino fue Viñole probablemente.