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21/7/10

EL BLOGGER COMO TROLL


El Troll es la estrella de la Blogósfera y Comentarista Anónimo, Homero. Quienes les abran sus puertas están condenados a convertirse en personajes secundarios. El Troll interviene, habla, con la impunidad del que calla. Introduce la lengua del enemigo en la lengua del ausente. Su aforístico arte de la injuria puede tirar a la mierda 2.500 posteos del pobre chamullero de pantalla. No subraya: tacha. Viene a ser como el Lector revertido. ¿A quién se le puede ocurrir darle voz y voto a un lector? Se deberían escribir, para probar, largas novelas intervenidas página por medio por puntuales Trolls. El Troll es un heredero liberado del lector insatisfecho, que tiene la oportunidad de expresar su sentimiento de estafa y repudio afincando su trinchera en medio del texto. Por la figura del Troll, el Lector malcojido se redime. Vejatorio o irónico, es el enemigo hospedado en casa. ¿Alguien puede no pensar como Gombrowicz?: “cuanto más torpe y estrecha es la opinión tanto más se nos vuelve importante”.

El enemigo es la anomia: ausente, anónimo, cagón, ¡ese es el enemigo! ¿Quién le teme al adversario? El Troll huye con un arma entre las manos; su vigor es femenino, la fuerza suave, las habladurezas, la huida agresiva (WG de nuevo), el poder incontrolable del esclavo, del cobarde, el lado B de la democracia. El verdadero enemigo nunca está a la altura de las circunstancias.

Es imposible bajarle los dientes al Hombre Invisible.

El Troll es el Otro, Genio del Mal, es el Miedo. Es el Receptor-que-emite, el que te hace llegar tu e-mail sin RE:. Siempre existió. Todo va bien hasta que llegan los lectores. El que no escriba para el Enemigo, escribe para el Troll. El Troll es el Lector. Pero hay algo que es mucho peor: el silencio del Troll. Pobre de aquel que codee fuera al Troll. Pobre el que borre los comments. Pobre.


15/6/10

NADIE ES OSVALDO LAMBORGHINI


para herir o
para desaparecer
frenesí infantil
por malentender
y por maldecir

Cuando los tontos dicen que un escritor es inimitable se sabe que quieren decir que lo más fácil es imitarlo. Que al habérsele consentido hacer una cosa única, y ofrecerle aplauso, se ha condenado a los émulos a ser puestos al descubierto de manera evidente e inmediata. Cuando uno hace lo más fácil, casi un acto reflejo (para el plagio de genio: la primera lectura es la que cuenta), mimetizarse en uno de estos casos únicos, la policía literaria, los Chirolitas del consenso, saltan, como si la literatura –el arte- fuese otra cosa que un activismo del plagio desde el Servicio Meteorológico Nacional. Bien, borrar las huellas del objeto ingerido, asimilado, clonado, es el ejercicio que se paga, usualmente, como artículo con valor de cambio relevante en el medio. No siempre, en realidad, dado que cuando el plagio es enteramente atmosférico, comunal, interactivo, general, o sea cuando se plagia a los –por lo tanto- “imitables” –ese plagio omnia contra omnes- las puertas de los mercaditos corren la tranca. Ni siquiera se trata del “intertexto”, se trata de algo mayor, que incluye la sintaxis de todos (correlato del fútbol para todos), pero no se agota en eso: llega al gesto encubierto de arrodillarse ante la demanda y desvivirse por narrar al lector pagando el texto, que básicamente existe en la forma de jurado, editor, crítico, profesor, en el caso del populismo para pocos.
Nadie quiere ser Lamborghini.
Este precursor del terrorismo de e-mail tuvo un rol: ser una patada en los huevos para los escribidores normales. Algunos hicieron como si nada. Otros padecieron malestar estomacal crónico, y se les recetó asimilarlo. Acusar el impacto, revelarlo, proclamar el mito, y adaptar por el medio que sea aquella mala nueva a una expectativa de tiempo de paz.
Lamborghini no es nadie.
La mitad de las interpretaciones triunfantes de Lamborghini son actos de expiación de un lado, perdón de otro. Tienen la forma de la excusa, a veces con un grado de ridículo incomparable. Si los amanerados de la facultad lo volvieron de culto y lectura obligatoria, bien por ellos, nadie te obligó a seguir esa carrera. Estás a tiempo de imitar a la parcialidad de Newell’s Old Boys: romper tu carnet. Por suerte yo no escribo, así que esto me resbala.
Nadie es Lamborghini.




(Rambo Lambo -orinal sin firma-)






23/10/08

Bloguero & Yo


(Pro Teoría del Blog)





Entre los poetas nacionales el recurso al habla fue una fija desde los 60 en casos como los del hijo de Baldomero Fernández Moreno, después la mayonesa Gelman, y así pero era una especie de apelación populista lirizada. Era una cosa medio radical, medio Unión Democrática. Los poetas de los 90, según los llaman, captaron bien que el habla argentina se volvió una topadora cada vez más grande que no deja hondura ni agujero vivo. En la decadencia de las revistas, demasiado dadas a la cultura, al public relation, a la red, no a la escritura, el blog cayó como suplemento justo. Suplemento del habla… Lo cagaron a Derrida al final… ¡acá son todos Rousseau!
El habla suplente o… la fascinación por el fascismo del lenguaje. Oh, Rolando, Rolando Bartesio… el blog es fascista. El jovenguardismo, algo muy distinto de un jovanguardismo, o de un vanguardismo, trasnvanguardismo o lo que sea, hace del… del… fascismo lingüístico, fascinación. El blog, en este caso, como correlato, ¿no?, propiamente, del ejercicio literario estricto del jovenguardismo, aparato promocional paratextual mitopersonal, diferencial generacional, sustituta pobre y púber del articulismo periodístico o de la producción revisteril. El habla es básicamente la falange del lenguaje, el foco de producción fascista que parece que aterraba a esos viejos profesores-vedettes de la Francia de los setenta. Así, de esta poca suerte, el “presente absoluto” de los artículos para Clarín, luego desfasados en libros, o sea Tomás Abraham, es demasiado poco absoluto o demasiado poco presente. El blog canónico, el blog tal como se canonizó (El cocinero salvaje, Monolingua, El fantasma y todos los demás… yo leo todo), lo pasa por encima. El blog, así, se tendría que escribir en los sybers, escritos en el cartesiano o kafkiano encierro de una pieza, son un artificio. El microfascismo al instante. El colectivo como instante.
No sólo la fascinación por el habla, sino la fascinación por el sujeto del habla, por el ya del sujeto del habla. El yo como ya. Pero el ya como cuerpo, como cuerpo colectivo, el ya como última e indivisible singularidad de lo molar. El acontecimiento… fascista... Bueno… micro, ok. Obviamente, si se trata de una apoteosis del yo no se trata del yo del pienso, ni del sufro; es el ego del soy pensado, soy hablado, soy mirado hasta cuando no estoy. En ese caso, sí un yo convertido en espectáculo, no el espectáculo del yo, porque eso es las Meditaciones Metafísicas, Husserl, el romanticismo transhistórico y la mitad de la literatura burguesa de la historia, o toda. Como trinchera inmadura pro madurez, trinchera de los pobres púberes para el ascenso social-adulto, simplemente una sustitución de las formas antiguas. Pero el blog introduce otros elementos antes no habidos. Inmediatez en todo orden, y un sujeto distinto, de un medio distinto, una colectividad distinta. El blog es la poesía (microfascista) del instante. La apoteosis del yo… no existo. Del yo, soy real; no existo. El blog anti-haiku. Experiencia de la fugacidad… microfascista. Televisión de los excluidos. Televisión ciega de los borders y losers. El blog, molarismo ilustrado, populismo elitista de minoría, molecularismo del devenir molar…ah. En fin…
LUNES.
Blog.
MARTES.
Blog.
MIÉRCOLES.
Blog.
JUEVES.
Blog…

En los blogs lo más fácil es encontrar en forma semianónima resentidos orgánicos que de todos modos no se atreven a escribir unos Cantos de Maldoror, o que ya lo hicieron y no pasó nada. Pero es un resentimiento orgánico colectivo. ¿Se trata del yo? El yo… El yo está hasta en la sopa, en las facultades y debajo de la máscara rupestre e inverosímil de los fucoltianos se encuentra incluso demasiado. Cuando el impersonalismo universitario sale al pasillo, deja de fonar con la humildad de la voz pública, se convierte en el yo-currículo. No escribir yo pero andar dejando fajos repletos de insignificantes proezas indolentes es bastante poco ayoico, ¿no? ¿No, Ferrer?

(http://www.revistaenie.clarin.com/notas/2008/01/30/01596756.html)

4/9/08

Platón, el Malaonda






Aira escribió que una ley capital del relato es: cuanto menos importante es un hecho, más cuesta contarlo. Es cierto. En realidad se aplica más a la poesía; más todavía a la poesía que al relato. La poesía contemporánea, mejor dicho, está aplicada a esto. Su evidente facilismo esconde esa, real o presunta, complejidad superlativa. Narrar lo vano, lo insignificantemente escapizo, lo superfluo, lo que pasa a las doce del mediodía, las apasionantes aventuras de tres hojas del árbol de la esquina desde las 10 a las 10:20, cómo se aburre en módicas digresiones obtusas una conciencia clase media ociosa en un ratito ante una pantalla; en fin: esas experiencias totales. El acabose de lo grave, de lo bajo, de lo chancho, de lo peor, de lo grotesco, de lo horroroso, de lo cómico, del amor-pasión, de lo sublime, de lo épico, de de de. Tomar agua de la canilla ¿no es el hecho poético?

11/6/08

Un Lugar Común Adolescente


(Sobre las “Divagaciones estáticas” de La Rana)




“Es mejor estar en la literatura
con los nudillos colorados
que con el culo roto
”
[1]





El título probablemente es autoirónico: nadie dudaría de que son estáticas. El papel del melancólico, o como escribió graciosamente Germán García, del “idiota que reclama que le sea reconocido un saber”, fue siempre una fija de la literatura argentina, un visaje que siempre encajó bárbaro en el “escritor nacional”. A esto le agregamos un plus de nostalgia, y está todo dado. Claro que, evidentemente, es un anacronismo deliberado, porque la posta, ahora, generacional, es el talibán. La cosa se puso más dura y ahora para sobrevivir en el medio hay que jugarla de talibán, neomonto, titán en el ring, patovica, neonazi, pibe chorro, neobaronbiza, peronista aireano, qué sé yo, diría Michel M. Además, no creo que nadie le pueda tener miedo a alguien que escriba, a alguien que pide asustar para poder entrar al sistema de la literatura nativa. En este sentido, aconsejo leer lo que dice un talibán sí clandestino –bueno… en realidad…- respecto del talibán oficial de la literatura nacional, a quien seguro el autor de las “divagaciones” tiene por lo más parecido a la “vida” que conoce: un hacedor full time de canonicidad que opera a base de gritos, dice coger bien y tener guita para retener lectores que de otro modo se desbandan rápido de sus prosas (la versión sociable et gentleman del realismo cocainómano O. L.)[2]. A la dialéctica entre la vida y la literatura también habría que beneficiarla con el “veto de lo absurdo”; es que es un tema de risa: cayó en el saco de la parodia, o en manos de Aira. “¿Qué hacer? ¿Vivir? –dice “Cumpleaños”- Es ridículo, un lugar común adolescente.” Las estáticas divagaciones están tan lejos de Rimbaud, de Artaud, de Gombrowicz, de… qué sé yo, por citar uno cerca, de Barón Biza, como de Buenos Aires. Perplejidades de un joven provinciano… en el bar de la Ciudad Universitaria. Más bien, en esas plañideras sintomatiza un destino de la misma revista: obstaculizar la vida; y la lectura es una forma de vida, poniendo en el medio la literatura, como objeto de culto; como, entonces, cultura. Defender la “vida”… desde la nostalgia. Aunque nadie pierda sino lo que no tiene ni ha tenido nunca como dice el poema. Defender la “vida” a partir de artículos organizados cómo cúmulos testimoniales de neolecturas consagradas desde una trinchera en donde sólo caben enunciaciones de libros reseñados, de un recensionista romántico, íntimosubjetivista, meticuloso pero afectado, es… raro, ¿no?.. ¿la torre de marfil autoasediada, autoboicoteada? No, en torres de marfil –como se decía en una época- vivirían los Rimbaud, si pudieran en esta época sobrevivir, si no vinieran con abandono previo de escritura, si no fueran inéditos forzosos y ninguneados. Reclamar el regreso de la vida y la experiencia se debería hacer, por lo menos, en silencio elocuente, y no facturando párrafos atestados con documentación comprimida de lectura obligatoria al día. Por otra parte Buenos Aires, incluso Córdoba, están llenos de escritores adolescentes (o sea menores de 35 años) que más bien proponen demostrar lo contrario, que sólo hay experiencia de vida, organizada colectiva, molar o incluso tribalmente, que lo que tornó imposible es el aislamiento de una subjetividad replegada, sujeta a la distancia del veto de la experiencia continua de la vida ordinaria. Será un tipo de vida alienada, una sangre demasiado poco literaria quizá para ese sistema morboso del gusto. Se trata evidentemente de la queja de un vampiro crítico al que le aumentó el costo de vida.

… de onda, ojo…





[1] http://www.wimbleblog.com.ar/2005/03/color-note-schavelzon-sega-una-paliza.html

23/5/08

Embalsamando a Evita



(Lectura de La Rana nº 2. Cba., 2006)



Siempre hay alguien que está por llorar porque quieren “destruir la literatura”. Qué mito idiota. Los únicos que pueden destruirla, además de los cometas, los musulmanes y Bush, son los que no leen ni escriben. La literatura -no hace falta decir moderna porque vivimos de un invento moderno– también es un “proceso de demolición”. El que no tenga esa vis sádica que no escriba, que no lea. La nostalgia y la melancolía también la llevan de acompañante. Detesto el placer del texto de los que escriben lo que no me gusta. Qué mito. Ni los que publican primero y escriben después ni los otros, ni los que usan el ready made del Word, los artistas de cortar y pegar y pasar por el traductor de Google, ninguno: todos son constructivistas. No hay gremio de la construcción sin empresas de demoliciones.

La literatura se parece a ese mensaje telefónico de una serie de la infancia; el que decía: este mensaje se autodestruirá en 5 segundos. Quien construye un texto sabe que lo está demoliendo; o de lo contrario: se lo demolerán en breve. Es una ciudad súbita. Y si no en breve, como pasa con los clásicos, algún día. Todo lo escribible es más tarde o no una ganga, por no decir que una pelotudez. A esto lo estoy destruyendo mañana. A esto lo están destruyendo mañana. O para ¡salvarse!: a esto lo estoy destruyendo ya. La única forma de que no… lo estén destruyendo ya… Un blogger decía: lo que ya no se puede leer son los clásicos. Se llega un día a ese estado. No es un estado de gracia. Tampoco es una desgracia. Es un destino elegido; insoportable.
Pensar que hubo un tiempo que fue hermoso, canción para mi muerte en la que sólo se podían leer los clásicos. El que queda parado ahí, pienso hoy, es el que en serio quiere destruir la literatura. Quiere evitar la literatura. Quiere embalsamar su cadáver. Embalsamando evita.

Profanar el cadáver de la momia, es la literatura. Lo otro es trabajo de campo, teoría y crítica por el arte mágico de la mímesis; plagio mirando por la ventana con la tele encendida. Todo esto es necesario y muy lindo, porque el “deseo loco de lo nuevo” es sólo un deseo, que no embaraza objetos. Es arte de lo imposible. Su antítesis es un museo de lo eterno; un museo de grandes novedades como quien dijo.

Tipos como Macedonio o Artaud, que decían que escribían para los analfabetos ¿querían destruir la literatura?

Querer destruir al lector es otra cosa. El texto-bomba, más que a los anarcos susomentados, puede remitir a Di Giovanni, que por cierto era, antes que nada, un lector y un escritor.

Demoliendo hoteles, el deseo puede ser muy loco y de lo nuevo; en literatura el principio de realidad –la pared del deseo– es un conservador que se hace llamar liberal. ¿Kafka no quería destruir la literatura? En el campo de la literatura hay bonzos endógenos –autobonzos- y bonzos de los otros. Incendiarios del mundo, no temáis. No sé si hay escritores Shih Huang Ti. Si los hay, no se toman el trabajo de escribir “Literatura de izquierda”; se dedican al realismo-mierda, o al periodismo subjetivado; se creen norteamericanos. La literatura es un Ave Fénix. O como dijo el Gran Lector, ese Champollion del furcio, que despreocupado de la moda Aira, la moda Piglia, Saer, incluso Asís –su hagiógrafo- , Fogwill, Laiseca, Lambo, Fresán o Magoya, descubrió los textos de Sócrates, ese personaje literario que no sé si quería destruir la literatura, pero no quería construirla: "el Gato Félix".

La literatura es el Gato Félix.




Talibán Inofensivo

22/5/08

Ni Comprometido Ni Casado Ni... O La Equitación Protestada



(Lectura de “El edukador” por Ignacio Barbeito. La Rana nº 2)
Borges le deberá alguna parte de su fama entre la gauche francesa a Le Temps Modernes y su célebre director, y este seguro le deberá a Sur una buena parte de su inicial fama entre la derecha del país de los gauchos… Parece que hay una famosa frase de Borges, quien como se sabe despreciaba a Sartre seguro no tanto como a los sartreanos –plaga porteña de la época–, que dice que "hablar de literatura comprometida sería como hablar de equitación protestante". Para las masas gramatológicas nacionales de la época, Sartre y Borges eran el gran Boca-River divisorio. No hubo, por varias décadas, figuritas literarias más incidentes.
Creo que deben de haber sido varios los que vincularon el acto de la escritura con el acto de cabalgar. Macedonio narró por escritura sus peripecias cabalgando a pie en el Uruguay, que es donde pasa la literatura argentina, según se sabe por Aira (“Copi”) –su “locus”, dice-. El chiste de Borges no se entiende mucho, o se entiende demasiado; debe (de) querer decir que discriminar literaturas comprometidas e incomprometidas es una actividad pareja al ordenamiento de los entes del mundo que hacían ciertos enciclopedistas chinos que se hicieron famosos mundialmente en un famoso prólogo fucoltiano. Chistes del patriciado tilingo de entonces, más allá de un cierto espíritu zen del nominalismo a la Argentina.

Hay a mano una frase de la época y de Marechal que es mejor: no existen escritores no comprometidos; incluso los traidores se comprometen con la traición.

Hay escritores que, como el padre de Georgie, se comprometen con una mujer (con Leonor en este caso) y dejan de escribir[1], y otros que heredan por la inversa, como el Hijo: van a la literatura como promesas y se comprometen con ella. Ella en este caso es un concepto o mejor una noción o mejor una visión de la “literatura”. Quedan comprometidos en un mandato que puede devenir en convertirse –como diría alguien– en el portagrama, de… en fin, una generación, una clase, una región, y luego una imagen oficial, en algún histórico momento, de la “derecha”, en otro, de la massmediocracia general de una nación, y su iconografía sensible escolar popular y for export. Por lo demás es hasta obvio que Borges fue siempre un escritor bastante político. No era ni Oliverio ni Fijman ni Macedonio; es claro. Queda claro que el “compromiso” es humanamente inexorable; digamos entonces: compromiso político. El consenso de una imagen: la de Borges desde los años 30 fabricándose una “Torre de Marfil”; es una burrada poco verosímil. Desde el comité de Intelectuales Irigoyenistas del veintipico hasta los prólogos con declaraciones de afiliación al “partido conservador”, Georgie está lleno de política comprometida; difícil que pudiera ser de otro modo en un escritor que se dejó convertir en estandarte ecuménico de una fracción -digo facción- considerable del país. Sobrarán quienes destilen interpretaciones políticas solapadas en el Gran Texto Borgeano Oficial (Obras Completas de Emecé). Todo es legible… Del paratexto a la biografía, pasando por todas las publicaciones circunstanciales no sobre “literatura” que hoy se acopian, fragmentos nada escasos de una voluntad de comprometerse, en fin, “políticamente”, creo que sobran[2].

Hoy la gente, más bien, no le perdona a Georgie su compromiso con… con el celibato, vamos a decirlo así, más que su presumible compromiso con -¿cómo decirlo?- la clase dominante argentina o la oligarquía porteña. Bastaría rastrear sartas de chistes flagrantes de bloggers literatos al respecto, o simplemente considerar que el borgismo más masivizado de la época acusa como efugio la teleología de escribir y hacerlo todo “para levantar minas”. No era lo que recriminaba Jauretche, al menos en los textos[3].

Otros tiempos.

Quedarán dos imágenes de las políticas o la política de Borges. Una, por lo general resentida, con y sin razones: la de un casi evidente “compromiso” con tantos regímenes golpistas de turno, hasta llegar a un famoso saludo de los 70 y una más famosa condecoración. Entre esta y la siguiente imagen que referiré quedará colgando un manojo de frases entre chistosas y verídicas que pueden instaurar una especie de corpus político-aforístico borgeano, así como en las presuntas antípodas, hay uno peronista o peroniano, mucho más verídico y eficaz que el propio cuerpo doctrinario organizado en forma de texto y libro. “Un abuso de la estadística”, “europeos nacidos en el exilio”, etc. etc… Y en el otro lado, la otra política de Borges, no la que heredó de Lugones ni de la oligarquía castrense de sus “mayores”, sino la de ese viejo “anarquismo spenceriano”, mucho más simpático al progresismo nuestro de cada día. Una forma del anarquismo, un estado de cosas a futuro que –como él dijo – algún día mereceríamos. Para saber sobre esto llamarlo al profesor Christian Ferrer.

De toda suerte, no es Borges la antítesis flagrante de Sartre en este orden de cosas. Es Gombrowicz, a quien la literatura vigente o actual argentina menos aburrida le debe de hecho mucho más. Queda claro que no hay inocencia después de la lactancia. Hay negligencia. Delatar falsas inocencias es un viejo arte, nacional y universal. Borges no era un fogonero de barricada ni –por lo general– un autor de libelos; era simplemente un autor con cuentas pendientes y favores recibidos que compondrían lo que estamos bautizando compromiso político. Nada que ver con el caso del Clown Eslavonacional quién nos enseñó a reclamar no inocencia – todo lo contrario -, ¡más negligencia!..[4]




El engagément gagá

-Finale-



Gombrowicz no era un admirador ferviente de la filosofía de Sartre[5]. Ciertamente, Sartre y Borges son como los dos grandes Otros no polacos del polaco; los dos grandes capitostes de sus otros dos países: la Argentina y Francia (sus otros polacos eran Witkacy y Schulz en principio, después otros). Mejor dicho, Gombrowicz quería ser el otro de esos dos; el anti de estos dos; la sombra. El tábano emperrado. Gombrowicz tenía a Sartre en la cabeza como un quiste o como un grano en el cuculio. Si había deslumbramiento, había recelo, resquemor y envidia más visiblemente. Y una voluntad de correr al existencialismo por el existencialismo; de pedirle o devolverle más bajeza, más concreto, más vida. Si su amigo Sabato sólo pudo ver existencialismo en sus performances y textos, se debió al análisis de corto alcance y demasiado proselitismo del tan detestado Arnesto –detestado por el insoportable consenso de época que al día nos agobia a… todos. Al “cartesianismo” de Sartre, Witoldo le opuso una resistencia entre cínica y dadá que hoy pasaría más bien por “antifilosofía”; en estado proteico, bruto y sin divanes. Antifilosofía denuncista; pero como tal, en permanente estado de parodia. La protesta como rictus y malabar; un showman ácido de la protesta y el criticismo: “circo y filosofía”, dijo.



[1]Vid. “Jorge Guillermo Borges, el Escritor Comprometido” (http://unfilosofoproducido.blogspot.com)
[2]
Para muestra, al alcance de la mano, un botón: http://www.contrarreforma.com/2/9.html

[3]Cf. Manuel Di Leo, “El Onanismo no es un Humanismo” o “Carta sobre el Onanismo” (Ez. nº 38)

[4] Vid. Artículo – creo - de Rússovich en “Vidas Filosóficas” (T. Abraham comp.). En el paraíso de lo que hoy ya se llama la “literatura de izquierda” nacional (slogan-concepto de Tabarovsky, naturalmente) desde luego no está Sartre, ni casi Borges, y sí mucho más Gombro, se sabe.


[5] “El arte de mear contra el viento idealista”, idem La Rana nº1 –por lo demás, artículo afortunado.

2/1/08

Un Psicopompo contra los Posmos




(Este discurso, atribuible a un tal Ariel Lido, personaje de realismo contramágico, fue pronunciado por un actor iraní haciéndose pasar por Luciano García Barabani en la sala de lectura de la biblioteca de la facultad de filosofía de la universidad de Barcelona en enero de 2007, e interrumpido a la mitad y retirado su locutor por vigilantes del lu/gar)




¡Reciban a García Barabani! ¡Reciban a un filósofo en serio! ¡Recíbanme! Ya era hora. Hora de que apareciera uno que fuera en serio. ¡Un filósofo! No estudiantes. No profesores. No: ¡un filósofo! ¡Y en el corazón más inmundo de la plana pampa húmeda!
Pues ahí yo me hice filósofo. Ahí filosofé. Toda mi vida. Ahí filosofé mi vida. ¡Si! ¡Recíbanme! Y no se van a arrepentir; porque ni yo me arrepiento. Ni yo que soy el que tiene que soportarme full time. Soportar mi filosofía (que es insoportable) de lunes a lunes, los 365 días del año, en mi mero y somero cuerpo antiubícuo. Reciban a García Barabani. Filósofo del
despropósito (des-pro-posito traduce Gaos), o del despropósito de ser filósofo. Porque esto se sabe: ¿quién quiere en estas horas vigentes de falsos bromistas e irrisorias seriedades con doblez cínico y vedada solapa pícara, quién quiere ser filósofo? ¿Quién se pone ese saco? Ese… chaleco, no el chaleco y la pipa del extinto J. P. S., no. Ese chaleco… de fuerzas. De fuerzas más bien antinischeanas – ya estoy citando, soy así, antifucoltista, integral, especialista en nada, en nada nada, no la que nadea, no la Nichts, ni la nèant. Sólo en nada -, chaleco demodé, chaleco mersa, antiquismo pintoresco, pintoresquista, de fuerza pero no solamente para contener “la locura” – porque hemos dicho de pibes que la filosofía – como práctica personal, como institucionalidad privadoestatal, y como obsoleta gesta occidental más que bimilenaria en pro de un sustituto de Dios: la Razón, pero también sus encubiertos herederos flagrantes - , es la epopeya invisibilista del dominio de la “locura”, la que le niega un espejo al cuidado de sí, pero también la extrapropia, la de los discurseos pro Sentido, la que conglomera hegemonistas por acá y por allá.
Espantarse la locura de sí, endilgarla a otro, pasarla, tirarla para otro lado, labor soterrada del discurrir discursivo llamable “filosofía”. No hablo de aquella vieja “locura” que ponía los nervios de punta en los filósofos galos de los sesenta. Esa locura más o menos sigue ahí, ahí donde estaba, y en manos no demasiado distintas. A esa locura buena, santizada, pero cuya postración no creo que se haya abemolado mucho, a esa no me refiero. Ya se le ha reconocido “un saber”, un cierto honor y el bálsamo de un positivismo invertido, la queja general destinada a las formas del darwinismo.
Ahora la filosofía volverá a apuntar a los locos malos que superviven en otros encierros – no el Borda -, locos que no creen en los Derechos del Hombre, que no ven el gran Relativismo Cultural de Occidente, que no se figuran a Hitler como el Diantre, y, por supuesto, otros mucho menos perceptibles: microloquitos. ¡Espantar la locura y pasársela a otro! ¡Y señalarlo! Ojo. Es una tarea compulsiva. No está ni bien ni mal. Es el modo de no especializarse en nada del Filósofo, actividad que ni siquiera es patrimonio de aquel que tiene o quiere tener el carnet con chapa estatal.
Pero volviendo a lo de antes: ¿se haría llamar “filósofo” el profesor R.? Se acabaron la seriedad y la oficialidad ante el epíteto y vocativo “filósofo”. El reemplazo es “posdoc”, “Lic.” y todo lo que va debajo de la palabra “CURRÍCULUM”. Yo no denuncio. Ojo. Cuento. Son, claro, “cuentos de los Entes”, pero todo es Cuento-de-los-Entes porque la meditación ontológica es contemplación en un sentido más bien oriental, es lo indecible. Se acabaron los filósofos y serán sustituidos por las múltiples tecnicaturas oficializadas destinadas a la programación de ese perorar corporativizado orientado a la expulsión de las locuras o lo que es lo mismo, a un decir sin objeto de una autoridad antiespecial sin tema y sin góndola óntica. Y Filósofo se expresará, en el forreo, en la cachada, en la locurita de risa de un cualquiera adherido a una máscara sin corso, fuera de lugar, en ese registro en el que ni siquiera se anotarán estas palabras, el de lo Kitsch. Esto que estoy diciendo es mentira. Y no soy serio ni un falso bromista. Ni soy filósofo. Ni la filosofía es eso que se acaba de enumerar. Pero tampoco es nada. Pero recíbanme, aunque no soy nadie. Y cambiaré mi nombre con tal de que no se me atribuyan estas palabras. Pero recíbanme. ¡Reciban a García Barabani! ¡Hermanos!



18: 45- 19: 15
2/2/07
BCN

28/12/07

Microfascismo Tango & Metafísica, o Tabarovsky en el Barrio








En una nota de Página 12 dice este grato apéndice de Aira llamado Tabarovsky con, incluso, demasiada razón que “el barrio encarna el microfascismo cotidiano argentino”[1].
Una canción de la radio dice: “Todas las noches en Corrientes/ en La Paz o en La Giralda/ chamuyando de cosas abstractas/ con palabras rebuscadas/ y la cuchara agonizaba/ en una sopa de letras”.
Hay usos del barrio que son estrafalarios. Pensar en Flores, de Arlt, de Aira, de… de Dolina. Son bien distintos. Pensar en Macedonio; esa ironía ambigua, tenía poco que ver con las lunas de enfrente del fervor pro catálogo de Borges; era “el metafísico del barrio”, que mientras compraba tortitas negras para pudrirlas, se hacía visitar por aparecidos como Thomas Hobbes. Ser El Metafísico del Barrio es ser un ido adentro. ¿Qué clase de costumbrismo es posible en el anhelo de “completar a William James”? La gran denegación del Tango fue vivir cantándole a la nostalgia del barrio y de la madre, mientras lo que hacían era fugar al centro y a las turras del centro: huir; huir para llorarlo. Siempre estoy llegando. Troilo al vesre, lo que quiero narrar es la imposibilidad de salir del barrio, el exilio en casa. Será por eso que lo quiero tanto: no nos une el amor. Sino el cordón umbilical del espanto. El barrio es una cáscara de nuez con un Sabor 15 adentro. Kafkarriego. Pasaron los tiempos antiédipicos y poslacanianos, sigue el rock, la democracia, el feminismo, la mujer-hombre: el Tango Invertido. Ojo con el culorrotaje del centro y su delecismo a la violeta: el microfascismo es fácil de avistar en la vida de los verduleros y los chapistas; pero sale siempre del barrio, y se emperifolla con pilchas más sutiles en los talleres pero literarios, en las redacciones de los diarios, en la mariconada pedante de los universitaritos. Allí los Ángeles de la Vida-No-Fascista de Swedenborg tampoco acaecen, che. Del trabajo a la casa y de la casa al trabajo, o bien: de la lata al cirujeo: gorilaje y peronismo, y el todo mezcludo como lógica. Si, el barrio es el Se de Heidegger y el Panóptico sibilinizado, para el buen Kafkita, un burgués asustado por un peronista. Nada se parece más a un microfascista.
Me interesa narrar el anonimato frustrado, el anonimato invadido. El anhelo de ubicuidad o el consuelo de la evasión, malogrados por la condena al destino de no salir, de no poder salir, de la casita de los viejos.
Pensemos en un gombrovichismo chabón. Pensemos en Gombrowicz sentado en la puerta con musculosa blanca y escuchando a Boca. Cualquiera. Para el Tango, el barrio es apéndice external del Útero. Pero pensemos en el Europeo Nacido en el Exilio, condenado como el Segismundo de Calderón en una torre que en realidad es el regresar perenne a la casita de mis viejos. El barrio duplica el exilio. Si, el barrio pequeño-burgués, con sus vigiladores nocturnos y dogos argentinos, no es el mítico barrio obrero. Euroargentos aparte, es un chico de depto del centro, exiliado en el vaporoso tedio del barrio y desde la Temprana Infamia. Eso sí que es ser “el metafísico del barrio”. Ni Tabarovsky ni Adrián Otero: volvé al barrio. Porque el barrio es más feo.







[1]

–En la novela se ironiza sobre los escritores progresistas que se la pasan hablando de la vuelta al barrio, aunque viven en countries, torres o en casas recicladas en Palermo Viejo. ¿Por qué cree que sigue siendo tan poderoso el tópico de volver al barrio en la cultura argentina?
–Es tan poderoso que ya lo tomó la derecha. Durante su campaña, (Mauricio) Macri decía que quería que las señoras pudieran salir a la puerta de la casa y que iba a poner un policía en cada esquina para que el barrio volviera a ser el barrio, decía Macri, que vive en Palermo Chico. El barrio encarna el microfascismo cotidiano argentino, encarna lo peor del peronismo, lo peor del catolicismo, la hipocresía; no sé por qué es tan poderoso, tal vez porque representa la idea de recuperar una comunidad perdida, los vínculos, los lazos. Una de las peores cosas del barrio es que tu vecino sabe todo de vos, y a mí me encanta el anonimato del centro. Los barrios parecen la pampa asfaltada: vos te parás en cualquier calle de las que describo de Villa del Parque, y hasta el horizonte no hay nada, sólo la misma calle y los arbolitos. (
http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/espectaculos/4-8523-2007-12-04.html)

26/11/07

Lo Que Se Dice, Importancia, Seriedad, Posmo


(Polémica en torno a los “Filósofos Posmos”)





Lo que se dice sí tiene importancia; toda la importancia está en lo que se dice, y en lo que no. El imperio del sentido obtuso, como recurso del estilo en pro de contrariar al saber ideologemado, una conceptualidad devenida perceptividad y preceptividad mortuorias, los asaltos a la legalidad gramática de la lengua como a los consensos ideológicos temáticos estilísticos éticos genéricos, en fin, del gremio de profesionales de la “filosofía”, desde el solecismo y el anacoluto a la impunidad en las hibridaciones intertextuales; o en otro registro: la parodia, el epigrama, un anatema cualquiera o la paradoja – en el sentido wildeano, no lógico -, en fin, el más silvestre nonsense o cualquier tropos esperpentizado de los que se pueden leer, cometen la seriedad y el rigor que pudiere demandar todo conato de guerra a los ritos enunciativo-textuales sobre los que se iza la actividad impositiva del filosofema ortodoxo bajo la imperancia de la discursividad universitaria oficial y sus correlatos editoriales-institucionales-mediáticos. Eso implica el cómo pero también el qué, si es que por ello entendemos un contenido. Parodia, pero con volátil identidad con lo parodiado; una ética cínico-picaresca, una estilística Kitsch, un expresionismo denuncista pero sin referente garantido, sino ficticiado oblicuamente en una personería diegético-textual. Pareciendo lo contrario, importa el dictum no el modus. Lo que se dice sí tiene importancia; no la tiene quién lo dice. En efecto: escribe el contexto. Contexto sin pasión y pasión sin contexto: un yo alterado como un yo adulterado; alterizado: otro. Circunstancia única, o no: soy yo quien dice, yo otro, mi circunstancia, la cara de mi nombre: aunque las ideas me pasan, no tengo opiniones, tengo estructura. Se trata también de afectos perceptos y conceptos en la red de una estrategia obrada en los intestinos de una no filosofía y una antifilosofía. ¿Asintactismo? ¿Errorismo absurdista emotivo? Anacronismo, atribuciones erróneas, fuentes bibliográficas birladas, inconsistencia argumentativa, incompetencia intelectual, impunidad ética, autoritas acefálica, heurismo gongoriano, desastre paranoico-fascista, esnob-terrorismo-web, inobediencia al pacto con la interlocución normal. En un plano más ético parece que es cierto que algo pasa, más allá de la calidad de un trabajo literario-filosófico, sus valores estéticos morales o el valor de verdad de sus enunciados, su probable exclusión o aceptabilidad al interior de un registro discursivo o su plausividad en un cierto campo del consumo de bienes simbólicos. Independientemente de la fortuna o desgracia de la existencia de nuevos formatos comunicacionales que permiten este tipo de minioperaciones orientadas a filtrarse en míseros recovecos específicos del medio cultural, accidenciales fenómenos de clandestinación y anonimato de la publicidad y la publicación, y de su uso desafortunado o en gracia bajo los propósitos de una cierta actividad vinculada al discurso y la práctica institucional filosóficas, ronda un fantasma por el mundo de la filosofía, un malestar general y un submundo agigantándose que es el de su anormalidad. Aberraciones no sólo geopolíticas como las anormalidades filosóficas que delataban en su tiempo Ortega o Cruz Vélez o monotemáticamente F. Romero adjudicables a la lengua y mentalidad españolas y a la situación latinoamericana, hermanas idiotas de las naciones del norte normante; aberraciones en este caso generacionales que ponen en estado de shock a los… habitus de una cierta generación de jóvenes de ayer (“la juventud maravillosa” sus filiaciones paridades y descendencias), paidofilicidas, e institucionalidades de anteayer. “¿Qué hacer con la filosofía?” acaso pregunta un lumpenaje multimedias con las manos en la masa de unos saberes fuera de quicio y un capital simbólico afectado por los múltiples estallidos inflacionarios del sentido en un mundo que le es crecientemente inconmensurable. Probablemente, hay una generación o algo sí que, entre la imbecilidad burocrática y la imbecilidad esquizofrénica, no sabe qué hacer con la filosofía. Con los saberes legal-legitimados y todos esos trebejos espejitos trucos y valores de cambio, formas y hábitos monopolizados por cierta gerontocraticidad que boquea sustraída de su desaparecido medio ambiente. Ahora podemos decir que esto que estamos diciendo es mentira y que no somos serios. No somos, incluso. Que me tomen por cómico es trágico. No poder ser serios es acaso un sino posmo, aun cuando la realidad y la forma humana se estructuran como un chiste, como se sabe, somos una joda para Tinelli, concédase la desactualizada e intempestiva cita.




Buenaventura Costacurto,


por Esquizia “Circo & Filosofía”


Tesorero

7/10/07

Un Infiltrado en la Familia



(¡Viva la Poesía!… Y el Festival de Rosario)





Después de 15 años de festival de poesía por fin me decido a ir este sábado el día de cierre. Veo 3 o 4 conocidos de cuando solía tener cierta vida social. Trato de mirar para otro lado cuando los veo avecinarse, trato de andar por la sombra. La crema del culturismo rosarino y sus aliados y festejantes pululan en el Centro Cultural de la peatonal. Voy a echarles un vistazo, más que nada.



Nunca me querrán. O sí.



Yo los contemplo.



Nomás.



A mi parecer el concepto de escritura es el siguiente. Es actoral. Dramatúrgico. Entienden que ser un escritor es ser un sujeto que se pone en escena. Pero no se trata del mito personal, porque por lo que parece en la mayoría de los casos, estos sujetos bastante ignotos fuera del gremio, no tienen un halo mítico muy luminoso ni lo quieren. Son gente muy civil y muy melancólica. Rechazan el neón de la cultura, rechazan lo popular, lo genial, lo grandilocuente, lo masivo, el trabajo que dan la larga prosa y el romper los contratos; eligen un chiquitismo y una especie de impostación melancólico-humanitaria permanente. No salen a actuar afuera de la escritura, en el free time de la vida donde uno debe solventar su chapa. Escriben (no en todos los casos) para actuar la escritura. Son vocalistas. Escriben una obra legible y por la voz. Una continuación de la cara. Y la camisa. Tienen un mayor o menor talento declamatorio y en ello va casi todo el texto. Con viejos yeites, conocidas técnicas que un viejo lector ya viene cansando desde la adolescencia, ellos (con mayor o menor oportunidad y talento) hacen su mundo. Son intérpretes de un texto ya consentido, trabajan un consenso demasiado firme; entienden que entre poema y poema el elemento medianero es el aplauso. ¿Pero no es una obscenidad aplaudir un poema? Son artistas de festival, y son héroes de la indignación mundial. Son señores – y señoras – con vocación por lucir la etiqueta social del ángel; son gremialistas, forman una hermandad universal, son mártires del poema al borde de la canonización. Son buenos padres. Saben su truco muy bien, prevén perfectamente la risa y la aflicción colectivas que puede deparar ipso facto el verso justo. Perdón: minicolectivas, micro. Ellos sienten que (como Marx pudo decir que la esencia y el dios del judío era el dinero) ser poetas es realizarse en pequeños festivales de su mundo progresista, simpático, compungido y piadoso. Son… burgueses.




Cuando salí no me quedaba opción. Fui tras una turra callejera de las de calle Mendoza, por un service de urgencia. Para volver a tener un cuerpo en serio.



No estoy en contra del mundo. No crean que los odio. Va con onda, como diría Aristóteles.



Mario Martök



1/5/07

Confutación de mi Jeta







“Lento en mi sombra, con la mano exploro
mis invisibles rasgos
”



a Darío





¿QUÉ FOTO?




1



“El hombre no debería ver su propia cara - escribe un tal Soares en el diario íntimo de otro (“Livro do Desassossego”) -. No hay nada más terrible que verla. La Naturaleza dio al hombre el don de no poder ver su cara, así como el de no poder contemplar sus propios ojos. Sólo en el agua de los ríos y los lagos él pudo contemplar su rostro. E incluso la postura que tuvo que tomar para hacerlo fue simbólica. Tuvo que curvarse, inclinarse para cometer la ignominia de verse. El creador del espejo envenenó el alma humana”.



Debe, no obstante, considerarse como un hecho que nadie nunca puede ver su cara. Esa forma de ceguera relatada por Borges en el soneto “Un ciego”, de una cierta manera, es competencia de cualquier subjetividad, vidente o como un topo.



El espejo, la foto – “al natural” o con fotoshop -, el daguerrotipo, el retrato a mano alzada con grafito o John Faber B, cualquier forma de reflejo o refracción, al fin y al cabo, no dejan la misma constancia que los ojos propios. Entablan la mediación dudosa de un agente externo.



Borges decía, inverosímilmente, que Fernández escribía para saber quién era; y en este poema que uno de los operadores culturales de nuestro pasquín Lektón trajo al ruedo, sentencia Borges que sabría quién es si sólo pudiera suprimir su ceguera y ver de esa manera su cara.



Pero no es tan sencillo.



La cara, la jeta, el rostro, el escracho, no sólo ha sido confiscado a los no-videntes de Balvanera. La propiedad del propio rostro está en manos de Dios o de mis vecinos
[1].


Y si Dios no existe…



A esa melancolía teopática del anciano Georgie hay formas de resistirle. Bastará con leer “Continuación de la Nada”, ópera de un escritor y filósofo que Borges hijo nunca comenzó a entender, para descubrir cómo un escribiente genuino escribe para tomárselas, para piantar del sino fotológico de sus propias facciones, de su faz condenada a la expropiación prójima. Nadie nunca lo escribió mejor: escribir es “abstenerse de cara”. O como después escribió, con un estilo menor en el proemio de su “Arqueología”, su modesto discípulo Michel Foucault (que “tenía un talento formidable para cambiar siempre de careta”, según dijo Eribon que dijo Dumézil): escribir es “perder el rostro”.



“Mi cara –señalaba en su “Epistolario” el sabio loco de calle Las Heras- es lo que debe ignorarse de mí, lo único que sería importuno, es un retrato”. “Con esta táctica de vivir peleado con mi verdad fisonómica, he conseguido que por lo menos ¡mis retratos sean leídos!”
[2].



“Continuación de la Nada”, que también es continuación de los “Papeles de Recienvenido” se presenta –como se sabe- como una serie numerada de “poses” “a fotografiarse” donde el texto sustituye al gesto, o sea el grafema -linterna de sombras, fos melancólico, fuliginoso- remplaza a la facha. Ya que “el retrato es lo único que se ha leído de dicho libro”.
[3]



“Entre las frases sabias que de él ignoramos que haya dicho, y lo ignoramos de su propia boca confidencial, recordemos `que la parte que no se sabe de un hombre es la que lo hace conocido ´ y también que `la popularidad y la autobiografía o confesión biográfica son las dos oportunidades más logradas de ocultarse, al par que la `fiel ´ fotografía.”
[4].




2




Los Platonistas Invertidos de mi Barrio (República de la Sexta), se debe señalar, no cesan nunca de narrar lo patente de la profundidad de todas las superficies y viceversa. Como Borges lo dice al final del soneto: “la vana superficie de las cosas” incluye en su catálogo – lamento rimar – a “las letras y las rosas”. Y que la letra mata y el espíritu vivifica es cosa que postulan los que buscan la foto de Dios y con ella la de sus propios ontorretratos univalentes y ubicuables. Pero las letras, las rosas, los nombres y las cosas, son lo que tenemos entre las manos. Es lo que hay.



No tenemos – nosotros, lectores, topos cerúleos - la menor idea de cuáles son las huellas dactilares de Alain Badiou, menos de Santo Tomás. Pero la policía federal sí sabe cuáles son las nuestras.



¿Necesita el “pensamiento anónimo” una serie de solapas con un set de fotos de un calvo con polera? Foucault era un filósofo que comenzó una próspera carrera en la vergüenza y la clandestinidad – como narra la primer biografía de Didier Eribon - , tenido incluso por loquito por sus compañeritos antiguos de la facu, un filósofo en el baño, y terminó en la fotogenia setentista, imponiendo el look pelada, fotos con Sartre y megáfono de por medio. Foucault era deudor de Bataille, un santo hombre del anonimato y lo póstumo –como Spinoza, el filósofo de moda hoy– que batallaba contra este Sartre, el hombre transparente, el hombre luz, el hombre público. Sartre más que un fenomenólogo era un fenómeno. Su consabida fealdad fue más fotografiada que la belleza de Marilyn o la de la Bardot. Quería dar la cara comprometerse y ser responsable a toda costa. Y… ¡clic! Fotos con pipa y chaleco mediante, hacernos responsables de todo… ¡Hasta de nuestra cara!



“A partir de los cuarenta años un hombre es responsable de su cara”, dijo Sartre.



Nosotros no llegamos tan lejos. Nos queda, como dice el Tango, el último jirón de juventud, que va de la Edad del Pavo a la Edad de Cristo (como si el de Nazaret siempre hubiese tenido la misma edad). Añadimos entonces, a nuestra lista de impunidades, la de la irresponsable juventud. Por una cuestión etal, ergo, no nos hacemos cargo de nuestra incognoscible efigie (ya nos va a tocar cuando estemos por los cuarenta); y escribimos con la mera mano, descaradamente. Porque uno termina teniendo la cara que se merece, como confiaba el mismo Jean-Paul Sartre, y ese es el problema. Justamente. Y en esto, como en el fútbol, no se trata de merecimientos.



(Ahora me viene a la memoria, precisamente, que cuando yo jugaba al fútbol de chico en el parque al lado de la cancha de Central Córdoba, los peligrosos infantes terribles de la Villa que hostigaban a los pálidos pequeñoburgueses del barrio, como yo, solían usar un curioso vocativo:


- Che, vo´, cara ´e nada…)




UNA CONTRIBUCIÓN A LA CRÍTICA AL FACHISMO




1



En “Circo & Filosofía” y en Esquizia [5] gente sin D.N.I. ha propiciado un usufructo del aparato sensacional-categorial de la filosofía diametralmente opuesto a esta idea de un parnaso con caras y caretas, de un parnaso-“Gente”, de un parnaso-“Caras”, de figuritas universales del pensamiento-top y modestos hagiólogos locales que quieren figurar. Allí hemos intentado el ejercicio ascésico de empuñar filosofía – o antifilosofía, llegado el caso – poniendo el cuerpo y sacando la facha. La actividad clandestina e impune de un cierto anonimato, la alegría y la pena irresponsables del heterónimo –como aquellos afamados por ese citado poeta peninsular llamado justa o misteriosamente Persona-. Veíamos que era una forma de conjugar un viejo mandato viñasiano con otro inconciliable y más viejo, fernandeciano. Lo contrario a subirse a un estrado u orar en un aula decretando o reproduciendo serialmente ese tipo de verdades angelizadas pero rubricables que repite la retórica colectiva de la neo-normalidad filosófica flagrante y su manso y monopólico consensus gremial-ecuménico. Esa es la filosofía de la mano ortopédica. En cambio poner el cuerpo puede ser, contrariamente a lo que cree la gente y los filósofos normales y buenaonda, no dar la cara. Y nosotros postulábamos la edad de la “Gran Retirada”, huir – anónimos o decapitados, pero manutenientes – con la facha entre las manos[6]. Escribir con el lenguaje del ausente – y la lengua del enemigo -, poner el cuerpo al borrar la trucha, induce a ese destino probable, escapista, manumitivo, maniático. O para seguir citando al mismo: no sé quién soy; pero sufro cuando me deforman.




2



¿Jeta o-jete, pues? Ojo con el ojo en la jeta porque “la facha/ se emborracha/ de bombacha”. “Ferdydurke” narra una forma de desastre previa a Badiou, con un desbarajuste de los órganos corporales en su espejeo hacia el Otro y su conjunto - el Mundo - :“La Fachalfarra o el Nuevo Atrapamiento”. El cuerpo en “Ferdydurke” es un azar y mezcla de órganos sueltos cuya organización jerárquica compete a la polaridad que establecen el culo y las facciones; jeta y tujes. “La facha concluye el ciclo que originó el culo. Después de haberla alcanzado sólo me queda remontar las partes sueltas para llegar de nuevo al culo.” El Mundo se ordena a fuerza de esa itineración éxtima: de la facha el cuculito y viceversa. “Oh, créanme, hacer el culeíto no es nada en comparación con hacer la facha!”. Se trata, en medio del infierno idiota de esa dialéctica del ano y el esclavo (la cara), de un proyecto que aspira a descubrir “el papel místico de las partes preferidas del cuerpo para llenar espacio y volumen”.



“Llegad y acercaos a mí, comenzad vuestro estrujamiento, hacedme una nueva facha para que de nuevo tenga que huir de vosotros en otros hombres, y correr, correr, correr a través de toda la humanidad. Pues no hay huida ante la facha sino en otra facha y ante el hombre podremos refugiarnos sólo en otro hombre. Y ante el culeíto ya no hay ninguna huída. ¡Perseguidme si queréis! Huyo con mi facha entre las manos”.





Buscad mi cara con una linterna de sombra en plena noche. ¡La encontrareis!




3




Podría retirarme, para seguir insistiendo, con lo que se dice era la divisa de Witold Gombrowicz: “por bueno que sea un ambiente, siempre se lo puede arruinar”. Pero, boludeo eterno de los “lenguajes paradójicos” que me abusan, esto que estoy diciendo – tranqui – es una broma.



Finalmente para tampoco colaborar con el museo de bustos que propone Lektón, para hostilizar a esa pulsión escópica de “curioseo” que alienta, contribuiré a tal sección “creada para todos aquellos que se perturban ante la ausencia de un anverso con el cual componer una imagen para ilustrar las letras”, con mi propia galería personal de fotos, organizada a efectos de completar facialmente mis presupuestos extraéticos.




Mirar acá:


(Las fotos buenas se agradecen a la artista paulista y plástica Luciana Mourâo-Arslan; las malas, a este autor)





Rosario, Mayo, 2007







[1] Para un examen de esta dualidad puedo remitiros a “Les mots” de J-P. Sartre.
[2]
Foucault, otro artista de la aparición-ocultamiento, y que buscaba lugares donde el plaisir emergiera con anonimato, reflexionó que el sauna – curioso - era uno de esos sitios sociales donde el cuerpo se manifiesta como sin jeta (D. Eribon, “Foucault y sus contemporáneos”). Fernández describió, además de la vida por la escritura, otra forma de no tener cara: tener barba (“Cuadernos de Todo & Nada”. Corregidor, p. 69). Es una forma, convengamos, ciertamente más usual y asequible entre los universitarios nacionales (confer pasillos y aulas passim). En ese libro Macedonio expresa una teoría de la fealdad, la belleza y lo bonito como datos de “la cara”; los primeros tienen estatuto “emocional-teleológico” y “todo lo que es emocional tiene historia”; lo último es reportado a la “sensorialidad sin referencia a nada”. “La cara (en actitud actual, estática) es un gesto estratificado de todos los gestos que hubo en esa cara en todo tiempo anterior al momento de la observación”. Eso es lo que la mirada percibe más que la suma de las cualidades de cada órgano exterior en particular. La “cara” es el signo más inapelable e íntimo de la historicidad y la identidad, dos enemigas totales del macedonismo.

[3]
“Biografía de mi retrato en ¨ Papeles de Recienvenido¨”.
[4]
“Autobiografía no se sabe de quién”.
[5] V.
http://esquizia.webcindario.com

[6] “Ferdydurke”.

30/3/06

Para Acabar de Escuchar a Dolina




El dolinismo se quiere clásico, se quiere romántico, se quiere ilustrado, se quiere un borgismo a la plebeya. Hace anfibológicamente soñar una tardosa modulación neonacionalpopular de lo universal, de los valores suprahistóricos y su parnaso inmarcesible. Pero hay que desilusionarlos: es Kitsch solamente. No un Kitsch doctrinario; involuntario. El doliniano ejemplar es un objeto sociológico Kitsch. Se ha formado un lumpemproletariado arcaísta de la cultura, que combina picaresca y sublime, clasicismo fuera de quicio, froidismo de las buenas costumbres[1], y espontaneísmo costumbrista de neoderechoso-estético. Es curioso que – aún – los patrones del criticismo socioliterario de la universidad y sus parapoliciales no lo tomen en serio. No se den cuenta de que, prácticamente, toda esta generación no perseguida por la dictadura, una generación carente del honor triste de un noble exilio por ideas, una generación de protoescritores-lavaplatos, protocientíficos-mozos, protoartistas-repositores, exiliados – al exterior o al interior – por la miseria no sólo moral, una generación (ya por lo menos dos en realidad) de sujetos con pretensiones en la cultura, particularmente con – al menos – confusos desvelos de portagramas futuros, paga su deuda a esa escuela, que es como una especie de oblicuo eslabón entre la escolaridad secundaria, y los claustros universitarios, sus disciplinas y sus chapas para el ejercicio de una profesión con soportes en los saberes humanistas. Ahí está la Escuelita de Dolina, cuyos fieles – más o menos ortodoxos según los casos – se siguen multiplicando, y afloran inesperadamente en cualquier componenda. No es difícil ver a esos posadolescentes taciturnos intentando la práctica de un levante minero evidentemente demasiado teórico. No es extraño topar con esos teóricos del levante que justifican el resto de sus teorías, con los alardes de una comisión – pocas veces comprobable en su grandilocuencia – y un acaparamiento favorable en el toma y daca de la circulación de las mujeres. Son los dos wines (-winners) que pone el dolinismo: el levante teórico – última ratio picaresca -, y el salvataje – concebido como “venganza” - de la decadencia posmoderna del universo con la recuperación en polvorosos archivos de la cultura (¿cómo decirle? ¿burguesa? ¿falogosófila? ¿reaccionaria? ¿clásica? ¿enciclopédica? ¿pedagógico-estatal?) – archivos por lo general inconfesables o birlados – de los valores eternoides del nobiliario de las artes, las letras, la filosofía y las ciencias recias. Son las dos puntas del dolinismo: ontos chiste y sexo-padre. En las alturas, las pasiones tristes, y sotto voce la apelación al cinismo-bello. Las librerías de saldos, usados y ediciones populares de los clásicos, encuentran una considerable clientela ahí para sus mercancías menos onerosas.
Hay dolinidades y dolinidades; pero cuando uno tiene que soportar la soberbia huevona de unos posacné pascualitos y cogitabundos con juicio prefrabricado para todo y el universo ya resuelto, una especie de axiomática incontrastable y prócera supermadura, o sea, ignorante, ingenua, pendeja, pequeñoburguesa, plebeya, mediática, escolar, atrasada, demasiado evidentemente impostada…gil, siente ganas de patear un par de cabezas, cabezas de novio.
¿Cuánto dura el efecto-Dolina? ¿Y – examen moral – cuánto debe durar? ¿Cuándo es bueno y cuándo es malo? ¿Contra qué sirve y ante qué es una porquería? Porque aquí, depende ante quién estemos, y de qué circunstancias se trate, podríamos hacer el escarnio injurioso, el elogio vicario, el escarnio vicario o el elogio injurioso o lo que fuere, del dolinismo y su patrón; todo depende.
Nosotros, que hemos sabido sacarle provecho en algún momento, hoy estamos ya demasiado hartos del dolinismo y de sus más fieles y chatos conversos filicidados, de su versión precaria y estancada del universo (o sea, al final, un oscurantismo que se agarra, en último gesto, del verseo racionalista atávico, del cientificista y del universitario del mundo), estancada como un Narciso, en un mundo obsoleto, en las páginas y pátinas de una biblioteca de barrio, en unos agrios dulces 17, en la coraza de una preceptiva osificada que se caga en las patas ante las nuevas monstruosidades reales de los últimos cuarenta años, que no quiere ver más allá de lo que le dicta su trágica conciencia infeliz atascada en un viejo mundo feliz de Ortegas Borges y Jauretches en latas Campbell de un pop al vesre.





23: 09 hrs

Mario Martök



[1] No es insignificante que el dolinismo venga con el plus escondido de un lejano asesoramiento lacanista, de parte de su escudero. Pero no es del maestro que hoy queremos hablar – no la vamos contra alguien -, sino de un conjunto de efectos reales de su predicado expandidos en el medio ambiente de la antecocina de la cultura y sus circuitos íntimos.



-La vulgaridad es un lujo-

Susvín... rompió


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Un idiota que reclama que le sea reconocido un saber...