

(O la filosofía sirviendo después de Dionisio 1º)
“¿Para qué sirve la filosofía?” Obviamente: para jodernos la vida. Y – revancha -: para jodérsela a tu vecino. ¿Y para quién? ¿Para Dios o para los vecinos? - como preguntaría Sartrecito el valiente en Las Palabras-.
Mejor dicho: ¿para Dión o para los vecinos?
A aquella preguntilla, seguro siempre en boca del cínico naif de turno en el papel de “no-filósofo” Deleuze le contestaba, en uno de sus libritos: para entristecer. La filosofía sirve para entristecer. Vayan unos años al falansterio sadiano de la facultad de Humanidades y lo “patenciarán” más que manifiestamente. Lo patenciarán por el culo. La filosofía es una infusión de pasiones tristes. Te faltó anotar eso caro Gilles; eran otras épocas... ¿Dónde quedó la época de los filósofos emperadores oh Marquitos Aurelio?! Hoy son todos Epictetos (επικτετος: esclavo, comprado, adquirido). Qué curioso, Epicteto era esclavo y Marco emperador; el estoicismo romano jugaba a dos puntas, atacaba con los dos wines platónicos. Extraño, el realizador histórico del sueño platoniano, el filósofo al gobierno, el inventor de la primera academia de filosofía estatal – el precursor avant la lettre de l’age de Hegel, Marco Aurelio, escribía sin embargo “Soliloquios” (“Τὰ εἰς ἑαυτόν”); solo: loco. Aquel señor que escribió: “no regreses a la filosofía como a un maestro de escuela, sino con la misma disposición que el que padece una dolencia ocular recurre a aplicarse una esponja o huevo, o como el que se vale de un emplasto o un fomento”.
Cuando estaba triste, apelaba a la filosofía para fortalecerse…
Vale, quizá, para el filósofo en la calle, o de la calle, su maestro Diógenes ¡el claustrofóbico!; o el filósofo encerrado en su cuarto, Pascal, o el estufita-Descartes: enclaustrados no-áulicos.
Los demás de entristecer no pasan; seguro.
Oh Platón, qué mal te salió la cosa, dividiste soma y psyché para reinar… y terminaste engrillado.
Entonces la pregunta debería rebautizarse; sería: “¿Para quién?”: “¿A quién sirve la filosofía?”.