
[Vitoldo, fuente de permanente inspiración en el pertinaz ejercicio de la diatriba contra los poetas]
La poesía es una mafia. La sociedad es el conjunto total que contiene innumerables conjuntos: conjuntos mafiosos: no sólo la policía, los partidos políticos, la prensa, los monopolios, las hinchadas de fútbol. Hay mafias menores. Léase bien: no digo lo que Borges: magias menores. Digo mafias menores, como la de los “poetas”. Dentro de un mercado en disputa, mercado como campo de acción y de batalla, hay distintas sectas. Mafias menores mayores, mafias menores menores. Entablan códigos. Códigos explícitos, y códigos implícitos. Entre los explícitos, se pueden encontrar los antiguos manifiestos grupales, las individuales artes poéticas. Manifiestos ya no hay. Hay consignas encubiertas o al descubierto, pactos murmurados de café, y extendidos por efecto teléfono, o los enunciados vía grafemas. Artículos, sinuosas líneas editoriales. Amistades se les llama; gremiales. Favores, deudas. En el campo de la “narrativa” como llaman periodistas editores y profesoras, las líneas y las reglas suelen estar más al claro. Es más fácil quizá responder a la demanda de base. En ese caso estar a la altura de la media no es tan complicado. Alterarla superarla romperla deformarla sí. Y ahí comienza el problema obvio: quién y cómo legitima la novedad, la superación, quién reconoce aquello que rompe lo dado de modo tal que lo hace en regla, de algún modo a pedido: por encargo.
No hay leyes intrínsecas en todo esto. Las reglas son de etiqueta. Se trata de sociales y sociabilidad: se trata de una trama vincular mafiosa. Se trata de romper la regla como regla, de introducir – paradoja fundante – lo nuevo reconocible. Lo a excluir es aquello que rompe la regla aparentemente afuera de la norma de romper la regla. Aunque rompe la regla rompe la regla de romper la regla; un eslabón sin cadena. Todo este asunto en el mercado de la poesía es mucho más crudo y evidente: convertirse en un poeta aceptado por las mafias hegemónicas es pasar el examen médico del club. Ello ocurre lo menos textualmente posible, lo más socialmente posible. Cómo reconocer a un poeta. Por el carnet. A veces caen meteoritos. A veces ocurre la excepción, alguien entra como por azar; pero eso no está en manos de nadie.