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17/8/11

Dos efectos personales de Macedonio

“Escribir es el verdadero modo de no leer y de vengarse de haber leído tanto.”


Dos rasgos definitivos de la escritura según Macedonio: como “venganza por haber leído tanto”, y como forma de no matar. La escritura es la sustitución del crimen, o su forma gramatológica; es lo que se recibe a cambio del suspenso de la agresión o de deponer las armas. Con la violencia metafísica de la escritura se subroga la violencia efectiva, física. Metafísicamente, el otro y su otro –el yo– se exterminan para que físicamente sobrevivan. En Macedonio ese aniquilamiento tiene una forma de empatía común, ternura e hilaridad montadas sobre la indiferencia –o pura diferencia– de la afección, porque todo lo que ocurre es afección y los afectos son fenómenos inubicados, en un estado de cosas o situación donde el yo y el otro son sólo figuras supernumerarias, espejeos, reflejos. 

Un probable resultado de un ejercicio de la escritura como venganza contra la lectura –o al menos contra su exceso– es entender a la propia práctica literaria como –por un lado– metaliteratura y por otro y al mismo tiempo como parodia –parodia de la literatura–. Sin necesidad de dar una respuesta a por qué se lee, el hecho es que se lee y demasiado, y una forma de contrarrestar los efectos perniciosos de la lectura es escribir, convalecencia de la lectura –auto o héteroimpuesta–, una forma de salud cervantina, si se entiende que la lectura como mal es lo quijotesco y la escritura paródica como salud es cervantina –esto es: antiquijotesca–. Un traslado de la posición de Quijano a la de Cervantes.

Es una manera de poder comprender –ya no refiero al caso Macedonio– un aparato literario superpoblado de alusiones eruditas e “intertexto” y demás actividades endogámicas, pero impelido por una satírica voluntad de burla, injuria, risa, e incluso de romper todo o incendiar ese inhóspito palacio. Ser una especie de Alonso Quijano punk o dadá. Por un lado, la actividad criminal en el campo de la gramatología permite matarlos a todos –uno incluido, claramente– perdonándonos la vida, y por otro la literatura manifestándose como un borgismo eroto-agresivo y esquizo-paranoide. Podría ser un menardismo invertido que en vez que querer volver a escribir lo leído, propone volver a leerlo como un método de borrarlo. Por lo menos de la propia memoria o cabeza.

10/4/09

La Guitarra de un Abogado O la Filosofía en Macedonio


Cada día escribe mejor: la tradición del falso uruguayo







[El Dúo interpretando "La Balsa" de Nebbia y Fijman]


El mito paradójico del Mudo Parlante: Macedonio y Gardel. Dos falsos guitarristas. Dos tipos que usaban la guitarra para aparecer. Dos compositores puestos en duda, inexistentes y extraordinarios. No sabían escribir. Tampoco música, parece, en el lenguaje convencional. Macedonio confiesa que no sabía leer música. Tampoco Gardel, compositor notable aunque sospechado de inexistente. De inexistente como tal, como compositor, por algunos. Posiblemente no tuviera ningún conocimiento de armonía, y hasta quizá no supiera no sólo armonizar una canción sino cómo se constituye un acorde. Pero era un melodista dotado que quizá solo compusiera con su preciosa voz. Para Macedonio la música era melodía, y la melodía un misterio sobre el cual reflexionaba con filosofía y acaso con los dedos. Soñaba una música sin ritmo sin saber, en mi criterio, que el ritmo es la melodía desde el punto de vista de las figuras y la intensidad (e incluso, creo, el timbre), y la melodía es el ritmo desde el punto de vista de las notas o sea de los intervalos. Incluso se dijo que compuso piezas seguramente escritas en un lenguaje inventado, como Rousseau, filósofo protonovelista y compositor que parece que creó una notación musical propia, pero en este caso con delegación a la posteridad.

Hay una tradición argentina que es la del falso uruguayo, y de ella participan eminentemente, como se conoce, Gardel y Macedonio. Y se enuncia con esta justificación de Macedonio, que fue presentado una vez en una revista como “humorista uruguayo”: “yo lo único que tengo de uruguayo – retruca - es haber vivido toda la vida en Buenos Aires”.

9/4/09

Macedonio Autobiografiado por Badiou





La verdad que a MF se le podría instalar el eslogan que usa Badiou refiriéndose a Deleuze, a –optimista– lo que Deleuze no es, según él: un “pensador alegre de la confusión del mundo”.
Si, Macedonio lo es. Con creces. Pero… también es cierto… en el fondo… ¿quién no?

Pero Macedonio, ambidiestro (mejor: bizurdo) juega a dos puntas: efectivamente, como sueñan ahora sus nuevos hagiógrafos del campo juvenil-universitario nacional, crea un sistema, si es que alguna vez en el mundo hubo uno (¿qué es un sistema?), y por las dudas, diría, crea varios, boceta tentativas de sistemas; no tiene “Tiempo”: tiene urgencia; tiene urgencias, no “paciencias”; total de eso, ya se lo imaginaba el master, nos íbamos a encargar sus secuaces póstumos. Macedonio tiene como 80 sistemas. Son sistemas
-prólogo. Pero no pro-lógos, obvio. Y por la otra punta el quizagenio le va haciendo arte al místico, y crítica al místico (la crítico-mística), y, todo es parte de un gran sistema, más bien no un sistema sino un propósito, una estratagema, un des… propósito (léase esto en términos más o menos jaideguerianos: de un ante-pro-yecto a un anti-pro-yecto), nos va entreteniendo y entresoltando con su deliberado confusionismo, sus errores atributivos. Juega a dos puntas: o sea: es el único filósofo serio nacional, y el primer trabajador de la antifilosofía vernácula. Confutador del pensamiento (: “Impensador Mucho”) y pensador confuso, y a la vez: confusor pensamentario. La filosofía, trasladada al hogar de la enunciación. También: pensador alegre del dolor.

Hay un “todo” en M.F.: todo está desconectado.




El Cadáver -Metafísico- Nacional





Actividad perpetua de recomenzar espasmódicamente a lo largo de una vida esa “Metafísica” que se descamina en embrollos diversos, se interrumpe siempre y se descontinúa en situaciones heteróclitas, se, mejor, inconmensurabiliza a perpetuidad y se recomienza sin continuarse, reaparece fijando un estado inicial de cosas heterogéneo, a semejanza e imagen del ser azaroso, contingencial y de interrupción continua cual es la naturaleza del “Lector” categorizado por M.F. . O sea, la actividad crítica y metafísica de M.F. según se documenta en su polución escritural póstuma o publicada, manuscrita epistolar o articulística, es una puesta en escena – en práctica o en acto – de la naturaleza del “Lector”: la discontinuidad permanente. Un recomenzar perenne pero con autoinconmensurabilidad incluida que ejemplifica con fidelidad puntual la eficacia de uno de sus conceptos portentosos aunque de los menos aludidos: la “desconexión”.
Evidentemente la problemática tantálico-metafísica de MF tiene dos dimensiones: una pato-terapéutica y otra histérico-cultural. Por un lado la reaparición de un óbice nuevo que se interpone a los propósitos télicos de la “comodidad conciencial”, la nueva imposición de un malestar personal en el devenir vital de esa especie de hipocondría inmediatamente
teorética, y por otro la reincorporación de un obstáculo epistemológico nuevo estorbando en la realización de un mandato sociogrupal que reclamaba del ciudadano, mejor dicho del colega, maestro o amigo, Macedonio Fernández la elaboración de una obra literaria (o sea: a escribirse, editarse, y valuarse colectivamente) –“Doctrina” le decían con cierta ironía autopiadosa- bajo el género de la “metafísica”. Dos circunstancias que da la sensación de que parecen aparecer complicadas siempre, mezcladas. Biografía y metafísica son imposibles en M.F., o mejor dicho: la “Metafísica” es la biografía de M.F. Problema en este caso no del único filósofo de un país sin filosofía sino de un metafísico póstumo; de un filósofo sin filosofía. O casi. De lo que conviene decir que nadie, en ese país, quizá en ninguno, le puso tanto el cuerpo a la “Metafísica” –ahora hay que decir a la “filosofía”- como este Macedonio F. En tal sentido sería bastante oportuno rever los malentendidos a los que se presta la visión estandarizada que dejó la obra clásica de David Viñas como martillero público de la historia de la literatura argentina desde la década de “Contorno” en adelante. Si hay un cadáver nacional en ese campo y si hubo un cuerpo, un cuerpo viñasiano, para la filosofía argentina, es el de ese hombre ¿no?


La Filosofía Cachada






Poniendo a M.F. en el centro del quehacer – o el queser – de la filosofía en la Argentina parece que se postula que su modo más genuino de enquistarse, de aquerenciarse, de estar y ser, en lo argentino, en la Argentina, es por la chapuza, la “cachada”, el bolaceo, la payada, la enfermedad como pasatiempo, la broma. ¿Soy un bromista?, se preguntaba Witold Gombrowicz, un escritor que en París se hacía llamar argentino. ¿Soy un bromista? ¿El cínico-entontecido? ¿El cinismo-de-viejito? ¿Es necesario un bromista por filósofo en serio? ¿No es posible la seriedad? ¿Parménides en el Viejo Vizcacha?
Hay que ir adonde ya se estaba, al riesgo de ser un bromista, un impresentable. O bien ocultar nuestra biblioteca siempre frondosa pero adulterada, atrasada, congestionada de traducciones non sanctas y antologías escuetas, casi enteramente monoideomáticas, de los ojos de las eminencias francesas y profesorales que puedan aterrizar cualquier día en cualquier barrio de la Capital Federal.

(En la huella más precisa de la comprensión macedoniana de la historia de la filosofía universal se puede uno encontrar con el “Parménides” del celestial César Aira. El mejor pensamiento argentino –si eso existe pero… “la existencia no existe” así que…- no parece tener la menor creencia en el cuento del milagro griego.)


El antiplatonismo de M.F. concibe la posibilidad de una metafísica no como “capítulo extra de las matemáticas”. Entrará a la antiacademia del doctor Fernández el que no sepa matemáticas; o por lo menos: el que no quiera saber nada de ellas. Un método de trabajo es lo que hay que llamar Paramnesia Invertida Al Vesre, o en todo caso creer conocer lo que no se conoce, mejor dicho creer saber lo que no se sabe, ya que versar sobre M. F. es un acto relacionado con el saber, no con el conocimiento, que era sobre lo que escribía Macedonio: sobre el conocimiento. Aunque en realidad era un sabio; era –como vaticinaron tantos, comenzando por sus (anti)discípulos directos– más bien un sofós, que no un profesor de teoría del conocimiento. Era un sabio aunque es más bien el descaminarse de la certeza, y no el que sais-je?, el, mejor decirlo así, estímulo, de esa perpetua pulsión de escribir tantálica. O sea “protesta contra el noumenismo” que es también reacción contra el discurso del método. Buscarlo por eso en la resistencia a Descartes más que creando un precursor en Montaigne. Por eso es mejor que versar sobre Macedonio importe una especie de vale todo, o sea una estrategia donde el saber se oculta en el chiste las digresiones risibles los anacolutos y las derivas asintácticas, y el no-saber quede al mismo tiempo encubierto en un bombardeo de datos, falsas y falsas falsas erudiciones, atribuciones erróneas y demás prerrogativas del borgismo a la san façon. Dar “crítica loca”, o sea pagarle a M. F. con el mismo óbolo, o bien por utilizar la categoría de Veccio, operar una malversación de fondos y ejercer el verso libre desde la estrategia de la “crítica bruta”; en este caso una mezcla de chamullo y patografía.

Por otro lado destacar otra cosa: se sigue también una línea, una filiación, que viene de convertirse en adherente autoimpuesto a una filía de origen que tuvo como propósito la perduración del mito pergeñado por la barra martinfierrista, dispersados después de la primavera yrigoyenista, y convertidos al odio en una época siguiente en la que el evangelio fernandeciano pudo seguir regándose entre macedonistas-peronistas y macedonistas-antiperonistas. Una imposibilidad de pensar mal de Macedonio. La imposibilidad de una agresión, un corte en el campo de la sospecha, una complicidad incluso sin encargo, “sin causalidad”.

En la inminencia siempre existente en M.F de matar la palabra y dejarse matar por ella (des-Belarte) irrumpe siempre una salida, mística, cómica o altruística.

Primero publicar después escribir, es una consigna, que, además de que parece ser el principio rector de la literatura argentina de los últimos lustros, en este caso quiere decir que: primero Borges, después Macedonio. O sea: Borges es literatura, publicación, y lo primero que se lee: condición de legibilidad de M.F. M.F. no es oralidad perdida en el tiempo, recuperada por la filodoxia de unos discípulos en broma; es escritura, letra esotérica, trazada antes – de Borges -: legible después.



Macedonismo de las catacumbas. Lectores de las catacumbas en enrarecidas regiones donde ni siquiera se está, por nada del mundo, en el “interior”, y menos en la Capital. Menos que pensamiento anónimo, anonimato pensamentario, o en todo caso: anonimato filosófico.

Doctrinas como las de MF no pueden tener discípulos, más bien acusan afectados. Plagiarios, perjuros, inquisidores, amigos, indiferentes y enemigos. Pero no lo primero.
El primer trabajador del macedonismo fue Macedonio. El primero en no tomarse en serio. Escribir e insistir con “Doctrina” o “Teoría”, era como esa forma de pensar ya contra sí, de una panironía que termina como empieza: con el autoabuso. Una absurdización que empieza por casa, que hay quien la llama “egocidio”.


En todos los sentidos posibles: la filosofía: cachada.



19/10/08

¿Existe una Antifilosofía Argentina?




Fernández se dedicaba a narrar sus nacimientos (tuvo varios, sino permanentes) porque –decía– no tenía otra cosa que decir, o que contar. No quería contar cuentos de los entes, como diría Heidegger. ¿Podría ser la filosofía en vez de una parcial narrativa que toma por objeto cualquier especie de lo óntico, un –prológico– permanente novelar de no tanto cosas que nacen sino de naceres mismos? Natividades narradas, de la moral a la luz, la genealogía; cosmo o fenomenológica o por el arte mágico de lo inconciente. Y Foucault escribió que la filosofía nace contra el platonismo. Quiso explicar que el Edipo era un camelo fáctico, una formación historioteórica de duración agotable, pero pareció indicar que en filosofía todo pasa por matar al padre para –sibilinamente– obedecerlo. Platón era quien pedía a sus educandos que no fueran por favor platonistas. El comienzo –mejor– de la… Antifilosofía –tengo para mí– debería ser: no saber geometría.


El comienzo de la filosofía en la Argentina se quiere ubicar en la crítica al positivismo, lo que se suele llamar con un sustantivo poco querible: “la reacción antipositivista”. Así la filosofía misma es un antiplatonismo, y la misma filosofía argentina un antipositivismo.

El comienzo de la Antifilosofía argentina debería ser: dejar de estudiar alemán. Y saber callar en 6 idiomas.

10/4/08

Devenir Playmobil de Macedonio Fernández





De la Cultura-del-Malestar a la Odio-Tragedia por Simpatía



Hemos llevado a Macedonio Fernández a la frontera con el Kitsch. Hay que hacer el mea culpa porque es así. Guste o no. Y lo peor: gusta. En esto adhiero a la división que traza La Ética Picaresca de González.

Dos curiosas categorías sienta el capítulo I (“La conversación trágica”) de “La ética picaresca” promediando la página 50: “la conversación macedoniana” y “la conversación kitsch”, que son como un opuesto; o no pero casi. La conversación kitsch: recetas basadas en la perfidia, la cargadita intencionada y simpaticona, el coqueteo con un segundo sentido que aflora monotemático. “Es un cántico triunfal a la perversión.” Se basa –al pie de la letra continúo glosando- en la permanente confusión dialéctica de lo bello y lo necio. Indica una impresión sobrecargada de las reglas de etiqueta entre lo solemne, lo sentimental y lo ridículo. Su campo de acción ejemplar es la televisión. La conversación macedoniana (“fernandiana” me atribuyó un día este autor ante un probable suplicio compartido por perseverar tipiando ese adjetivo monstruo) “trata de decir lo máximo, pero omitir la figura del decidor”, supone la oclusión del sujeto de la enunciación, donde la conciencia tiene como único sentido convertirse en una fuga de sus propias posiciones, y es un acto lúdico que deriva en la ironía y en el hecho de que los hablantes están ausentes. Dice que es “una técnica propia del patriciado literario argentino” que “permite que el saber quede sin origen devorado por la ironía, luego que la omisión de autores permita la apropiación libre de ideas y por último, que nadie sea lo que es y todos sean lo que son”. “La conversación macedoniana es el reverso ético y crítico, el otro extremo imposible de la grosera conversación televisiva kitsch” (54).
Para Horacio González, el trágico, el hombre trágico, en un mundo sin Hegel, no es más el héroe, sino el pícaro. Hay tragedia en la picaresca. El pícaro, entre lo noble y lo burdo, entre lo alto y lo bajo, puede servir a ambos reinos. Tiene dos reinos el pícaro: el macedoniano y el kitsch. Es una forma que prolifera más allá del bien y del mal; pero no de lo alto y lo bajo. La picaresca no es el reverso de la tragedia “sino un incómodo factor de complemento y entremezcla” (74). Al contrario del concepto jegueliano, lo trágico es la compulsión a saber lo indebido y la repentina iluminación de que no-se-es-lo-que-se-es. Lo social es heterogéneo de lo trágico. El saber trágico es pura ficción de las vidas que actúan fuera de la trama social. La interpretación trágica es adversaria de la historia social. “La picaresca es la historia, literariamente tratada, de la inadecuación del sentido público a la conciencia privada” (90). En la conversación trágica el conversador no conversa, espía, acecha (69). “La conversación trágica es una picaresca que se les fue a todos de las manos. Irse de las bocas: como sea, la conversación trágica es también un modelo de sociedad, sin sociedad” (70). El secreto es la base del orden el orden del poder el poder de la subjetividad. El poderoso calla y no permite que el desposeído calle (E. Canetti). Lo demoníaco es lo reservado y lo involuntariamente revelado (Kierkegaard). El inconciente es la forma infinita del secreto. Quien no tiene secreto puede convertirse él mismo en un secreto. Como en ciertas mujeres, hay secreto por transparencia (Mil Mesetas). La conversación trágica es la que no puede dejar de confundir el secreto y el pretexto (68). El secreto es la forma cerrada y absoluta del pretexto. “La forma de la realidad tiene la configuración del pretexto”, dice la página 119 (y se ve en esto una variedad de la vieja “Teoría” o “Doctrina” que hablaba de la realidad como una “pretextación de la conciencia”). Bajo este morboso cuadro de situación aparecen la “picaresca” y “la figura” del pícaro. Sino singular el del pícaro – según se lee – porque puede jugar a dos puntas; pero para los dos equipos. El “pícaro” está entre el santo subrepticio, el chanta anónimo, y el sorete camuflado. Y entre Macedonio y Su Giménez. Ved. Se dice que el pícaro “es el que puede fingir ser un ángel”, pero también que en “el mundo picaresco se esconde lo alto con lo bajo, lo opuesto al mundo puritano”. “El pícaro es aquel que, expropiado del mundo del honor, vuelve a él no como paria sino como asumido comediante de las creencias. Es el último creyente en un mundo sin creyentes” (o sea puede esconder un fin puritano de fuga del mundanal ruido). El trabajo de la picaresca consiste en confundir los motivos colocándolos en un orden paradojal de esconder un motivo en el otro (79). El trabajo del pícaro es confundir los motivos de la acción. Esconde una meta alta con habilidades bajas. El orden picaresco – gloso y reduzco - apela a un despojamiento absoluto de las creencias. Nadie coincide aquí con lo que piensa y nadie es concomitante con lo que dice. El pícaro actúa en un mundo donde aparentemente no hay nada que interpretar. Cuando muere Gadamer florece el pícaro. Es el plus ultra de la hermenéutica (82). Aquí la verdad no es un efecto del poder, “es el producto de la caída impensada del entramado de las maniobras puestas en práctica para fundar identidades”. “El pícaro no vive en el caldo amniótico foucaultiano” (83). Respeta las normas sin creer en ellas, su lugar es el del que debe subsistir a través del ingenio. Mantener separados el sujeto del enunciado y el de la enunciación.
No se entiende. El pícaro esconde lo alto con lo bajo… ¿y también lo bajo con lo alto? Se vuelve acá a la tensión entre el parlar macedónico y la cháchara kitsch. Como toda alma amasada por el bios theoretikós, Hegel detestaba la ironía. Gramsci también. Le oponía el sarcasmo (101). Acá, llegados a este crucial punto, el del “sarcasmo revolucionario”, uno debería hacer introducir dos “conversaciones” omitidas para mediar en este mundo polarizado, o bien: bipolar, en el que probablemente oscile la normalidad de la conversación universitaria local. Serían: la conversación diogenesiana, y –más cerca– la conversación gombrovichiana. De la segunda a la primera se transitaría desde un doble desmantelamiento de la posición macedoniana y la kitsch, todavía dentro de la frontera verbal de un cierto arte –sarcástico- de la injuria, a un avance inmediato a la materialidad de los hechos, al mismo probable fin. En otro libro este autor versa sobre la discriminación del cinismo “moderno” y el “antiguo”. Introito a la denominable conversación arltiana. No creo que haya “ciencias sociales” arltianas. Cómo hay “ciencias sociales” de lo trágico es un misterio. Una paradoja: no podría haberlas. El sociólogo trágico es una “figura” parecida al solipsista que escribe y al autista paranoico. Puede ser un desclasado de lujo que brilla fuera de quicio. Un héroe de la sospecha y un traductor del Genio Malvado a una lengua gremial y codificada, al salario de una jerga. Una sociología de la res cogitans al revés, o un sicoanalista sin sique. Bueno, todo eso ya ocurrió; pero puede ocurrir de otras formas. ¿Cómo decir?, ingeniosa, talentosa, en fin… resemantización del malestar en la cultura, en la cultura argentina, no en la cultura referida por los antropólogos que leía el profesor Freud, sino en la cultura en el sentido penoso del programa de Quiroga de los sábados, en el sentido del efugio, del efugio de la cultura. Se entiende, no.


(También sería medularmente picaresca la concepción de la escritura como una forma evidentemente equívoca, por no decir simulada, de habla. El mismo M. F. lo establece en una carta a –justo– Ernesto Sabato, apodado “Arnesto” por un polaco al que apadrinó, y visto como El-Hombre-que-Quería-Devenir-Estatua en una famosa Historia de Sarmiento a Cortázar. Conversar o conservar, le decía M.F., conocido por la historia como el gran conversador, y que dejó una sarta de conservadores de discípulos, empezando con aquel célebre por afiliarse al partido homónimo. La escritura siempre fue una lata de conserva o un monólogo con deuteragonistas. Efectivamente es la auténtica “conversación de un solo lado”. Un lujo en todo caso del “patriciado literario nacional”, conservar conversando. Fundación mítica de los cidís de poemas y de los Borges orales, empezando por el tamaño de su esperanza. Scripta volans. La última producción reconocida en la línea de este linaje sería alguna novela de Aira que comienza siendo un volante, un papelito publicitario hecho por serigrafía para tirar por debajo de las puertas, para promocionar algún servicio cultural, y que termina por expandirse zapallalmente, engrosándose en una novela. El otro lado de “la escritura pícara”, ergo, es el paper. Esmoquin de La Salada para lucir en la chance de una aspiración de ascenso social basado en la fácil capitalización simbólica organizada por el sistema estatal-curricular, aparato legitimador de las prácticas socializadoras de unos “nuevos ricos” del medio estado-cultural y del campo institucional del “saber”. Traducido al otro mundo de la escritura: el sino bipolar de lo trágico: la escritura trágica, en el campo orégano del saber, de… los sociales de la “ciencia”: la escritura macedoniana versus la escritura kitsch: el paper. Kitsch: el aprendizaje de una nomenclatura y una lexicografía para la salvaguarda gremial de un sentido rebuscado donde se alega el cumplimiento de un deber laboral bajo la férula profesional de un rigor y una seriedad de teleología nobiliaria: una aristocracia de mérito aglutinada por un conjunto de pequeñas instituciones que forjan la filiación de una nueva comunidad gregaria de lujo – gregarismo monacal - . Novelón teorético para la continuación posbachillerato del sentimentalismo cursi del sector intelectual de la burguesía media. Folletín del discurso especulativo. Best seller pop-serializado del terror anónimo del discurso universitario. Ahí vemos dos estratagemas bastante usufructuadas de dos generaciones bien distintas; la una con ese conocido abuso del “recurso al ensayo” que llevó a la escritura macedoniana a la frontera “crítica” con el aparato legal de la sabiduría oficial de los estamentos del Estado; la otra, harta de esos tropos de los viejos, formateada por las “éticas” del rock, la televisión o las barrabravas, por el nuevo humanismo “inglés/computación” y readaptada a los lineamientos ortodoxos de la nueva universidad posproceso, condenada al “Informe para una academia”. Hay escritura, no metafísica. Hay picaresca. Sabios no; pícaros.)

10/2/08

Master Yoda & The Joker: Un Encuentro (Im) Pedido





Chicas de Letras: no se dejen engañar por Piglia.


La versión “argentina” del Ferdydurke, anotó Ricardo Piglia, parece una lengua futura y una cruza de los estilos de Arlt y Fernández. “En cuanto a Macedonio Fernández –cito textualmente al mitómano y susomentado crítico nacional (o ficcional, es lo mismo)– habría que decir que es el único escritor argentino con el que realmente se encuentra Gombrowicz. De hecho Macedonio es el primero que da a conocer un texto de Gombrowicz en español. En 1944 publica en su revista Los papeles de Buenos Aires, el relato `Filifor forrado de niño´ de Ferdydurke. ¿Se habrán visto Macedonio y Gombrowicz? En aquellos años los dos vivían aislados, en pobrísimas piezas de pensión, seguros de su valor pero indecisos sobre el futuro de sus obras. En más de un sentido eran, el uno para el otro, el único lector posible. Se puede suponer casi con seguridad que Macedonio leyó Ferdydurke porque aparecen referencias a la novela en uno de sus papeles inéditos. Y en cuanto a Gombrowicz era sin duda el único lector posible del Museo de la novela de la Eterna; el único, quiero decir, a la altura del proyecto macedoniano.”


Quisiera contrariar el optimismo de Piglia. La idea de juntar a Macedonio con Gombrowicz es pavorosa. Es probable que Obieta, hijo y Brod de uno y promotor y ocasional editor del otro, lo supiera. Mucho peor que juntar a Spinetta con Charly. Desde ya.

Macedonio era el Maestro Yoda. Y Gombrowicz el Guasón. No fue necesario ningún meeting, sino más bien lo contrario, para que ese encuentro ocurriera. Metafísica & Forma. Esa mezcla ya es la literatura nacional. Piglia puede pensarla. Otros más bien la hacen.

10/10/07

Filosofema, Masa & Playmobil



(O ¿Por qué Macedonio Fernández no está en el “Gen Argentino”?)






De la popular pregunta de hace dos años por la “filosofía argentina” y su existencia –que ha hecho reír a varios bloggers latinoamericanos, según pude observar– a la disputatio televisiva sobre “el gen argentino” de ahora hay, de hecho, un trecho, dios dirá si estrecho. No es para hacerse el indignado, como el profesor-tipo argentino, que llena los baches de sus clases bardeando al conductor intelectual de turno en el universo mediático, Rozitchner, o preferentemente Piña. Gracias al sistema-Fernández hace años que falto a clases, sabido de que la deserción escolar hace Borges en estos países… Pero me imagino que en Humanidades & Artes no debe de faltar profe social que no olvide darle duro al progresista-estrella de Piña como material de relleno y cable a tierra consensual de su acto pedagógico programático. Ganan su público a base del mediatismo invertido, y de la indignación automática del puberato moral. En mi época, cuando cursaba filosofía, nadie se privaba en clase alguna de “Problemática del Saber” o afines, del chistecito sobre la lectura de Sócrates contra el señor doctor Menem, entonces presidente, que por lo menos de palabra intentó llevar la gesta sarmientina hacia su plenitud imposible: un paroxismo fanatizado de la hermenéutica deconstruccionista que aspiraba más que a acabar con el analfabetismo a hacer leer hasta lo inexistente-textual. Se puede pensar la filosofía en base a ciertas técnicas mito-publicitarias y hacer pensar que buscar al filósofo argentino del siglo es una causa potable y noble y un objetivo profesoral-profesional. González es macedoniano pero (raro peronista) sabe volver del ridículo. Propone en ese puesto a Astrada. Otro peronista –en este caso jegueliano definido– había cometido el acto temerario y precipitado de postular a Fernández dentro del podio filosófico de su época. Era su amigo Miguel Virasoro, parece. Así como Deleuze no se animaba a decir del todo que el esquizofrénico era el revolucionario (en fin… ¡qué cosas!) (¡Qué gente! como decía Castro), González, primer expropiador orgánico de Macedonio en el campo sui generis de nuestra filosofía expandida o en sentido lato, sabe no encenderse en demasía. Su bondad bonapartista propone a Astrada, autor creativo, serio, severo, académico, marxista jaidegueriano y… peronista. Alumno en presencia de Heidegger y narrador teórico de un Perón con cuello Mao. Pensador del gaucho, de Nietzsche, del existencialismo y de Marx. No sé si sabía callar en seis idiomas, pero al alemán debía leerlo de corrido. Pero sí, es que la propuesta ya es fernandeciana, tiene el despropósito risueño y extemporáneo de las candidaturas macedonianas. Justamente: candidaturas. En este caso una candidez rebuscada, artificiosa; un “pretexto” del aventurerismo buscón de la vida (académica). Picaresca criolla; sociocrítica. Cándidos para Horacio González han sido Osvaldo Lamborghini (“cándido y aberrante”) y Ludwig Wittgenstein (“cándido y tortuoso”), según se lee en ciertos textos. El señor Horacio se hace… (y nosotros mejor vamos a seguir postulando a M. F. como Antifilósofo Nacional, acaso un viejo y tácito objeto en la escritura de ciertos filolacanos de los setenta). Si en vez de Fontanarrosa hubiera ido Fernández, a competir, por ejemplo con…con Olmedo o con Alberini o Fatone, ¿lo hubiéramos visto ocupando la silla de Sasturain? ¿Enfrentado a Feinmann si fuera contra Alberdi? ¿O a Abraham contra Gombrowicz? ¿A dónde querré llegar?...A nada. No me interesan estos temas. Estoy ocioso y no me sale escribir cosas serias, no puedo ser Aira para parecer pensar lo imponderable y narrar como si nada. Estoy condenado a la sátira, un género de cuarta pero por autoencargo automático. Cuando no se tiene nada que decir Beckett, uno puede hacer aguafuertes para teóricos. ¡Callen a Tomás Abraham! Es terrible escribir cuando se tiene un ma
l lector.




28/8/07

Estado de la Causa al Día 28 de Agosto de 2007




La situación entiendo que es esta: M ha sido finiquitado por la crítica literaria, ultimado aun con estupideces consabidas y falsas. Desde los años 70, o 60, la crítica profesional, omnímoda, extendida entre la teoría el comentario y la ficción, y entre los polos presuntos del mercado y la academia, agotó –es una impresión imperante– la cuestión M. En el plano de la literatura en acto, vigente, el imperio de A pone inevitablemente a M en el cajón de la historia, de la lengua muerta, de la herencia del abuelo. Curiosamente, con el imperio de A en la literatura parece comenzar a emerger la acción residual de M en otro plano: se le puede llamar la filosofía. El escritor argentino actual es A; emerge en los noventa, está consolidado, y no se sabe qué durabilidad le espera a un sujeto menor de 60 años de edad. El filósofo argentino ya parece ser M. Cómo no lo puede haber en vida, por razones de división del poder mundial, porque la nación no es Francia. E.E. U.U. ni Alemania, lo es a más de medio siglo de muerto. Parece que la reserva filosófica de la Argentina está básicamente ahí. Nadie se atrevería a firmar esto; pero así es. Esto podría ser una revolución inminente. Estamos a las puertas de una revolución nacional de alcance por fin mundial y los operadores de prensa del emismo, los agentes culturales que tramitan su legado y cultivan su honor pueden ser, en muchos casos y al contrario, conciente o involuntariamente –es lo mismo– actores efectivos de la reacción contrarrevolucionaria. Esto está escrito.



16/3/07

El Precursor de la "Crítica"




Seguimos la cadena y vamos por un nuevo Macedonio a estrenar, en el desuso del que nos están dejando los jóvenes de ayer. Nos gustaba la irresponsable eficacia de las consignas y habíamos aceptado no sólo que el fin de siglo sería deleciano, como vaticinó el mesías de Vincennes, sino que el nuevo sería macedoniano, cántico de Ricardo Piglia en los 90.

Y ya, parece, no son pocos los audaces que se dedican a cultivar la lectura de Fernández como filosofía, o algo por el estilo.
Más bien es una labor bastante factible para el ocio de las nuevas comitivas de estudiantes y profesionales filosóficos del país. La idea del precursor prematuro de la nueva literatura argentina comienza a apagarse cuando esa novedad de la letra deja de ser nueva y esos nuevos se establecen en los nichos de una canonicidad ya entrada en años. Aunque podría decirse que, más que nada, Fernández indicó lo que había que no hacer para escribir, y que por sobre cualquier otra cosa fue, me parece, un precursor señero de un semantismo sintacticista que orientó o perdió a una tradición bien autóctona –mezcla de tango y filósofos franceses, borgismo sicoanalítico y él– llamable la Crítica Literaria Argentina. Macedonio Fernández precursor de la crítica, ese destino pampero y literaleño del co-barroco, o barrococó; “barroso”, según Néstor Perlongher inmortalizó. Ahí la “prosa de mareo” con “sintaxis de mudanza” de la “oratoria del hombre confuso” fue posibilidad de leerse leyendo precaria y precipitadamente a Barthes Lacan Derrida Foucault o Magoya.

Y si hubo un “Macedonio” para cortazarianos y otro para lacanianos, se viene –es probable– la invasión pestífera al campo orégano de los filósofos. No ya de “la filosofía” (no vamos a entrar en esa disquisición ahora), sino al mercado laboral de los licenciados filosóficos y sus allegados; a eso me refiero. Porque
¿qué se puede hacer salvo macedonizar la filosofía?


De Macedonio Fernández me queda en las manos un asombro viejo, y ciertos virtuosos vicios por inercia. Mientras yo miro para otro lado, que quede en poder de sus nuevos primeros lectores.




13/3/07

El Primer Lector Bueno



(Disimulo en la lucha por la vida)




“No se olvide: soy el único literato existente de quién se puede ser el primer lector.”



A lo ancho y largo de la simulada vida y de la simulación en ella de la lucha por la misma hay y ha habido lectores macedonianos y de cierto profesionalismo hasta precoz, incluso: en mi barrio, modestia aparte, soy el que más destaca.

La lucha por ser “el primer lector” de Fernández existió por lo menos desde que aquel comenzó como autor, incluso en vida. Es un papel que en cierta forma dejaron o fingieron dejar vacante los descubridores. Borges, pero también Marechal, Scalabrini Ortiz y todos los del grupo de entonces. Esos, por embrujo de Borges, en todo caso, quedaron signados por el dominio de la voz. En tal caso, fueron portavoces o voceros –tránsfugas, tan aleves como menester hubo–; difusores incrédulos, no demasiado hacendosos, de ese Evangelio no sólo de no creeres e inacciones.


“Una de las felicidades de mi vida es haber sido amigo de Macedonio, es haberlo visto vivir." Esa frase de Borges en el sepelio expresa la situación de aquellos que más que nada transmitieron la leyenda, no el texto: los que alegaron la gracia y la exclusividad del privilegio de “haberlo visto vivir”. Se convirtió así en lo que no quería que le ocurriera a sus personajes: en un Personaje Realista, esos que obran la fea ilusión de un “ver vivir”, según su concepto de realismo en la novela.

Una generación sucesiva se encargó de manera más evidente de la susodicha aspiración de primeridad por lectura, y se ensamblaron al trabajo devoto de Adolfo de Obieta, encargado de la reconstrucción de los textos con el fin de devenir obra y publicación.

“Se están imprimiendo todos los certificados de primer lector mío que se calcula serán necesarios”, escribió “el Autor”.

Y si bien no parece posible una ortodoxia ni una escolástica ni una escolaridad con Macedonio Fernández, es un hecho asequible esa lucha vital por devenir “el primer lector”, circunstancia que el propio escritor prefiguró en la “Continuación de la Nada”. Ahí dice que como no tiene nada sobresaliente que contar de su vida, se dedica a narrar sus nacimientos: el ontobiológico – binacimiento del “Mundo” y él– y el flagrante “como autor”.

Y es un ideal fernandeciano ese ambivalente de nacer siempre a la vez que no haberlo hecho nunca.


La quimera que alentamos los eternos primeros lectores de Fernández que hay en la nación –aunque mi caso modestamente se circunscriba a la actual República de la Sexta, macrocentro-sur de la ciudad de Rosario–, es la de un permanente escritor a estrenar siempre renovado, aunque ese a estrenar sea, en general, algún otro autor, probablemente francés o norteamericano, utilizable para la nueva “lectura” adaptada a los tiempos que corran, o algún datito nuevo de una improbable biografía denegada.

El primer lector es, el primero bueno, o sea el último malo.



19/4/06

¿Qué No Es la Metafísica?






“Lógica del sentido” de Deleuze, escribió Foucault, es un tratado de metafísica, pero no de una que ha contado cómo se olvida o se olvidaba al ser, sino de una metafísica encargada de parlar sobre el extraser. Define a la Física como discurso sobre la estructura ideal de los cuerpos, de las mezclas, de las reacciones, de los mecanismos de lo interior y de lo exterior, y a la Metafísica como el discurso acerca de la materialidad de los incorporales (fantasmas, ídolos, simulacros…). Una metafísica de los ludismos de lo perverso y de la ausencia de dios. El acaecimiento, como entidad meramente efectiva compete a la metafísica; la Física, sería una etiología de lo que acontece. O sea, la metafísica deleciana tiene aspecto de modular un cierto posicoanálisis, de lo inconciente salido a la calle, del diván en la vereda, de los silencios del dorso del ágora, de la intestinidad de la externalidad-socius y sus interacciones, en fin…y de ahí al universo: una especie de clinicidad cósmica, y una física de lo intangible efectivo, de la invisibilidad de los efectos como tales. El sicoanálisis, dice Foucault, tiene que ser entendido como una práctica metafísica.
Allí donde lo material sucede a condición de su propia paradojicidad (como inmaterial, pues), se está ante el objeto de la Metafísica, fisismo de lo aporético.
Pero lo que escribía Germán García es que para Macedonio el lenguaje mismo sería la metafísica o lo metafísico. Y lo que era inevitable era no leer a Macedonio a la luz de Lacan, o cabe Lacan, con, junto a Lacan, allí donde el sicoanálisis es metafísico jeguelianamente, sin materias puras, pero metafísica de la casuística accidentaria de la cosidad lingual del llamado “inconciente”. Con esa coyunda se forja una inevitable metafísica argentina pero sobre todo una metametafísica, como la que hizo Heidegger, para quien, sea con el grafismo o el fonema, lo metafísico probablemente es inexorable (porque es la coimplicación del ser y el ente) al igual que en la conclusión de García en “La escritura en objeto”. En principio, si se toma como válida esa jurisdicción del sicoanálisis, podría pensarse muy justificado lo que algunos hoy preferirían no soportar, el no poder dejar de leer Macedonio posicoanalíticamente en la mescolanza de ambas jerigonzas que tan asequiblemente se imantan. Macedonio sicoanalista. El sicoanálisis metafísico. Metafísico en tanto cuanto tiene por objeto a lo que no tiene objeto: la pulsión, aquello que umbraliza ante lo “biológico”. Pero Macedonio rechazaría cualquier mundo dividido por una nueva o vieja glándula pineal separadora de una Física y una Metafísica, por eso con el Lector –que no creo que me esté siguiendo– nos estamos metiendo en un embrollo al pedo tratando de extricar algo que parece que conviene dejarlo ahí. Valga la referencia a ese criterio de Michel Foucault como curiosidad o para la intelección futura de otro estudioso con menos poquedad de recurso, bien que estamos, empero, tratanto de penetrar espesuras de un campo que es el del Pensamiento Poco, para lo cual es mérito un oculismo de payador sin más.



9/4/06

Mitología -Celeste &- Blanca






La metafísica en y o de Macedonio Fernández es lenguaje o es el lenguaje. Tesis, expresión, sospecha o en fin… de Germán García en “La escritura en objeto”. La metafísica en general, más allá de aquello, podría ser en general el lenguaje. El logos, pensamiento, idea, es lenguaje. La metafísica en este sentido se entiende, parece, como un universal antropológico. Y el lenguaje también. Entonces hay una metafísica en general, y, por ejemplo, una metafísica occidental en particular. La filosofía es una tradición de occidente que puso el nombre metafísica a esa entidad antropológica universal propia del lenguaje en su carácter referencial, en su capacidad de referir a su exterior, objetual, cósico, o acontecedero. O…
Lo lógico y lo ontológico se reportan a lo lingüístico, y se coimplican. Bajo estos preceptos la filosofía sería una entidad sincrónica, histórica, institucional, de la lengua; de la lengua griega y sus traducciones e interpretaciones por la lengua latina, y las lenguas bárbaras y románticas. Y la metafísica, campo –parcial o totalmente– de pertinencia y pertenencia de la filosofía, una entidad de la dimensión del lenguaje, no de una suma de lenguas concretas.
Pero se puede llamar metafísica no sólo a aquella dimensión –lógicontológica –del lenguaje– fonográfico o humano–, sino a un contingente acopio de textos, institutos, categorías o aporías o... cuya génesis aconteció con los griegos antiguos.
Si el tema, objeto o... de la metafísica es el “ser”, esa pasión de Heidegger, se sigue la pregunta de si hay ese “ser” en las lenguas que no pertenecen a la metafísica como fenómeno o campo pandisciplinario o… de la cultura occidental y del conjunto de lenguas que se llaman indoeuropeas.
Según uno ha podido entender, si es que alguien entendió algo alguna vez, algo así es lo que estudia Jacques Derrida en varios tramos, al menos, de “Márgenes de la filosofía”. En el apartado “El suplemento de la cópula. La filosofía ante la lingüística”, pone a estas cuestiones posjaideguerianas de cara a Benveniste, que estudió las “categorías” de Aristóteles desde una perspectiva de la lingüística contemporánea, si se concede el pleonasmo.
¿Hay etnocentrismo en Heidegger?, pregunta la página 239 del susodicho texto derridaiano.
En general, si uno no está mal informado, el relativismo, en su variante “cultural”, es una pasión occidental, tematizada quizá desde la era de los sofistas por occidente. El “relativismo cultural” en tanto cuanto concepto doctrinizado y expandido por disciplinas practicoteóricas-discursivas –permítanse mis énfasis a la sanfasón–, llevado a ideología, perspectiva, ética u operatividad profesional, es un episodio solamente reconocible, como dominante, en occidente. Como ocurrencia perpleja y concreta podrá haber pasado por la cabeza de cualquier ente humano oriental como por la risa antilógica y asocial de los budistas, pero como doctrina y perspectiva ontológica y moral es un rito de occidente multiplicado y manufacturado contemporáneamente por lo que se denomina democracia y ciencia. Como perplejidad llevada a la jerarquía de orden categorial y principio ontoeticoepistemológico es, en todo caso, una “mitología” de occidente, y lo mismo los conceptos y nociones científicas o cotidianas de mito y mitología. Esta aporía organizada de Jacques Derrida ¿es etnocéntrica? ¿Una especie de etnocentrismo débil o pasivo? (por invocar reminiscencias nischeanas). El deconstruccionismo: ¿mitología blanca? El contrafonologocentrismo: ¿mitología blanca? Mitología o no, lindo o feo, bueno o más o menos, es un fenómeno popular, ético, moral, epistemológico, jurídico y ontológico de occidente, ultrapopularizado por esta época, moderna o posmoderna, como entienden los entendidos. Época de la sospecha, dicen algunos; en este mismo orden de confusiones, época de los malentendidos expandidos, de lo siniestro organizado, de la ambivalencia pormenorizada. Perdón si froidizo todo pero…no soy yo…no…
Se sabe, las universidades de Francia, Alemania, Gran Bretaña o EE.UU., (también las de Portugal, Finlandia o Perú) se llenan la boca de antietnocentrismo con la misma asiduidad con la que sus ejércitos invaden oriente. Un oriente etnocentrista e invadido, y un occidente relativista e invasor…y la metafísica. ¡La metafísica entre nosotros!

El malestar es la Metafísica.





-La vulgaridad es un lujo-

Susvín... rompió


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Un idiota que reclama que le sea reconocido un saber...