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7/4/14

Rajá tu rito




Los dos más grandes enemigos del arte degenerado fueron Adolf Hitler, en la primera mitad del s. XX, y la nueva camada tribal de escritores porteños, del 2001 en adelante. Cierto que estos últimos no ponen el énfasis en la superioridad racial ni todos son nacional-socialistas, sino que prefieren enunciarse, algunos, y en algunos casos, como estalinistas. Propugnan no la superioridad de su raza, pero al menos la pertinencia de su generación. Pretenden la hegemonía, pero sólo en un espacio social muy restringido, cuantitativamente ínfimo, aunque fundamentalmente exclusivo y excluyente, que es el llamado campo literario. Su lucha se libró en los blogs otrora, en la fase revolucionaria, y sigue en Twitter y Facebook, en su actual fase parlamentaria. Su paideia se propagaba por la masa en las ediciones artesanales de placita; a la vanguardia, en las editoriales independientes subsidiadas. 

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Hay muchísima menos libertad en el mercado de pulgas que en el mercado propiamente dicho. El canon particular y su policía específica son mucho más rigurosos en los puestos de la FLIA que en las editoriales comentadas por ADN y Ñ.

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¿Es lindo que para la nueva generación importe más Pierre Bourdieu que Borges?

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La guerra en el campo cultural no es guerra al campo cultural. Los triunfos lo modifican; pero nadie puede ganarle al campo mismo. En el campo literario todos son cortesanos vestidos de guerreros. Son soldados del campo, batallan haciéndole la corte.

Preferiría pagar ediciones a ser carne de canon.

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Mercado, Academia, o Locura: Leer Afuera o Vivir Afuera (del campo literario).

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Los libros del pasado sirven para librarnos de la opresión del presente; para pertenecer al círculo de publicadores de comentarios y libros del campo cultural hay que recitar el presente, y escribir como se pide.

Comentarista Anónimo y yo somos Caín y Abel –indistintamente. 

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No soy un nativo digital. Soy un aristócrata de la desubjetivación reciclado para los nuevos tiempos.

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Casas: falsa autoayuda chabona para aspirantes ilusorios a un puestito en el mercado literario.

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Lo único peor que el quirchnerismo es el antiquirchnerismo.

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En realidad nunca voy a ser un verdadero peronista porque mis únicos amigos son mis enemigos. Y en verdad, menos. La claque se mudó pero igual era muda –y no sólo de ropa.

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La insoportable pertenencia a algo.

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De todos modos no sé si escribo como se me canta o se me canta como escribo.



27/2/14

Condiciones de emergencia y recepción del “escritor tributo”

(La figura de Carlos Cavallo en el panorama de la literatura actual)



Osvaldo Lamborghini fue el primero en plantear el dilema sobre la autoría de los goles de Diego Maradona. En mi barrio sabemos bien quién fue. Lo que parece más claro es quién es el autor de los goles de Messi. La incontestable condición plagiaria de su famoso tanto al Getafe –el más evidente– reaviva una problemática insoluble: ¿homenaje, cita, parodia, pastiche? ¿Cuáles son los alcances del plagio genial?

Si la máxima aspiración generacional contemporánea en el mercado literario es “meter un hit” (Lucas Soares), “¿cómo, en el contexto de la literatura argentina, volverse irremediablemente impublicable?” (Pablo Farrés). La histérica ley del deseo loco de novedad formulada por Tabarovsky ¿no va en contra de los propósitos de su propio “escritor sin público”? ¿Es “hacer un cover” (Luciano Lutereau) la salida?: ¿tocar para el público de otro?  ¿Pero hacerlo igual, hacerlo irreconocible: o “copiar mal” (Farrés bis)?

En una época donde prosperan las “bandas tributo” no habría sólidas razones para prohibirse imponer la presencia de un escritor tributo. A diferencia de los grupos que simplemente hacen covers, estas bandas proponen una reproducción espectacular, no sólo nota por nota timbre por timbre, sino gesto por gesto, vestuario y puesta en escena. Como en un museo de cera en acción, flequillos inverosímiles, derechos tocando como zurdos, bigotes fuera de quicio y oxigenadas melenas blondas en fachas trigueñas levantan un show mimético que bordea siniestramente el simulacro, tocando incluso –parece– el nervio biográfico de las identidades. Dicen que envidio la locura del otro. En los casos más extremos, a un músico se lo elige por su parecido físico y si no lo tiene un cirujano plástico valdrá más que un técnico de sonido. Antiguos air guitar heroes de baño propio se convierten en dobles sin riesgo de stars de superbandas de la edad de oro. Pero el frontman del tributo a The Doors deberá salir a escena y –fingir– masturbarse. Está también el que hace discretamente otra cosa: se viste de Elvis para imitar a Sandro cantando a Gardel. Cada loco con su cover, cada uno es como –no– es; pero copia como puede. La nostalgia de la literatura es un síntoma del –after– pop.

11/9/13

Mi última crítica



(La Última de César Aira por Conrado Nalé Roxlo. Pánico el Pánico. Bs. As. 2011)



Se deberá suponer, pongamos que estoy diciendo algo, que esta novela no fue escrita por una persona sino por un estado de cosas, situación o grupo social. Con la salvedad asumida de que el esfuerzo lo sobrellevó el cuerpo de una sola persona, y se trata de una obra laboriosa –si es posible anotarlo así–, aparte de sagazmente oportuna, ingeniosa y lúcida en dosis abundantes. Estado de cosas o grupo social al interior de esa quimera eventualmente abstracta denominada campo cultural o literario, ciertamente. Hay tres lugares para escribir, no dos –me dijo un pajarito–: el mercado, la academia, y la locura. Los dos primeros operan de eventuales motores inmóviles del mentado “campo”, y polarizaron un dilema que ocupó hace algunos años unos cuantos artículos de prensa cultural, infinidad de exabruptos entre blogueros y trolls literarios, e incluso libros. Damián Tabarovsky, por ejemplo, reconoció un tercer lugar que me parece tan utópico y paradisíaco como el reino de la libertad pronosticado por Marx o cualquier otro engendro jegueliano o de diversa religión, aunque en rigor la patente es francesa (“deseo loco de lo nuevo” o algo así). Yo no vería otra cosa fuera del mercado y la academia que no sea la locura –en un sentido siempre más cervantino que clínico–. Cuando a la locura se la hace entrar por la fuerza o la puerta de servicio, se la ficha ocasionalmente con motes expiatorios, art brut, Kitsch, raro, póstumo, excéntrico, mala y demás inventos, y siempre que se pueda coser un texto a una biografía ilustrativa y a una pertinencia histórica o tribal. Esto, igual, a título de nada; pasó un ángel y colgó una digresión. Volver.

     Esta novela ¿qué es?: una sátira seguramente, a diferencia de cualquier novela de Aira. Su principal recurso, se me hace, es la parodia, pero contaminada por el pastiche. Bajo el ala de la parodia, con un propósito satírico pretende, pongamos, hacer funcionar el “procedimiento” reconocido como la marca Aira, bajo firma de un tercero y con las intenciones evidentes –pongamos que es así– de perturbar el mecanismo Aira, de provocar un efecto malicioso en su recepción, alterar los efectos de esa factoría textual en sus lectores. No obstante –discrecionalmente o no, afortunadamente o no– más que por Aira parece escrita por Aira, por Copi, por Laiseca, por Cucurto y Tabarovsky a cuatro manos al dictado de Capusotto, e incluso por toda la matrícula de Filosofía y Letras.

     Como dispositivo de prosificación (“parece una novela mía, pero escrita en prosa”), se aceptará que funciona, sin que de esto se pueda extraer ningún aplauso o abucheo. En contra, uno podrá reclamar que su “inventiva” airana complace demasiado lo ambiental y es expansiva muy al ras, propone una serie de figuras demasiado exactas, queriendo decir un tanto previsibles u otro poco esperables –el enano taxi-boy, el nazi puto, el peronista asiático, el psicopompo-nerd proxeneta y narco, no se priva de ninguno, una enumeración demasiado precisa de un colectivo imaginario, si es que la lengua de Canela vale por algo–. Todo depende de si se observa la fidelidad a lo parodiado o la fidelidad a la parodia, si sé lo que digo. Así a veces parece que a la novela la escribe Aira y a veces un estudiante avanzado de Letras que lo copia bien y lo copia mal, que lo reproduce al pie de la letra pero se tropieza, o que lo empobrece despectiva e insidiosamente, burlonamente, o bien por descuido e incuria. Pero se sabe que no se puede responder a qué quiso decir, aunque se podría aplicar la misma imposibilidad a cómo funciona. Que es un Aira empobrecido –además de mezclado– es un dato; si el hecho responde a un propósito o es resultado de una limitación, depende. Hay que ver, además, si se trataba de escribir la última buena o la última mala (pienso en la linda teoría de la “fotocopia” de W. Cucurto). El chiste es bueno; pero ¿cuál es?

     Sin mucho que decir sobre el asunto como texto escrito, en cuanto operación editorial en cambio, uno se remite a su recepción y por lo que se despeja de los comentarios de algunos vivillos, su virtuoso oportunismo reside en haberle mojado la oreja a Aira, donde Aira más bien son sus lectores, el consenso que sostiene un prestigio o qué sé yo. Sus lectores, esto es: aquellos que seguirán escribiendo la nueva de Aira, ignorando que ya se publicó la última.

     Al que la escribió habría que decirle, muy bien te felicito, y elogiarlo a la manera del ideal de Fontanarrosa: -¡Me cagué de risa con tu novela! Como operación de campo, la boutade provoca, muchas cosas distintas pero provoca. Contra Duchamp la misma moneda, o más Duchamp, es siempre un recurso digno, los bigotitos al mingitorio. Se trata de una cargada y una descarga. Porque como venganza parece la venganza socarrona pero afable de los estudiantes contra los profes, una travesura escolar como sacada de la estudiantina de Ferdydurke. Bueno, estoy hasta acá del canon que tanto me gusta y que me metieron por delante y por detrás, de Fogwill a Babel y de los suplementos a los congresos. ¿Qué otra cosa iba a hacer? Regodearse con una aglomeración de guiños para entendidos e informados, que escanea de pe a pa todo lo sabido y lo sortea con suma gracia. Como decir, reírse del canon al que se aporta y adora. ¿Novela de campo? (Encontronazo –generacional, etario, decir así– de una herencia entrañable e impersonal (porque el método es Aira grosso modo, pero su sistema de guiños pone en escena o en la picota al saber –cansadamente iniciático– sobre el cual Aira es comprendido, leído, del cual es considerablemente inocente) y unas nuevas condiciones de lectura, sobre las que se dirime su permanencia o devaluación, se pone a ser leída como el efecto de un trasfondo mafioso –que hace juego con el paisaje ficcional que dibuja, una nación como entramado social de mafias (insignificantes o no, y de toda índole) y en disputa–, como si oficiara de salida posible a esa convicción aceptada o axioma que decía: nos cagó. ¿Cómo cagarlo entonces? He ahí el homenaje –froidiano, se diría– y la traición como salida con suerte del epígono.)

     Los que cantan la canción que dice que Aira es lo viejo y que lo in es Salinger precursor de Casas avalado por Bourdieu, o que lo nuevo es el presente y presentarse como un Hemingway quirchnerista de tribu urbana, no tendrían por qué alegrarse con esta gastada piadosa y autorreferencial al matriarcado del sistema crítico nacional (“crítico”, no literario, porque la literatura es como el peronismo: no es un sistema). Creo que todos los que escriben novelas de Aira –incluido Aira– van a quedar impunes y van a seguir adelante; el que podría llegar a verse más complicado es el autor de La Última de César Aira, pero ni siquiera. Como desplante punkie o como venganza democrática y plebeya, no vale más que una contratapa. Como traducción libre en prosa es un ejercicio escolar encantador. Como homenaje maligno o ambivalente, unos cuantos puntos más. Y como si cualquier cosa, qué más da. Es a favor, eh. Le pongo un 9.


3/7/13

Cuentos Completos de Alberto Laiseca




Con algunos objetos o hechos que se supone componen el mundo del arte contemporáneo pasa que han sido ubicados para, entre otras cosas, llamar a la pregunta general que dice ¿son arte o qué? Su naturaleza incierta, su cualidad y su calidad dudosas, al contrario pretenden ser un signo distintivo de su pedigrí, hacen a la estrategia consciente en pro de su legitimación restrictiva. La literatura es otro palo, de todos modos; se acepta que los textos aglutinados como cuentos sean cuentos porque fueron presentados como tales por decisión editorial –por ejemplo–. El caso de algunos de los cuentos de Laiseca es al menos un poco parecido. Probablemente aspiren solapada o lateralmente a suscitar la pregunta de si son o no eso, cuentos; pero –peor aún– por vía similar es posible que también pretendan hacer sembrar la duda sobre su calidad; asumen el riesgo de aparecer ante cierto probable receptor promedio como un mamarracho esperpéntico, en virtud de una misma operación por la cual al contrario se hacen piezas infalibles de un sistema –perdón por el pedante sustantivo– literario mayor, soberbio. Mejor dicho, genial: maravilloso. Por el cual lo malo y lo malísimo son lo bueno y buenísimo.

     Menos mal que Laiseca, que intrínsecamente es un islote, que no le debe nada a nadie y se parece mucho a un clásico que nunca existió, es indiscutiblemente una pieza más del canon argentino vigente, aunque sea él mismo su propio ecosistema, aunque sea como caso aislado. Después de haber sido condecorado por Aira, Fogwill y Piglia –cada uno por su lado–, nadie va a andar pretendiendo ser su descubridor, ni tomarlo por un under marginal o un genio privado de barrio o de cenáculo esotérico. Pero para su suerte, su éxito no tiene ningún justificativo per se salvo el azar, la juntura de brutalidad y exquisita rareza, que a otros nos podría perder en la irremediable ilegibilidad, anomia, anonimato, idiotez, produce en lo de Laiseca efectos brillantes que no sé por qué han pasado desapercibidos por la policía literaria dedicada a premiar lo esperable. Por suerte muchos no se dan cuenta de lo bueno que es y lo siguen aceptando, para bien de nosotros que podemos invertir en sus libros y leerlo encontrado en casi cualquier librería de la vasta patria.

     No tendría nada que decir salvo que he hecho una buena inversión, y le estoy agradecido y a la editorial Simurg.

     No quisiera aventurarme en hacer entender algún rasgo de su obra con mis escalpelos de juguete, el sr. Laiseca no merece que ponga mis palmas con ilustrados microbios allí. Me dio sí la sensación –justo estuve releyendo lo peor de Poe y después la defensa que Laiseca hizo hace poco de ello en un prólogo a los cuentos poeianos– de que asumió el riesgo de asimilar (el árbol genealógico de Laiseca es de lo más caprichoso, anacrónico y devaluado) del glorioso Edgar Allan las sobras que dejaron de lado sus discípulos más meritorios y prestigiosos, empezando –en la Argentina– por JLB, Quiroga, y continuando con Cortázar, Castillo, e infinidad de cuentistas de buen gusto volcados a propagar las innumerables variaciones de un manojo de eficacias consagradas. Me refiero a todo aquel material que no compone la lectura obligatoria de Poe que hace el lector adolescente promedio, aquello que Cortázar condenó por tener por chistes sin gracia y que en su gran traducción y “ordenación” mandó al cuartito de atrás. O bien no, o quizá yo esté equivocado. O…

6/1/13

Vidas de Payasos Ilustres de Ignacio B. Anzoátegui




En la última Feria de Librerías de Viejo de Rosario uno dio, entre otros hallazgos, con las Vidas de Payasos Ilustres de Ignacio B. Anzoátegui del año 77 –escrito en el 50 y tantos–, ediciones Theoría. Anzoátegui es un prosista maravilloso con un humor tremendo, temible; seguramente uno de los picos más altos del arte de la injuria o retórica de la execración en la Argentina. Aconsejable ciento por ciento en un presente como éste, en el cual a la condena televisiva de empacharnos día por medio con horas cátedra de la símil-filosofía de José Pablo Feinmman, se la contrarresta a fuerza de testimoniales de Tomás Abraham por TN. Hoy la “derecha” cajabobista se cuelga de la figura de señoras ex criptomarxistas, ironistas ex posestructuralistas, o ex contornistas geriátricos, porque los de la masía –como dicen en el Barça– no tienen la suficiente fuerza pragmático-alocutiva para rebatir el espesor argumental del emancipacionismo oficial encabezado por la retórica churrigueresca de Horacio González o Jorge Dorio, la neoclásico-kitsch de Víctor Hugo, o la parresía de Gerardo Romano o de la distraída pornógrafa Flor Peña. Le falta un Anzoátegui, un señor que alguna vez estuvo a la derecha de todo cuanto existía. Anzoátegui llama a Dios “el supremo reaccionario”, y él debe de haber aspirado a erigirse en su más fiel copia a imagen y semejanza por estos pagos. Convence mejor incluso que el Zizek de El Títere y el Enano acerca de la conveniencia y el embeleso de pasar por el mundo siendo apostólico-romano. A todo esto el nischeano católico aggiornato Vattimo declaraba el otro día en La Nación, mientras les filtraba un alegato bastante pro-K, que él no sabía en qué creía y que si lo supiera dejaría de creerlo, un buen diagnóstico que señala que el “vivir sin Dios y sin ser Dios” de Macedonio es a condición de desconocer que El Barba es inconsciente, más que antropomórfico e hirsuto. Pero el Dios de Anzoátegui no es el lacaniano (el de que “si no existe, nada es posible” –la frase-Karamasov pero invertida, como bien sabe el vano lector) sino que es un Dios cristiano, previo a Juan XXIII, monárquico, nacionalista-antiliberal, hispanista-antisemita, antifeminista, etcétera, etcétera. En su época este señor tuvo un medio social que le permitió no ser un cactus o el contenido de un chaleco de fuerzas, hoy es un verdadero escritor maldito; los que hoy hacen los programas de educación primaria preferirían promover la lectura infantil del Marqués de Sade u O. Lamborghini antes que poner un libro de autor así en las manos de las blancas palomitas –incluso Mein Kampf, porque Anzoátegui es un nazi inteligente y grácil–. A la fecha el apotegma famoso de Gide de que “buenos sentimientos hacen mala literatura” lo encontraría como el referente ejemplar más destacable. El dramatismo que lo hacía contemporáneo a su época –si bien rancio ultramontano– ya no existe; nos queda el humor de su operación retórica, de señorial cortesía en el sarcasmo: paradojista tipo Opus Dei, más Papa que el Papini, un Chesterton cáustico servido de un Nietzsche del Vaticano (de hecho, Zaratustra le parece un enemigo noble frente a los modelos ilustrados y liberales franco-sajones). Los historiadores lo fichan dentro del trío “revisionista” del 30, con Irazusta-Ibarguren –uriburo-rosistas, oligarcas de provincia. Su precursor de cabotaje seguramente era el cura Castañeda. Su vecino de al lado el cura Castellani.

     Vidas de Payasos Ilustres es la continuación a escala planetaria de Vidas de Muertos, reeditado hace poco por la Biblioteca Nacional, que se dedicaba a personajes de la historia argentina –de ahí su revuelo perdurable–. Se trata de un librito de ciento y algo de páginas, con ilustraciones no muy inspiradas, que ofrece una serie de breves semblanzas que apenas fungen de carnada para la invectiva y la auto-doctrina. Sus víctimas son, en este orden, los siguientes payasos ilustres: Sócrates, Pilatos, Francisco I, Fray B. de las Casas, Calvino, Corneille, Voltaire, Defoe, Carlos III, el cuentista Andersen, Kipling y Tolstoi. De Poncio Pilatos dice que “inauguró el laissez faire, laissez passer del liberalismo criminal”; de Bartolomé de las Casas que era “el panfletero de la leyenda negra anti-española”, un “demagogo de los Derechos del Indio” o “maniático del indigenismo” que para salvarlos de una supuesta esclavitud se transformó en “negrero” propiciando la importación de africanos. Tolstoi: “plutócrata ensoberbecido con su título de padre de los oprimidos”, es “el Almafuerte de Rusia”, “clown de los liberales” también. Lutero: “maniático del escrúpulo moral”. La Reforma: “cuartelazo de curas”. Calvino “apóstata de la condición humana”. Los borbones: flojos que no eran efectivamente reyes. Acusa a Kipling de “lloriqueo de solterona del sexo masculino, que aspira a un superhombre paciente y pacifista, dispuesto al sacrificio de la verdad y de la vida, con tal de no pelear” (parece que describiera a los actuales intérpretes de la gauche nischeana de nuestra bienquista universidad). Rousseau, “hijo de la Reforma y de Onán que imaginaba al hombre como un tonto”. El Robinson Crusoe, un monstruo filosófico al servicio de Rousseau, “incapaz de dar una pequeña puñalada a su semejante pero capaz de someter a un salario de hambre a los obreros de su floreciente industria”. En él ve todos los males del homo democraticus. Es el anti-Zaratustra: Zaratustra paganiza, éste idiotiza; uno es la revolución para arriba, el otro para abajo. Los liberales –dice– son los propietarios de la verdad histórica pública o del lugar común histórico. (Hoy en disputa con los progres, hay que agregar.)

     Con Voltaire tiene especial saña, se trata a fin de cuenta de un colega universal del arte satírico versión serena, pero al servicio de la liberalidad del Mal. Porque Anzoátegui, igual que Voltaire, cree a su modo en la inteligencia, y en el argumento parabólico como su expediente, con la diferencia de que él es un adicto a la diatriba corrosiva y al escarnio (el estilo Nietzsche había impactado así en esa Argentina, hasta entre los rude boys chupacirios). Le llama el más grotesco de los monstruos modernos y dice que era un viejo baboso, impotente, “convertido en el empresario de las más bajas renuncias de la carne y de las más abyectas tradiciones del espíritu”. Repara en su fotogénica sonrisa inmortal, a la que considera la de “un viejo hijo de puta”. “Rió de todo lo grande –escribe–: no como el verdadero humorista, que ríe alegremente con lo grande participando de la alegría fáustica de la grandeza, sino que rió de la grandeza, con la pequeñez del que ha renunciado antes a alcanzarla. / Se mofó de Dios porque lo sabía grande y se mofó de la realeza porque la creía grande.”

     Anzoátegui era, parece, el campeón ideológico de un mundo que si bien nunca ocurrió se añoraba, idealista violento que veía a cuanto había como degradación corrupta, desviación de la doctrina de Cristo enarbolada alguna vez por la Iglesia y la Corona Española –a tal punto que decretaba que el Concilio Vaticano de los 60 era algo así como el grado cero del anarquismo y el porno–; pero con el oficio del inmoralista, no del predicador. Hoy en día ser conservador es otra cosa, a su propósito pueden servir tanto Foucault como Madonna, Perón, Lenin, Bunge, Aira o el que pinte; para el que tenga esa aspiración, así la llene con el contenido que se le cruce en el momento, el jodido católico le ofrece un paradigma, una referencia, un sistema con estrategia y finos recursos, algunos de los cuales todavía podrían ser aprovechables, una máquina metódica de hacer cosas con palabras o viceversa. Se sabe que se puede ser católico y pederasta, católico y fan de Iorio, católico y anarco-sindicalista, y que se puede ser “católico” de cualquier cosa, además, y además Dios se traviste en cualquier palabra imperiosa. De su “Dios”, dice, tiene una lógica propia que escandaliza a veces a los propietarios de la lógica; para Dios el fin justifica los medios. Ser es ser cristiano, sostiene, y todo lo que no sea afirmación de ese ser es camino a la desesperación y entrega al suicidio. Para ser es necesaria la candidez de la paloma y la sagacidad de la serpiente, dice: el alma pura y la conciencia de que vivimos en un mundo impuro; hay que desconfiar de todo consuelo que provenga de la Humanidad y no de la Divinidad. Dice que habitamos un mundo inhabitable que es un circo dirigido por los hijos de los payasos, a sueldo de los empresarios, que olvidan lo que son.

     Quería dejar mi impresión estimulante de lector sin rumbo, el análisis obvio-sesudo o socio-histórico me importa un bledo; pero hay que reconocer que Horacio González siempre descuella cuando en sus libracos despacha a estos abuelos de la nada en medio párrafo (ese tropo viñasiano pero de temperamento bonachón y disculpador). Por eso, ya que uno está al pedo, lo cita cuando (Restos Pampeanos) lo –des– cataloga como “raro fascismo en lenguaje bufo horadado por el absurdo”. “Es un fascismo –se lee– que alberga una jocosidad interna trastornada, paradójica y vesánica. Y como ‘fascismo que ríe’ significa al mismo tiempo el fracaso del fascismo ceremonial y la ampliación de la antropología de las derechas hacia el terreno del non-sense” (está en Internet). Y sin embargo parecería –aunque no– poco lícito calzarle el cómodo mote (“fascista”), siendo que con esa palabra –confundamos un poco– lo que primero puebla nuestra cabeza es la imagen de un imbécil perturbado y bruto, y este personaje más bien deja cierta sensación de ser un bromista magnánimo que se agarraba de un par de inverosímiles ideas de máxima para distinguirse y distanciarse de un mundo al que vituperaba con un odio riente que hace como qué. El tipo no quería incendiar el mundo sino apenas respetar las ideas ajenas cuando coincidieran con las suyas, tal como rezaba su apotegma. Que hacía pendant con este otro, por cierto: “hoy mismo mandar a alguien al carajo”. Para más información ver el preciso prólogo de Christian Ferrer a la edición de la Biblioteca Nacional (es un crítico que se dedica a este tipo de valores olvidados del ayer monstruoso, pero que no les concede nada). Anzoátegui, por si acaso, es un ejemplo argentino más de antifilósofo rotundo, pero no en el sentido reinante que ha intentado despejar Alain Badiou, sino más bien en aquel que se le daba a la “antifilosofía” por el siglo XVIII. Su estilo de ensayista sería ilegible para el incierto gusto skinhead actual, más bien ágrafo, e hizo a uno pensar por un instante que Borges acaparó demasiada fama en ese ruedo. 


30/5/12

Vida y obra de Nario Narváez

(Extracto)



"Sin embargo,
ni siquiera la más "pura"
 intención artística
 escapa completamente
 de la sociología."


Deslumbrado por la idea del “escritor sin público” (D. Tabarovsky, Literatura de Izquierda), N.N. albergaba en su corazón un grande proyecto: NO SER RECONOCIDO. Este proyecto antisocial lo condujo al fracaso de su proyecto creativo, que incluía en su haber un par de nouvelles, unos cuantos cuentos y varios cuadernos de poemas y anotaciones metaliterarias. Por mala que sea una literatura, estrafalaria o anacrónica, naïf o anómala, Kitsch o bruta, su no-consagración jamás es segura e inexorable. Tampoco basta con no-delegarle al amigo más fiel (¡y menos al menos!) la incineración de la obra, ya que no basta con escribir para ser reconocido como escritor y hasta es posible serlo sin que nadie por completo conozca la obra, incluso sin haber escrito jamás obra alguna. El reconocimiento llega de parte de los otros como un gigantesco dedo condenatorio y repentino que un día ex nihilo lo señala: ¡Vos!... ¡Vos sois el más grande escritor del barrio! N.N. había abandonado el fracaso autoinducido por considerarlo una forma típica del exitismo estándar de malditos y póstumos, quemando su obra completa entre los yuyales secos del jardín de su abuela, creyendo que de esa forma se aseguraba el éxito de su proyecto –decirlo así, metaliterario, o peor: antiartístico– (“NO SER RECONOCIDO”). No bastaba “la enucleación de la noción de ser, de la de identidad personal y la de continuidad histórico-personal”, el falso ideal borgeano de ser el hombre invisible, cómo desaparecer completamente, el arte de la fuga, en definitiva consecuencias características del destino social de la vida literaria. N.N. fue por más, puesto que no le interesaban ya la marginación, el rechazo y la indiferencia sociales, sino sus sucedáneos específicos del campo cultural. Por cierto que el virtuosismo del fracasar en vida de los escritores ya estaba todo agotado en los casos emblemáticos de un Pessoa o un Kafka, aunque el negocio del escritor secreto –“el secreto mejor guardado de la literatura del barrio”– siguió siempre funcionando como si nada. Para lograr su meta autística (que debemos en el caso entender siempre como contraartística) era menester el secreto, pero en un sentido por completo cabal e indefinido, porque el hecho de que alguien se enterara importaba un peligro fatal. Es bien claro: el proyecto como tal no tenía precedentes (al menos “reconocidos”), es decir que era punto por punto original; más aún: ¡era genial! Pero, es evidente, de ser descubierta, esa genialidad hubiese conducido su proyecto de “irreconocimiento” al absoluto fracaso. De manera que N.N. decidió alejarse definitivamente de las sectas del autobombo-mutuo (capillas literarias), de los medios y de la academia, intentando así excluirse de toda eventual legitimación posible. Alejarse de la intelligentsia todo lo que se pudiese y embrutecerse hasta decir basta. Hacerse pasar por un estúpido espontáneo, es decir sin remisión ninguna a Erasmo, Dostoievski, Gombrowicz, Recienvenido, Flaubert, El Quijote, ni ninguno de esos. Y créanme, créanme que lo había logrado, si bien nadie, nadie es dueño de su propia vida, y menos que menos de su propia vida después de la vida. Siempre, en cualquier momento, pasadas incluso varias vidas, y sin que el favorecido lo note jamás, podemos descubrir de una vez los signos imperceptibles de la gracia. Todo iba bien hasta…

  

(En “Para escapar de Pierre Bourdieu”.)


24/3/12

Pierre Bourdieu, ni autor del Quijote



Cuando escribo soy conciente de que no puedo ser legitimado por mi extravagancia en el vestir, por eso si bien digo lo que digo, lo que hago es demarcar claramente mi misión casi profética. ¿Quién me hará “autobombo”? Entre el disgusto, desencantamiento, el mundo de las ideas estructuralista soplado en la oreja por Heráclito, basta sacar apenas la mano por la ventana de la sociología, tocar algo y mistificarlo aunque más no sea al revés. ¿Un bovarismo a lo Robinson o ingresar a la peonada (campo cultural, del)? El problema es qué hacer con los milagros de Bourdieu. Pedimos por ellos; y cuando se producen en nuestra cara…dejamos de creerlos. Entonces nos preguntamos si Bourdieu era Jesús o Simón el Mago. Del campo intelectual –barbecho- avanzamos hacia el desierto (hegelschen par excellence), contemplando la Esfera de la Legitimidad desde un pozo ciego. El sueño del subrayado perfecto acabó mientras meábamos contra el viento del romanticismo.




17/8/11

Dos efectos personales de Macedonio

“Escribir es el verdadero modo de no leer y de vengarse de haber leído tanto.”


Dos rasgos definitivos de la escritura según Macedonio: como “venganza por haber leído tanto”, y como forma de no matar. La escritura es la sustitución del crimen, o su forma gramatológica; es lo que se recibe a cambio del suspenso de la agresión o de deponer las armas. Con la violencia metafísica de la escritura se subroga la violencia efectiva, física. Metafísicamente, el otro y su otro –el yo– se exterminan para que físicamente sobrevivan. En Macedonio ese aniquilamiento tiene una forma de empatía común, ternura e hilaridad montadas sobre la indiferencia –o pura diferencia– de la afección, porque todo lo que ocurre es afección y los afectos son fenómenos inubicados, en un estado de cosas o situación donde el yo y el otro son sólo figuras supernumerarias, espejeos, reflejos. 

Un probable resultado de un ejercicio de la escritura como venganza contra la lectura –o al menos contra su exceso– es entender a la propia práctica literaria como –por un lado– metaliteratura y por otro y al mismo tiempo como parodia –parodia de la literatura–. Sin necesidad de dar una respuesta a por qué se lee, el hecho es que se lee y demasiado, y una forma de contrarrestar los efectos perniciosos de la lectura es escribir, convalecencia de la lectura –auto o héteroimpuesta–, una forma de salud cervantina, si se entiende que la lectura como mal es lo quijotesco y la escritura paródica como salud es cervantina –esto es: antiquijotesca–. Un traslado de la posición de Quijano a la de Cervantes.

Es una manera de poder comprender –ya no refiero al caso Macedonio– un aparato literario superpoblado de alusiones eruditas e “intertexto” y demás actividades endogámicas, pero impelido por una satírica voluntad de burla, injuria, risa, e incluso de romper todo o incendiar ese inhóspito palacio. Ser una especie de Alonso Quijano punk o dadá. Por un lado, la actividad criminal en el campo de la gramatología permite matarlos a todos –uno incluido, claramente– perdonándonos la vida, y por otro la literatura manifestándose como un borgismo eroto-agresivo y esquizo-paranoide. Podría ser un menardismo invertido que en vez que querer volver a escribir lo leído, propone volver a leerlo como un método de borrarlo. Por lo menos de la propia memoria o cabeza.

16/8/11

PERSONAJE CONCEPTUAL DESCUBIERTO EN EL BAÑO DEL ENEMIGO




Sacar al artista del lugar de boludo viene bien que traiga aparejada la circunstancia de ser menos un hombre que una dilatada y compleja literatura. Todo sea mientras no llegue un tipo predispuesto a meterse por la ventana de tu casa enfundado en la premisa de “¿Cómo será una persona que escribe así?”, listo para escribirte por su propio encargo los 10 tomos de tu “autobiografía”. Uno puede arrancar a escribir desde cualquier parte, y terminar en cualquier parte. Por lo menos hay que intentarlo. Que sea un postulado. Un ejemplo a mano de la imbecilidad del público: cerrás después de cinco años una tesina sobre medio parágrafo de la Crítica de la Razón Práctica de Kant, te abrís un blog y contás cómo cojés. Mañana te encerrás en un cofre y volvés a proponer a la escritura como una metafísica del onanismo o como solipsismo alienado, confinado en el campo del otro. Refritás mitología de autor cafquiana con joyería neobarroca regurgitada como anacronismo deliberado. Pero por las tardes proponés autoficción post-autoral enmarcada dentro de un sistema de neosaberes de sociología con ingredientes de tecno-costumbrismo “sucio”. No hay problema. Mientras no lleguen los lectores.

 


16/7/11

NI PERUCAS NI GORILAS: ¡BIPOLARES!

( X³,"El Antilíder", ed. Del Trinche)


Cuando los textos de X³ se hacen presentes, esperando la feliz indiferencia, a veces, al contrario, entre los rictus de risa o pánico inmediatamente advienen el rechazo, el malestar, la indignación, la mofa, la exasperación, y así y así. Surgen preguntas. No tanto ¿quién podría haber escrito esto? Sino ¿quién lo publica? ¿Por qué? ¿Qué es? ¿Qué pretenden estos enfermos mentales? ¿Se trata de un loco guiando a un loco? ¿Un bromista guiando a un loco? ¿Un loco a un bromista? ¿Es uno? ¿Son muchos? ¿Es un experimento editorial-literario? ¿Una broma de mal gusto? ¿Un documento de un caso de paranoia social aguda?... Siendo así se entiende que esto ocurra. ¿No es esa incertidumbre –pregunta un optimista que pasa– la que se ha propuesto despertar cierta rama del arte de vanguardia, por ejemplo? Si uno piensa en los anxious objets de Rosenberg, podría encontrarle un sentido afín a este objeto textual, a esta operación editorial. ¿Podría tratarse de un intento de comulgación literaria –escritural, al menos– del art brut con el shock art? Podríamos remitirnos a unos dos mil y pico de años atrás y reparar en Sócrates, ya que estamos ante una pieza con connotaciones teoréticas. A Sócrates le llamaban átopos, sin lugar. El sin lugar, extraño, absurdo. Un sujeto-instancia anómico, inefable, que sólo llevaba a deparar anonadamiento. Efectivamente ¡es tan difícil no gustarle a nadie!... que no parece haber manera y hay que apelar a cualquier recurso con tal de ser excomulgado incluso por los autoproclamados “cualquieristas”, esa troupe bastante uniforme y ortodoxa en su terquedad colectiva, que no parece estar dispuesta a admitir la menor disidencia ni en clave de broma. Pero todo esto es demasiado, acá no hay nada que justificar. Es como un “faul”, un foul, un simple “ful” y por el gusto de hacerlo. Ni siquiera es en broma. Nada. Pedimos indiferencia, la indiferencia que se debe tener ante un simple hecho. Hay que tener un proyecto irresponsable.

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La izquierda es una parte de la derecha. ¿Deja algún otro saldo que ése la sabiduría de El Antilíder? Una sabiduría inútil, espantosa. Pero no la del espanto borgeano: ¡la del verdadero espanto separatista! La del que –como pedía Zaratustra– se va a la Montaña. O mejor –a lo Mahoma– deja advenir a la Montaña. Mete su montañita en medio de la ciudad, por eso es una montaña tomada, algo peor todavía que la antigua “Torre de Marfil asediada” del poeta Marechal, ¿no? Y entonces llega la comicidad horrorosa. Metamos cita, una que sepamos todos. Un párrafo de Trento de L. Lamborghini: “Soy un hombre-sótano. Pensante. Un pensamiento que ha venido tomando forma de sótano. Soy cómico y, por tanto, subversivo. Sótano. El vicio cómico encubre mis verdaderas intenciones. Reserva mental. Y pienso: mi vida es una permanente contradicción que se resuelve en una permanente duplicidad. Yoes: ¡Chist! Perseguido por mis fantasmas mentales. No hay salida para nadie y para mí menos que ninguno. Soy un archipiélago de ideas desconectadas que cuando se conectan producen monstruos. Soy una mente dividida, una máquina cuyo descanso consiste en maquinar todo el tiempo”... Procopius, el personaje de esa novela, pedía: “Escribir sobre lo serio en lenguaje cómico; escribir sobre lo cómico en lenguaje serio. ¡Señor, dadme esa gracia!”. Pero en X³ no hay gracia, salvo la que hace la desgracia. En él sí podría rigurosamente aplicarse –quiero seguir con la cita que tengo a mano, para qué ir más lejos, manejo tres acordes–, de ninguna manera en sentido lato, esta incitante definición de Procopius: “¿Qué es un poeta? Alguien que escribe y no es escritor”... Bien. Literalidad. Éste es el caso, acá sí que se aplica, pero en serio en serio.

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En El Antilíder, tercera obra de X³, escrita con enorme justeza y mal agüero en los últimos meses de 2010, el eventual panfletarismo paranoico-fascista –sea literal o literariedad– parece periodizarse, politizarse, se pliega a la manida “politización” ambiente que domina nuestros días, a su modo, siempre al calor de la lengua del enemigo, en cierta forma uniéndose, no pudiendo contra ellos. Al contrario, el lema esquizoide-nacional es siempre “al enemigo todo”; por eso El Antilíder no es una oda contra el verticalismo, ni se queda en la denuncia de la fabulación colectiva y la mistificación propia del peronismo, ora de izquierda o derecha. Sólo se propone seguir despoblando el desierto, y por eso, por la negativa, que es el modo más sutilmente eficaz, se termina coronando como un canto de alabanza de lo que a primera vista denuncia, el más grande documento proselitista a favor del “Líder”, ofreciéndose como íntegro martirologio del despropósito pleno en el exacto instante histórico en el que prosperaban a granel las necrológicas. TN puede desaparecer. El Antilíder quiere.






-La vulgaridad es un lujo-

Susvín... rompió


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Un idiota que reclama que le sea reconocido un saber...