
El ensayo va siempre a la zaga de la ficción. Mientras lo último en el ensayo nacional es el “ensayo-chabón”, correlato literario del auge aplanador del mentado rock-chabón (la mala onda es del hermano de Gastón Pauls no mía), la novela da un salto en largo… y alcanza a la cumbia. El tango, de Borges a Lambo… pasó. El escritor-rocker ya es una antigualla, Fresán ya es un monumento, una estatua sabatiana. El objetivismo en Casas termina calamarizado. La mezcla de punk y peronismo que intentan algunos bloggers nace atrasada. Otras eran las épocas cuando Cortázar hacía entrar a los negros en sus buques narrativos (Los Premios…); la música negra que hacía entrar Cortázar era Louis Amstrong. De Borges se recuerda un gesto nada a lo Casas: reivindicaba un tango obsoleto y originario, cuya fuente porno retomó O.L., que, al final, no era tan antiborges como se quería decir: le seguía los caminos que aquel vislumbraba sin seguir. Borges y Bioy, los señoritos que se reían de la plebeyada del tango-canción, del monumento de Gardel (…de ahí a Dolina). Borges de música no mucho, pero se encargó de posterizar, me acuerdo, además del desprecio a La Cumparsita, uno parejo a la cumbia; a la rumba. Se las tiró con aquella vieja rumba que todavía se oía en los 70: “la deplorable rumba El Manisero”...
Bueno, ahora llegó Cucurto. Y a darle rango de libro a la cumbia, a meter todo lo que vaya faltando en la Biblio de Babel.
Tengamos un ensayista-cumbiovillero.