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15/2/11

BRUT CRITIQUE



La tesis de Marcelo Walter Carranza converge en cierta forma con la de Baudrillard, lo que no significa que puedan ser intercambiables, sino apenas asimilables en un punto. ¿Es estilística, como se ha opinado, la distancia entre ambas? ¿En qué sentido, a esta altura de la teoría crítica, se habla de estilo? ¿Puede considerarse la tesis de Carranza como una simple imprecación que escapa al marco de la normalidad crítica (vale decir, como una irrupción negligente desde el campo –mejor: el no-campo– de lo bruto, inficionando desde el lugar del no-especialista, en un corrimiento de los marcos de lo autorizado y no lo autorizado, el considerado “mundo del arte”)? ¿O se trata de un fenómeno de enrarecimiento discursivo donde la “retórica de la execración” y la “estética del asco”[1] inician un proceso al arte desde el punto de vista de un esnobismo radical entendido como diletantismo revertido; id est, movido por el desinterés apático y el odio? Para Jean Baudrillard “el arte está muerto” (Le complot de l’art, Sens et Tonga, 1997); para Marcelo W. Carranza: “el arte es una mierda y me chupa un huevo” (Diálogo en La Buena Medida –Buenos Aires y Rioja–, 1992)

***

     El cuestionamiento radical del arte contemporáneo tiene una procedencia amplia, y que hasta el momento haya provenido en forma exclusiva de los censeurs maîtres de la sociología-ficción francesa, constituye un claro empobrecimiento. La falta de organicidad en el sistema crítico de Carranza es “una forma –pareja a la identificación con lo parodiado– de asimilación –suerte de mimesis pasivizada– en el objeto impugnado”. El arte contemporáneo tiene como horizonte rutinario la trasgresión, lo abyecto, el escándalo, el histerismo de los límites y la ruptura de las fronteras; el punto de indecidibilidad ante la división de lo artístico y lo no-artístico; un principio de incertidumbre estético-axiológico, que lleva el agua de la transposición del principio de no-contradicción –planteada por la física cuántica–, a su propio molino; la continua violación de lo externo y lo interno, como la introducción permanente de lo no-artístico en lo artístico, operada por el artista, cual en un pase mágico garantido por la facticidad de su investidura e indisociable de la conversión simultánea de lo que era artístico en mero objeto físico-histórico, que únicamente puede ser reestablecido en su dimensión anterior desde la reelaboración camp. En el campo de la crítica, Marcelo Walter Carranza constituye un ready-made en sí mismo. Este no-crítico no-artista “ha sido empujado” –en la expresión de Sandrone [2]– al mundo del arte –aquello que, para analistas como Baudrillard, es lo único verificable como existente: no existe el arte sino esta superestructura fabulativa del Mercado– en virtud de un procedimiento inspirado en la conocida confiscación de inodoros legos y su conversión en piezas artísticas de renombre por la mera barita encantadora de la firma y el nom propre. M. W. Carranza es un puestero apenas mediano del Mercado de Frutas y Verduras, con alguna reputación como puntero y ex fuerza de choque del kirchnerismo bielsista. Fue vicejefe de la barrabrava del club Argentino de Rosario en la época del Pomelo Almada, hasta que se vio implicado en el caso de la muerte del Piri Lula, un barra de Central Córdoba reconocido por introducir el happening en las tribunas. Robó bandera (1987) fue el primero.

«Robó bandera consistía “en la introducción de 25 hinchas del Charrúa de Tablada, armados con puntas, palos, pistolas de caño recortado, en el corazón de la parcialidad salaíta, y la ulterior apropiación por medios menos suasorios que violentos de unas cuantas banderas y demás insignias representativas de este club, con el subsiguiente retiro antes de la llegada de los ratis”. Lula también utilizó la técnica vanguardista del assemblage en Nuevos trapos: rompía y pegaba estas mismas banderas y les sobreañadía consignas que simbolizaban un claro dicterio hacia la torcida de barrio Sorrento. Experimentó a su manera con la técnica del bad painting en los muros del estadio José María Olaeta (Sala puto, 1994), etc. Pero explicar el “fenómeno Carranza” como signo de resentimiento y deseo de venganza a partir de estos episodios biográficos, tal como lo hace –en sintonía con la perspectiva sandronesca– G. Didi-Huberman en D’un ressentiment en mal d’esthetique (L’art contemporain en question, Galerie nationale du Jeu de Paume, Paris, 1994, pp. 65-88), comporta un reduccionismo psicologista inadmisible para la crítica de arte, en función de la indispensable autonomía que debe propiciársele.» (Cocomorola, id. ibid.)

     Carranza, como se admite, no pertenece al mundo académico, ni ha tenido el menor acercamiento al ejercicio de la curaduría. De hecho, jamás concurrió a un museo ni sala de exposición, ni concluyó, en efecto, sus estudios primarios hasta entrados los 25 años. Fracasó posteriormente en el EEMPA Manuel Borrego, y luego de un paso fugaz por el mundo de la trata de blancas, fue absorbido por el “mundo del trabajo”. Pero así como existe un registro que desde Jean Dubuffet se conoce como art brut y engloba a todo aquello vinculado a lo naïf, lo autodidacta, lo nosocómico o lo outsider, podríamos sopesar que con Carranza en escena estamos ante la emergencia de lo que, con Francois Rivoira, llamaríamos brut critique: “crítica bruta”.



[1]  Marie-Julie Sandrone, Apocalypse et catastrophe dans l'art d'aujourd'hui.

[2] Codean dentro a Carranza, Ediciones de la UNC.


4/6/10

CHOT-ART


(EXPRESIONES DEL ARTE URBANO EN ROSARIO 1)





Lo que se suele denominar literatura visual eroto-porno de espacios interiores, o vulgarmente pintadas de baño, tiene acaso una historia tan larga como la civilización misma, o, al menos, la existencia de los mismos baños. Llegan a nosotros, de hecho, numerosos registros desde el antiguo Imperio romano, e incluso dentro del higiénico campo de la literatura convencional de papel ha tenido referentes argentinos destacables como el polaco Witold Gombrowicz, cuando no el mismísimo Borges. El regreso de la democracia en 1983 y su consolidación significó con el tiempo la apertura de este oficio hacia los espacios urbanos abiertos, tanto en su forma grafemática como en su forma icónica, o bien mixta, lo que ayer era baño se fue volviendo otro sentimiento.

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Nuestra ciudad ha dado artistas urbanos etéreos –como cierto reconocido e insuperable linyera-; pero también incontables otros se han sabido volcar a un campo más árido complejo y marginal que no ha tenido aún el suficiente reconocimiento (por suerte), donde a la vez que se operó una salida de la plástica del lienzo el papel o la escultura, se condujo en cierta manera a ensamblar la tradición del género-libídine –aunque para muchos degradada por un vaciamiento masivizador propio del capitalismo post-industrial- con el arte mural heredado del Renacimiento. La desaparición del terrorismo de Estado, como decíamos, permitió esta salida a las calles (street art) de las artes visuales sicalípticas, hasta sacarlas incluso de su originario anonimato. Suele sindicarse en esta expresión un cierto erotismo aplanado carente no sólo del menor compromiso social o artístico sino también –como señala el profesor Juan Autista Rivo (filósofo y psicoanalista de la U.N.N.) “ajeno al más elemental compromiso con el propio Deseo” [desambigüación].

Dentro de este campo se incluyen grafitis o pintadas verbales denominadas de leyenda, de consigna o putativas, pero más han prosperado en la ciudad las designadas como plástico-icónicas. Como se sabe el símbolo tiene sobre los signos la ventaja de una economía de recursos que facilita su comprensibilidad y la decodificación contemplación y por qué no fruición del gran público. No por nada, probablemente, nuestra querida ciudad es reconocida a lo largo y ancho del país por un cierto menhir patrio que tieso apunta directo hacia Dios Nuestro Señor, aquel irreverente ser que simboliza a todo aquello que hidalgamente se resiste a la arbitraria condena gravitacional.

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El grafiti fálico es todo un género y no menor aquí, aunque haya permanecido en cierta forma soterrado. Transcribimos por ello el artículo de Wikipedia[1] que detala su somera historia a través de algunos de sus exponentes más recalcados, de quienes no se debe omitir que han sabido sortear el olvido hipócrita en el que sumerge esta sociedad a aquellos que no ven otro horizonte de vida que no sea el de poner perpetuamente a la luz aquello verdadero que el filisteísmo pragmático oblitera. Ellos también son de acá (se agarra).



Contenido [ocultar].
1-Historia y algunos artistas distinguidos.
2-Enlaces externos.
3-Bibliografía


Historia y algunos artistas distinguidos

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Federico Putonasky (“Fefe”) dibujaba las mejores pijas de paredes que circulaban durante la década del 90. Innovador, no utilizó solamente el aerosol, exploró la pintura a la cal con brocha gorda, intentando parodiar el estilo de las pintadas políticas desde el anonimato del muralismo porno, por lo que se granjeó el desprecio de muchas agrupaciones militantes de distinto signo, conoció la persecución y finalmente el exilio. Muere en París en el año 2007.
Su ostracismo, sin embargo, reforzó su reconocimiento y distintos autores individuales o grupales se pronunciaron como continuadores de su obra, ganaron las calles y abarrotaron las paredes metropolitanas de garompas. Lo que con Putonasky era índice de un estilo personal, se convirtió en género, y como suele suceder, surgieron las diferentes corrientes, las inquinas de capillas y esa inevitable neurosis de trasgresión que es condena y aliento en los discípulos. No obstante no son demasiados los que tampoco merecen alguna mención en esta semblanza.
Gerardo Mamarenga destacó en el perfeccionamiento de la técnica del aerosol, utilizando innumerables colores e incluso llegando en la cúspide de su carrera a trabajar la policromía. Es reconocido por sacar al género de su concentración en la zona urbana y llevarlo a algunos barrios periféricos. En 1997 se convierte en el primer aerosolero de garchas en recibir una beca pública y un encargo del Estado, en este caso el municipio de Va. Gdor. Gálvez para el cual diseña y realiza una chota en posición vertical que lanza al cielo tres gotitas de leche (cuando hasta el momento lo más común era una o a lo sumo dos). Su obra hoy ha perdido vigencia y su entonces reconocimiento masivo se vio mellado por las constantes inculpaciones no tanto de la crítica especializada cuanto de sus pares, que en general no vieron con buenos ojos este salto de la clandestinidad al oficialismo. Así, en los primeros años del nuevo siglo gana preponderancia una corriente que propone un regreso a las fuentes, no especialmente en lo estilístico –en lo que son antes bien conservadores- como en lo ético proponiendo por ejemplo el borramiento de la firma de autor e incluso su “muerte” como tal. Pintan entonces pijas muertas.
Carlos A. Poronganni es quizá la expresión más destacable de la corriente que encabezó la resistencia al pijamuertismo visual, desde un costado entre pop y camp, a la que denominaron algunos medios especializados con el neologismo Chot que hoy abarca al género en sí mismo; abandonan definitivamente el discreto uso de la birome y la fibra, destacan el elemento lúdico y restan importancia a la dimensión de denuncia social y resistencia etaria, por lo que se los ha llegado a identificar con los Putos e incluso con el movimiento N.O.B. (Nueva Obra pro Bulto), valga la redundancia. Existen otros artistas distinguidos en el rubro, aunque de menor relevancia, que pueden ser nombrados, como Roberto Yorlano (1940-2001) quien (“Con la mano” 1997, colec. Bell-Vernet) revalora la experimentación táctil en el campo (Bigand), llegando a realizar frescos vergales con betún y dedo; el colectivo Adentro que trabaja el relieve y la talla con navaja, el estucado, el friso, el medio bulto y el bulto redondo –al que tampoco le hacen asco-; Hermes Di Natale (Soldini, 1973), dibuja sobre el Monumento a la Bandera una poronga del mismo tamaño que el propio monumento y realiza la primera tarasca-esténcil (1998). Utiliza usualmente grafemas con consignas (“Boca puto”, “vos te la comés”, etc.), toma por una parte elementos de las distintas vanguardias del s. XX –concretismo, abstraccionismo, cubismo-, llegando en su época de máximo pelotudismo a sustituir las pinchilas de pared por fotogramas-afiche (pegatinas) a los que serializa y finalmente comercializa con fines absolutamente ajenos al espíritu originario de esta expresión social financiado en más de un caso por líneas de lencería erótica o conocidas marcas de profilácticos. Si bien en su origen el Chot-Art respondía a las condiciones reseñadas por algunos especialistas como el semiólogo italiano Palurdo Mamanna, marginalidad, anonimato, espontaneidad, escenicidad, precariedad, fugacidad, en poco tiempo, con el arribo de artistas como los referidos, este tipo de manifestación ganó una complejidad enorme por lo que muchos señalan el momento actual como la era del post-Chotart. En lo estético los límites de este género, si se quiere primitivo, de arte visual urbano ya son imposibles de ser señalados, imperando por un lado una suerte de “vale todo” en el campo de los recursos, llegando, por el otro, hasta el llamado “cualquierismo” que hoy domina en la escena –con especial predicamento en los jóvenes-.

(Notable concreción de chot-art de firma, del artista Duego (Acebal, 1981) ubicada en uno de los flancos de la Facultad de Ingeniería)

(Ejemplo de chot-art-intervenido -o palimpséstico- por infaltables consignas políticas. 1º de Mayo al 1400, en muros pertenecientes al Hospital Provincial)

(Premio Municipal 2005. Autor Mauricio T. Viola)

(Sofisticación rayana con el neoexpresionismo abstracto, réplica de obra original de Fefe Putonasky en un muro madrileño)




[1] http://es.wikipedia.org/wiki/Artecallejerodechotaenrosario

6/4/10

UN CARLOVICH A LA SUIZA

(No toda es vigilia la de esperar al Mundial)



“Si no puedes jugar en la selección,
goléala.
”

T.F.C.



El conocido adagio de Tomás Macedonio Carlovich, no obstante su acento admonitorio, no parece conmover al pigmeo velocista oriundo de las ligas del Sur rosarino, aquellas que hemos sabido fatigar innumerables jugadores no de su estatura, hay que reconocerlo; pero sí mucho más altos. El sentido de la máxima del insuperable centrojás presocrático es de interpretación libre. Cierto que de momento Pulgarcito Messi no ha podido destacarse en la selección mayor, y cierto también que no ha podido destacarse enfrentándola, habiendo tenido que conformarse con doblegar a Estudiantes de La Plata – cuyo número 5 sí sea probablemente a la fecha el mejor jugador del mundo- y estallar insólitamente de felicidad. Cada cual al final encontrará su destino. Algunos no llegan ni a primera, pero si los viste jugar alguna vez, como si hubieras visto al Basilisco, te pueden poner mil enanos con un torpedo en el culo dribleando en 100 m. llanos, que da lo mismo. Cuando uno gana los partidos solo, aunque le gane a su propio equipo, o sea aunque tu propio equipo tenga que perder para que ganes, y lo hace caminando y de taquito, todo el resto no es literatura: es Piojo López. En mi barrio, cuando Men



En definitiva, hay jugadores que para llegar a ser llamados El mejor del Mundo, no tienen ni que salir del barrio, y hay jugadores que para recibir igual mote necesitan, no irse del mismo barrio, sino no jugar en su
Nación, que es peor. Nadie es Messi en su propia tierra, ya se sabe… La solución al parecer la encontró Ángel Cappa: “Messi –un abuso de las estadísticas- debería fichar en el Mundial para los cantones suizos”. “A diferencia de Maradona (un correntino de Fiorito), Messi sí es un auténtico europeo nacido en el exilio”.


-Si no puedo llegar a ser como el Pelusa –piensa Lío como contrarrestando a aquella máxima
del principio-, seré entonces como Georgie…






[T.F.C., precursor del "Fiord" y "La Causa Justa"]

18/9/09

Peatones & Partes Delanteras

(De la Patafísica a pata) [1]


La esquicia del taxista
Atropello a la razón



Los taxistas sufren una extraordinaria esquizofrenia consistente en una comprensión dual y encontrada de la entidad del peatón: cliente y obstáculo. Cuando un taxista dobla en una esquina a velocidad considerable, se para según le obliga su moral transgresiva indefectiblemente sobre la línea peatonal o incluso adelante, no respeta la prioridad de paso del animal político bípedo no dotado de carrocería – un pedazo de mierda humana llamada ciudadano a pie – olvida que esa especie zoociológica recién descripta es con cuasi exclusividad su inexorable cliente, dado que perros y polígonos no portan dinero.
Accidente.
La voluntad de acercar lo más posible su automóvil a la humanidad del viandante de paso es incontrolable. El taxista no contempla que el paseante urbano pueda no ser un flâneur sino también un animal en estado de lucha por la sobrevivencia, su situación originaria y medular de “estar
trabajando” le otorga un derecho de atropello y coqueteo con la eventualidad de accidente. Precisamente, como los necios que no quieren leer a Aristóteles, no distingue esencia de accidente: que el peatón es un ente que puede estar en diversas circunstancias: particularmente dos que conciernen al caso: ser usuario del taxi (cliente), o ser un peatón por así decir en estado puro o en acto. El sujeto que cruza la calle es, para el taxista, otro que su potencial cliente y no una misma entidad en otra posición o circunstancia. Para el taxista – borgeano – el peatón es su circunstancia.
Es curioso que ese anticaballero andante de tracción no a sangre, apasionado por experimentar el vértigo con los transeúntes de esquina a los que quizá ve –ahora cartesiano, cartesiano motorizado y pobre– como molestos autómatas del paisaje urbano, sea el mismo que con posterioridad a la seña establecida que el citoyen realiza para indicar que ha menester su servicio, se convierta en una trivial y familiar máquina parlante-empática compulsada a confirmar que entre él y su pasajero hay una unidad absoluta de criterios y una misma e indisoluble Weltanschauung.

Mampara blindada y GPS también para los peatones.






Materia y forma del peatón vigente
“Cualquiera es un peatón”


O bien: suprimir al peatón orgánico por peatones meramente mecánicos.
Peatones sin parte delantera. O bien con carrocería de alto impacto.
El peatón no es otro.


El material del peatón requiere un cambio sustancial adecuado a la anomia moral del tránsito. El concepto de “parque automotor” es siniestro, salvo que los autos comiencen un día a liberar oxígeno. Desgraciadamente si un peatón sueña que vuela no vuela, a menos que sea impulsado por la contundencia de una “parte delantera” taxística o particular. La naturaleza es lenta en sus progresos, de modo que le llevará demasiado tiempo al peatón contemporáneo desarrollar un tipo de tejido externo en forma de chasis. El peatón humano es una muela de juicio de la urbanidad contemporánea. Su innecesidad sí es patente, y su sustitución por una forma no anacrónica, una deuda pendiente del gobierno municipal.


“Para justificar nuestro título – posteó Jarry hace más de 100 años en “El peatón atropellador”[2]-, añadamos que el peatón no corre tantos riesgos como el ciclista o el chofer. Se expone a una simple caída desde su altura y no a una proyección fuera de un aparato veloz, ni a la rotura de ese precioso aparato; por lo tanto, hasta el día en que se haya terminado esta locura de dejar circular a la gente a pie, sin estar provistos de autorización previa, de chapa identificatoria, frenos, cascabeles, trompa y linterna, tendremos que vencer este peligro público: el peatón atropellador”.




[1] Artículo rebotado por “Satiricón” (1974).


[2] Alfred Jarry “El peatón atropellador” en “Siloquios, superloquios, soliloquios e interloquios de Patafísica”.

19/8/09

Tomás F. Carlovich, Vida & Milagro


[Trinche en el Gabino]




Conviene invertir lo más o menos establecido cuando se trata de pensar, máxime en los hechos únicos, singulares; por poco maravillosos. La pregunta no es la que escuchamos, la pregunta no es “¿por qué no llegó?

Es ¡¿por qué llegó?!

Todos en los campitos, en los portones, en los pasillos, clubes de barrio, inferiores de clubes más o menos prestigiosos, en la escuela, todos hemos visto jugar a tipos geniales. Algunos, también – no sé si menos – hemos visto llegar a otros no tan geniales. Nada geniales incluso. Entonces, invertir el orden de las razones: ¿cómo un tipo como Tomás Felipe Carlovich llegó?

“Llegar… ¿Qué es llegar?”, la frase que el brujo de la Tablada hará un día inmortal, va quedando y va a haber que inventar una metafísica del llegar. ¿Por qué no piensan –ya que insisto- cómo fue que alguien como este sujeto llegó, y no cómo fue que no-llegó?

A veces se dice que donde hay genio no hay obra. En este caso no hay tapes. No queda ni un documento fílmico. Foto y memoria, la memoria de un puñado ínfimo, falible y que se extingue, y para aquél escéptico, devoto u oportunista que algún día se ponga a escudriñar, quedarán algunas reseñas amarillas, seguramente modestas, en los rincones marginales consignados al ascenso de los ajados, amarillos, diarios de la época. La escasez de Carlovich que se pueda sustraer del universo mezquino y melancólico de las hemerotecas de este pueblo. La inconmensurable, estupenda, anomalía histórica que deparó Carlovich rima por ahí: caso único. Como si hubiera sido un centrehalf de Alumni, un ala derecha de Atlético del Rosario o Sportivo Barracas. Pero Tomás Felipe fue contemporáneo de Pelé, de Perfumo, de Gatti, de Bochini, de Kempes, de Poy. E incluso de algunos de sus imitadores: Borghi, Platini, Diego Armando Maradona. Para Tomás Felipe Carlovich, como para tantos artistas inasibles, la invisibilidad es un don, una fortuna; un destino. De la ralea esa de los Pessoa y de los Kafkas, Carlovich comprendió siempre que su destino era póstumo. Carlovich inventó una figura que faltaba: el futbolista póstumo. Con la sabiduría extra de que su rubro lo beneficiaba con una fruíble ventaja: la de poder gozar, en vida, de su gloriosa entidad postrera. Como todo crack, astuto, pícaro; un atributo pocas veces encontrable en un escritor, en un artista de disciplinas sujetas a la alta cultura. Como Rimbaud, mejor, Tomás Felipe entregó toda su arte en su juventud y parte de su juventud a ello, y se borró dejando a la posteridad y sus tramitadores la orquestación del mito futuro. No tuvo que irse al África: Central Córdoba y Mendoza hicieron de África, mientras los Américos Rubén Gallego hacían su trabajo rutinario, T.F.C., el solitario jugador póstumo, el Duchamp de la redonda, el virtuosista border, hizo su vida de artista y dejó todo.

Al lado de Carlovich, en el arco ilusorio del fútbol de izquierda – que este año se ha vuelto a invocar- , nadie puede ser menotista. ¡Menotti le temía! El menotismo es al carlovichismo lo que la socialdemocracia a las FARC. El no-bilardismo en estado puro registrará sólo un nombre en los anales enteros de la AFA – hoy kirchnerista-. Tomás Felipe Carlovich, como su maestro Diógenes, hizo del desprecio al prestigio filisteo y a los valores sociales vigentes una forma de vida perdurable.

Uno vivió en los caños, otro tirándolos ¡ida y vuelta!







[Un 5 mejor que Dios]

25/4/09

Hay Mosquitos II





Sí, lo siento llegar, lo siento venir. El dengue ya está en casa. Pasó la circunvalación, y ahora rompió otra barrera: la que escinde al Sur del Macrocentro. Me habían dicho: “Tienen prohibido el paso de 27 de Febrero para arriba”.

“Menos que menos la entrada a casas de dos pisos.”

Pero es falso porque el mosquito zancudo, gitano, egipciano, ácrata asesino (Aedes aegypti) que transgredió la circunvalación, me está circunvalando a mí ahora. De pronto me zumba en el oído derecho mientras estoy leyendo un libro imprevisto (“Mil tazas de té”. L. Chitarroni); al rato vuelve a insistir. En la pantalla, en función mude, Verón y Estudiantes (“las putitas de La Plata” rezaba una canción popular de mi época en la popular) le ganan a esa circunstancia execrable llamada Newell’s Old Boys, un oxímoron y una estética de vida que defenestro. Al rato vuelve a aparecer, otra vez el sonoro criminal minúsculo del aire húmedo pero ahora, irradiado por la misma pantalla, estoy leyendo “Lata peinada” de R. Zelarayán, otro imprevisto. Lo sigo y con la portada lo aplasto. Lo examino a la luz de la lámpara y parece que es. Es nomás. Limpio todo en la escena del crimen – ahora el criminal fui yo – con el líquido multiuso Carrefour, fabricado para contrarrestar la mugre alojada en los vidrios o – bien - en cualquier otro material probable de las superficies domésticas consabidas. No sé si sirve para algo esta hipotética asepsia ignara. El culto al coraje que heredé de la sostenida lectura de Borges – ese hábito
obsoleto de los veinteañeros provincianos perplejos – colisiona con la épica del pensamiento ante el mosquito; esto es: la inasible tradición de Macedonio Fernández. No tiene por qué asistirme el derecho a una muerte digna: moriré como todos atropellado por un Corsa o en el Mercobús a mitad de camino entre Bell Ville y Villa María, o acaso en la autopista del sur, llegando a San Pedro. No sé que me pasa, cayó el culto al coraje, o a la irresponsabilidad sicótica, esa ética de peatón justiciero- más que imprudente- que me lanza a imponer mi derecho de prioridad a la fuerza en cualquier infame esquina rosarina y torear con mi común osamenta a esa forma mutante de máquina y civil dotada de impune y letal parte delantera[1].


Morir de un balazo por no entregar la billetera o no revelar dónde guardo mil Euros es un lujo de muerte posible. Ahora bien: morir por un mosquito… yo, guerrero como los mayores de Borges o los barras de R.C., que tiene en su haber más de 1.000 – quizá 10.000 ¿o cuántas? – muertes de mosquitos ejecutados por mano propia, sonoramente contra pared tiñendo en toda una vida los ampos muros con minúsculas sangrías, o empuñados fatalmente en el aire con destreza de atleta-artista zurdo, o aplastados prosaicamente a dos manos en sangriento aplauso, en ese estilo femenino y sin gracia de la caza – casera - de mosquitos, o con la meritoria técnica del latigazo, remera tomada a dos manos lanzando una estampida ante el placard, o el recurso eficacista a la almohada abusadora, ¿vale la pena? Yo, que doné mi vida a la filosofía para poder aprender a morir – como enseñaba Sócrates - ¿mereceré mi muerte por dengue? Os lo aseguro, y mi baja por ventura lo corroborará: el dengue ya está en La Sexta y avanza sin distinción de clases camino a Barrio Mártin.
















[1] Como es aventurable el autor hace alusión a la revocada ordenanza que formuló antaño Macedonio Fernández – de cuyas doctrinas el autor es activista y devoto -, que pretendía imponer la extracción de la parte delantera de los automóviles a los fines de evitar los estrellamientos, o sea la causa hoy en día más popular o abundante de muerte humana a diario.



22/3/09

Descentramiento & Desterritorialización: La Córdoba Uruguaya o Cucurto con Carlovich







Basta, Cucurto, ¡llegaste demasiado lejos! ¡Carlovich es nuestro! Carlovich es de Tablada, hasta acá llegamos. Ser hincha de Central Córdoba, aclaro que ya oscurece, es un chiste del destino, una cruz y un proceso de desterritorialización: no es lo mismo llamarse Rosario Central que Central Córdoba, por eso la A.F.A. cuando éramos uno de los grandes del fútbol nacional nos condenó de por vida a la Primera B, retiró a Gabino, mandó a Capote a Independiente y al Torito a Central. Un nombre inoportuno nos puede condenar al Infierno. El Infierno está poblado de Angulos Pascuales y de autores que le pusieron a su novela “Memorias del Tiempo de la Inmadurez” o “Paranoia & Azar”. En Buenosayres llaman Rosario a Central y en Rosario Córdoba a Central Córdoba - en Córdoba le llaman Instituto-. Evidentemente no hubiese sido nunca posible que un club que se llama la mitad igual a otro (Central), la mitad igual a la otra ciudad (Córdoba), tuviese el destino sobresaliente para el que apuntaba: dio los mejores jugadores que hubo jamás en Rosario y ya portaba en sus vitrinas un título internacional (Copa Beccar Varela, 1934) mucho antes que cualquier Conmebol mediterránea asomara su forma al mundo o un team de chetos de Gimnasia y Esgrima perdiera una final con Nacional de Montevideo. Dio a Vicente, autor del gol más grande de la historia del fútbol (superior al de Maradona y al de Messi – y al de Palma al Madrid -), gambeteando de un arquero al otro, campeón de la Copa América – equivalente en ese entonces a la Copa del Mundo - en la Selección con dos goles en la final con 17 años de edad (Pelé: vos no inventaste nada, sos el Capote Negro), y erigió cuando el padre de Maradona todavía era un niño correntino, un modelo que sería marca autóctona en el mundo: el jugador genial reventado y vicioso: de Gabino Sosa a Tomás Felipe Carlovich pasando por Waldino Aguirre –el mayor jugador de la historia de Rosario Central, también cedido gentilmente por el barrio -, modelos del antipragmatismo futbolístico, del fútbol arte contra el fútbol disciplina, del fútbol metafísico contra el epistemológico, del menotismo de extrema izquierda, el fútbol anticapitalista y antiburgués. Como podría haber apuntado Tabarovsky si hubiese tomado apuntes alguna vez en la cabina de Pipo Paratore: el futbol de izquierda. Pero el norte es el que ordena y el centro es lo que rige: Central & Ñuls. Pero aquí abajo, abajo… somos todos Carlovich. Cuando sale uno que no se da al reviente, se hace llamar Messi. Que te quede claro, Cucurto: como dice Aira, en Rosario nunca hubo negros, acá nadie es Pelé, o sea el símbolo del honnête home de la FIFA - un buchón alcahuete burócrata resentido -. Desterritorialización: en Tablada somos todos hinchas de Deleuze, es el concepto esquizo del fútbol, el potrero antiedípico. Una tribuna rosarina que viva a su equipo al grito de ¡CORDO-BÁ! ¡CORDO-BÁ! y que se dan a conocer como Charrúas, lo que aviva el mito interurbano-porteño de que el rosarino es en realidad un uruguayo-falso. Y para finalizar un recuerdo. Yo era, junto con mi amigo hoy biotecnólogo, el mayor experto en colarme al Gabino Sosa. Un día jugábamos contra Belgrano y la cosa estaba complicada: el contingente de extranjeros de camiseta celeste era más que grande y nuestra diminuta torcida, en franca extinción desde la gloriosa época del 30, tenía su consabido promedio etal superior a los 75 años. Yo daba vueltas en derredor del Gabino buscando el ángulo ideal para colocarme adentro y no había forma. Por Gálvez habían formado un vallado de, llamémosle, ratis u oficiales uniformados, para que no pasaran los de Belgrano, y no va que yo intento mandarme por ahí. Habituado al lenguaje oral local automático y ordinario, yo no lo pensé dos veces al momento de responder de inmediato a la pregunta con cara de orto del señor oficial: “¿Vos de qué sos?”, dijo o algo así de mala manera: -¡¡De Córdoba!! -no alcancé a terminar de responderle cuando el muy hijo de recontramilputa me metió uno, dos, no sé si tres, bastonazos en el antebrazo izquierdo, mientras yo pensaba en el destino del Torito, la reputa que lo remil parió a él a todos los yutas del mundo a todos los cordobeses y al día en que caímos en la desgracia de mudarnos de Barrio Martin a la calle Virasoro.


Andá a abrazarte con Baley.










3/3/09

Gombrosario



(Rosario: monstruosidad, misterio, alienación y vida cotidiana)








Una vez pasé por la simpática garita de la peatonal que tiene la Editorial de la Municipalidad y vi un libro que se llama “Rosario Ilustrada (Guía literaria de la ciudad)”. Es una antología de textos sobre Rosario, o mejor, ambientados en la ciudad, y que ilustran algo de ella y que reúne con exhaustividad o capricho, y aglomera sus nombres en la tapa, a un conjunto de autores literarios, ya locales, ora nacionales o extranjeros –cada cual célebre dentro de su escueta o dilatada dimensión– que han escrito algo sobre el Fucking Pago, aunque más que nada, que han descrito alguna zona, algún recoveco, ya perdido o todavía no, y no así algún rasgo o bosquejo teórico de eso llamado Rosario, o eso llamable, con cierto optimismo, rosarinidad. Lo primero que quise ver es si figuraba Witold Gombrowicz, aquel viejo trolo y pendenciero, deuteragonista contrera y tramposo, obstinado en su momento en hacer ver lo que sus comensales no querían ver, en bocetar, en el rango de la impresión y la paradoja, pequeñas antiteorías al paso del ser nacional argentino en sus estupideces y torpezas, y en su felicidad y furtiva grandeza. Yo conocía bien los apuntes de W.G. de su paso por la city, y los recordaba especialmente porque se parecían mucho, esos juicios y ese relato económico y brusco, ubuesco y vitriólico, a los malos pensamientos que a mí se me vinieron siempre a la cabeza con la inercia esperable en un sujeto que nació – dicen – y vivió el 90 % de su duración a la fecha en esta urbecita diligente y abúlica, eufórica y aplanada.


No, no estaba. Nada antirrosarino había en ella, che. Les preocupaba la arquitectura (una indudable virtud rosarina, si es que se mira para arriba alguna vez, y si es que no nos comparamos con yanquis, porteños ni europeos) y el paisaje. No les preocupaba el ser. En cambio a W.G. le preocupó, en los 15 minutos que estuvo, eso mismo: el ser –ese que se dice de muchas maneras, según Aristóteles-, el ser en este caso rosarino.



“Comercio, balances, presupuestos, saldos, inversiones, créditos, inventarios, cuentas, neto, bruto, sólo eso, eso es lo único, toda la ciudad vive bajo el signo de la contabilidad. Lo pedestre de América, la América gorda”.

Pedestre, anotó el flâneur, y leí yo: el peatón.


“Cinco cosas de la Argentina –escribe Goma- lo impresionaron vivamente a Gombrowicz por sus dimensiones descomunales: el río Paraná, el Aconcagua, las cataratas del Iguazú, el monstruo de Rosario y Mar del Plata, e intentaba que los polacos que no conocían el país se formaran una idea sobre estas cosas.”


El “monstruo” de Gombrowicz no es el del laguito del Parque Independencia, el Ñubelito, ictiosaurio enano y de juguete con el que pensamos atraer más turistas (tenemos más ingenio que los cordobeses y sus “Zapatos” y marcianos ocultistas), tampoco el de Aira, el Pteroliva, una mutación de Aldo Oliva que supo habitar los altillos del Palacio Fuentes. Tampoco ningún Pomelo de la troupe de allegados locales a Fito Páez. El monstruo es un ser excepcional que transgrede la lex naturae, creo que teorizó Michel Foucault en referencia a los saberes de siquiatría de los anteúltimos siglos. No, el monstruo gombrovichano es acaso un ser social prototipo, quizá un Homer de antaño pero agarrado por la red de una mirada abrupta, sorpresivamente sorprendido en una situación impertinente e inefable, el fruto de un casual choque insignificantemente traumático, el resultado promedio de una serie desgoznada. Pero Gombrowicz se fue. Y no volvió. Dejó que la ciudad “estrafalaria” (lacanianos agolpearse) siguiera sola su curso normal cotidiano-teratológico. Como ve Goma, Aira captó, aunque con más buena onda, algo de esa cosa, de aquello que M.F. podría haber hecho derivar del orden desconectivo que llamó “Infamiliaridad de lo Familiar”, lo Unheimlich del home sweet home, agraciado por lo absurdo vuelto escena ionesquiana, amortiguado, soportado y comprendido en lo risible-sardónico. Como sugiere Goma, W.G. se ubicaría del lado del Profesor Frasca, al contrario de C.A., que hace triunfar a su héroe Barbaverde para bien del perseverante orden socialista.


Las hipótesis sobre qué lengua inverosímil era aquella con la que topó W.G. en la ciudad son varias. Podría haber sido ese irrisorio engendro del jeringoso, con el que los amigos de Olmedo intentaron espantar en el Congreso de la Concha a García de la Lengua: el rosarigasino o gasó. Podrían haber sido balbuceos del protopomelismo local previo a Páez y a la era de Los Gatos Salvajes (antecedente del famoso tarareo de Litto Nebbia), o los primeros esquicios lacanomasmedularmacedonianos de la glosolalia de los precursores de Ritvo y Nicolás Rosa.

Misterio. No se sabe.


Si bien aún no tiene su busto, es cierto que el paso del conde Gombrowicz por la ciudad fue tan fugaz como el del comandante Guevara. No hay constancia, sin embargo, de que al estilo de Sabina y Serrat, haya declarado ser de Central. De acá en más dejo en manos de Juan Carlos Goma – podría escribirse Góma- los vaivenes de este asunto, los avatares sucintos de Witoldo en la Villa de los Ánimos Inopes. Efectivamente la Rosario de Witoldo no es la de Aira, la de Fontanarrosa, ni la del “último” Pito Fáez: es su lado oscuro. No podría privarme de transcribir la que es, a mi criterio del día, contra el deseo municipal, la página más definitiva - que yo sepa - que la literatura universal escribió sobre esta (puta) ciudad.




Perdón Ielpi.









“En el camino de vuelta me paré en Rosario, una gran ciudad comercial e industrial a orillas del Paraná. Lo recuerdo porque jamás ninguna ciudad me ha recibido de manera más estrafalaria. Llegamos al puerto de buena mañana, salí a pasear por las calles aún desiertas y pregunté a un transeúnte si no sabía de alguna cafetería por allí cerca donde poder desayunar.

Me miró, y agitando los brazos y sacudiendo bruscamente la cabeza, emitió unos sonidos inarticulados, como: Bwagwablabuobagwoa…Un sordomudo, pensé, y seguí mi camino. En la esquina siguiente volví a preguntar lo mismo a otro transeúnte. Éste abrió desmesuradamente los ojos, esbozó una mueca, frunció el entrecejo y balbuceó: -Uobeeeaglugluglu…

Me aparté de un salto. Pero, ¿qué es esto? ¿Una conjura, una trampa, una artimaña preparada por mis enemigos literarios?... ¡Pues era imposible pensar que encontrara por pura casualidad a dos sordomudos en Rosario! Al llegar a la tercera esquina, me dirigí con el corazón encogido de miedo a un tercer transeúnte: si éste también se pone a balucear, ¡me volveré loco! Por suerte me contestó en forma humana, ¡todo un éxito!

Rosario se parece un poco a Lódz, aunque vive más del comercio que de la industria. Gracias al Paraná llegan aquí buques oceánicos. Es la más fea de las grandes ciudades de Argentina; en cuando a la cantidad de habitantes, iguala a Varsovia, pero es pueblerina hasta la médula de los huesos. Es curioso: toda esa masa de gente hasta ahora no ha creado ningún movimiento cultural, artístico, aunque tienen una universidad, y no se trata de una urbe obrera como Lódz, sino de una ciudad de dependientes, agentes, comerciantes, vendedores ambulantes y empresarios de todas clases. Pero sus necesidades espirituales quedan satisfechas con el juego de billar.

Cada país tiene su monstruo. En Rosario a cada paso se puede ver al monstruo representativo de la Argentina: es un tipo regordete, mofletudo, de mejillas rubicundas y brillantes, un bigotito negro de tenor, el pelo engomado, ojos sensuales, con un reloj, un anillo, de elocuencia fácil y abundante, de una familiaridad y cordialidad afectadas, que aspira la sopa, se hurga los dientes con un palillo y está encantado consigo mismo... ¡Dios mío! ¡Qué monstruo! ¡Emana una idiotez imposible de soportar!
”














24/12/08

Caparrós en la Segunda

(Martín Caparrós “El Interior”. Planeta/Seix Barral. Bs. As. 2006)





“-
No, acá en Rosario los ricos siempre fueron almaceneros.
No es como los de Buenos Aires que tenían campo, eran estancieros.
Acá eran nada más que almaceneros
”.





[Caparrós por Bobrow]

Poco antes de las 600 páginas, Caparrós llega a Córdoba para descubrir sus misterios. Allí razona que es “la Capital del Interior”. A las dos páginas narra como eventual juez oportuno - pero de juicio suspendido (quién salvo un porteño podría, si no dirimir, sí arbitrar un pleito como éste) - algunas performances testimoniales de esta gran problemática pintoresca: la de la rivalidad entre Córdoba y Rosario. Mejor decir, la disputa por el Óscar al mejor Actor de Reparto.

Un interlocutor cordobés le dice a Caparrós en Córdoba: “acá todo está tenido por cierto sentimiento antiporteño, un resentimiento: que nosotros somos los segundos, que todo queda en Buenos Aires. Ese sentimiento, que te podés encontrar en todo el Interior, acá se agudiza, me parece, porque Córdoba se siente que puede ser un competidor de Buenos Aires, que puede darle pelea”.
“- Absurdamente, diría yo como buen porteño” devuelve Caparrós con bastante razón.

En algunos años de vida en Córdoba pudo, el probable redactor de estas líneas, comprobar que todos los cordobeses (incluso los provincianos, que hacen patria con los capitalinos) piensan algo así. En Rosario, ciudad fugaz fugazza y de fugados, de europeos en fuga y de clasemedias que se instruyen allí (acá) para huir a los 25 de vuelta a Europa o a su puerta de acceso (Baires), la porteñofobia está un poco más alterada, apenas más aguada, y en no pocos casos gana un signo inverso, deviene filia, y Rosario pareció siempre contenta con haber llegado a ser incontrastablemente, y quizá ser aún a duras penas, “la segunda”. Es muy probable que la mayoría de los que poblaron Rosario en el siglo hayan podido elegir de alguna manera dónde caer, y optaron por la urbe menor. Para un paraje sin historia ni fundación que en el siglo XIX fue poco más que un caserío ese destino ya era un exceso. Ningún rosarino en sus cabales creería ni un rato que Rosario “puede darle pelea” a Buenos Aires en un plano social grupal colectivo, institucional político cultural o económico, salvo en el fútbol, cuyo don no fue asignado a los cordobeses citadinos. Desde hace 80 años Rosario señeramente pertenece a la Nación AFA – la realización histórica mayor de la patria unitaria - junto con el Conurbano Bonaerense y La Plata y nadie más, y desde hace 80 es estafada sistemáticamente por el poder redondo porteño, en virtud de árbitros y pases. No pases gol sino pases onerosos; expropiación irreversible de todo jugador local que se destaque, raspaje y vaciamiento de los clubes rosarinos. El capital no tiene fronteras pero atiende en la Capital, cuya frontera – con el místico “Interior” – es Rosario.

El nombre de los dos diarios emblemas de las dos ciudades es llamativo y parece preanunciar la beligerancia y el posicionamiento respectivo: La Capital de Rosario y La Voz del Interior de Córdoba. Hoy soy diarios idénticos, suerte de “no lugares” de la ideología prensaria, y supongo que pertenecen a un holding de capitales ciertamente capitalinos; pero queda sonando el reverbero semántico de sus nombres, no en lo que intentaron expresar sino en lo que invocan accidentalmente ahora. De haber perseverado la Confederación Argentina es probable que Rosario hubiese sido un día capital. Históricamente hubo un irrisorio lobby frustrado, cuyo saldo es el nombre del diario; Rosario es la absoluta no-capital, es solamente la capital del departamento más chico de la provincia de Santa Fe, un territorio que ya es evidentemente menor que la misma ciudad, que se propaga impune hasta las afueras de San Lorenzo. Dadas las cosas como se dieron en la historia argentina del siglo XX, es poco aventurable que en Rosario un diario recibiera ese nombre: La Voz del Interior. Para el grueso del “interior” Rosario siempre estuvo lejos.
Córdoba acuna el sueño compensatorio de una posible república mediterránea, una Bolivia argentina, una Argentina sin salida al mar (…o quizá guste más una –pongamos- Polonia argentina…). Curioso también que la “salida al mar” de Bolivia estuviese al contrario en Rosario, una misteriosa “Zona Franca” inoperante, utilizada como baúl de trastos viejos por el gobierno andino. Rosario podría ser al interior como un primer patovica kafkiano. El primero y más insignificante vigilante de una cadena de vigilantes celosos que custodian el límite preciso del Interior –la mayúscula es de Caparrós- y el Mundo. Un patovica que recibe órdenes de una autoridad que ignora por completo y cuyos designios le llegan de boca del penúltimo de los capataces, de un capataz de La Boca.
El interior en Rosario se siente menos interior, viene para sentir el vértigo de una inminencia de todos modos lejana y no querible: la de ir a Buenos Aires. Rosario es el puerto preciso para que los pequeños citadinos provincianos y los habitantes de los pueblos sientan huir del Interior estando adentro, huir sin movimiento. En cambio Córdoba juega a ser el Gran Congreso Permanente del Interior Reunido, el campo de deportes de la Selección del Adentro. Jujeños, mendocinos, patagónicos, entrerrianos y hasta rosarinos prófugos se codean en sus peatonales agrandadas, en su inflada ciudad universitaria o en los bolichitos caretosos del barrio Nueva Córdoba. Alucinan que traman un complot nacional contra la Capital –tras el cual (aunque no lo tematicen), no sabrían qué hacer con los bipolares o ambivalentes rosarinos -.
Del “interior profundo” -por decir así-, del lejano oeste nacional a Rosario llegan camiones, camioneros y los frutos del agro; propiamente gente, poca. La cruz del sur de la cristiandad rosarina canaliza más gente a partir de sus otros extremos, la autopista que trae porteños y ahora – novedad del socialismo posportuario - europeos turisticoides, y el largo completo del Paraná por el que vienen santafecinos y entrerrianos clasemedia a estudiar, o formoseños y chaqueños en la pobreza a cambiar de signo estético su pobreza, a convertirla en marginalidad urbana.
Un poste dice Pampa, el otro Litoral.
Con los años se verá si el Puente para la Victoria produjo algún cambio cultural e idiosincrásico considerable en los rosarinos o, más probablemente, en los entrerrianos. El Paraná era un muro que separaba a Entre Ríos y un tobogán que lanzaba al Río de la Plata en alianza con la autopista. También por eso el idioma de los rosarinos se parece poco al de los entrerrianos y mucho al de los porteños, y es mucho más confundible un rosarino con un montevideano (700 km) que con un cordobés (400 km). Pocos rosarinos conocemos Montevideo y casi todos viajamos alguna vez al año a Córdoba; porque Córdoba es la puerta a un exotismo: un suelo ondulado y casi otra lengua. Es como ir al sur de Brasil, son dos itinerarios parejos del vacacionista rosarino: allí también se habla casi otra lengua y aparece un dato nuevo y foráneo en el paisaje: en este caso, mar.

El viaje a Mar del Plata no se funda en ningún deseo de experimentar la alteridad. Es una prolongación afortunada del fin de semana en las Islas.



Desde luego Rosarino sacó todos los números para el sorteo de la esquizofrenia. La metáfora del deseo es la pampa, y el río Paraná la expresión sensible de que panta rei, de que todo flujea y no hay mismidad fluvial donde zambullirse por segunda vez. Por eso Heráclito y Deleuze tienen tanto éxito acá. Es como que son de acá. Por eso el sueño platónico de organización filosófica en Rosario es una fantochada: somos todos presocráticos posmodernos. Mientras los metafísicos desvariamos y tropezamos con baldosas flojas los socialistas sueñan el sueño del polites, la Atenas gringa, inspirada tal vez en Solón Pericles de la Torre. Aunque consuelan a los últimos cristianos vírgenes con el mito del pesebre de Entre Ríos al 300 y la Belén de Yeshúa de la Serna.





II




De 630 páginas de viaje por el interior argentino, Caparrós extrae en la última su hipótesis más dramática: si Buenos Aires – la Capital Federal- no es el Interior ni el Exterior es, ergo: el Limbo.
Podría ser la piel, el yo, la conciencia, o quizá la boca, entidades orgánicas de funcionalidad portuaria, aduanera. Personalmente siempre creí que Rosario era el Limbo; Buenos Aires es el exterior nacionalizado; o en el mejor de los casos, bajo la metáfora orgánica es voz, ojos, oídos, el conjunto de los órganos externos y la facha. Acá nadie tiene muy en claro que se vive en el Interior… Es más fácil definir a la ciudad de Rosario por lo que no es: no es Capital, no es Santa Fe, no es Europa. Desterritorialización, dicen los grupos de estudiantes delecianos. Combinado con un proceso de descapitalización histórico cuyo acmé ocurrió bajo el menemato con sus índices record de desocupación y las bolsas de basura como comederos públicos. Un día estaba tomando una Heineken en el shopping del Siglo, en calle Córdoba, y se me antojó preguntarle a una señora encremada y una rubia que habitaban una mesa de al lado – intenté esbozar un acento heteróclito o neutro para confundir - si “¿Esto es el Interior?”, si “¿Esto es Latinoamérica?”


No me contestaron. Miraron para el otro lado. Pidieron la cuenta.



Rosario es el exilio. Yo lo tomo así. El exilio nato. La frase de Borges me da vueltas por la cabeza. Varias, varios de sus slogans. El argentino como "un europeo nacido en el exilio" (“venimos de los barcos” dice Nebbia menos sutil) (frases, parcialmente, de simpático racismo vía metonimia), la de “un argentino extraviado en la metafísica”, la de “perplejidad de un joven provinciano ante la doctrina de que no hay yo”. A los cordobeses les llama, no me acuerdo dónde, elípticamente extranjeros. El rosarino al contrario reúne todas las dotes de la eventual e insufrible argentinidad: es, doblemente, porteño y del interior. Tiene todos los climas. Los vicios. La frase que nunca olvido es la que encabezaba las tapas de la revista “Risario” que con mucha menos suerte resistía entre la espada y la pared en la época de “Humor” y “Hortensia” (y cuyo único producto de exportación fue Fontanarrosa, el hombre que logró esa forma de bilocación ansiada, que en el libro de Caparrós se bautiza como “La Gran Fontanarrosa”: estar en el Mundo sin faltar en Rosario). La frase que decía: “Ser rosarino ya es un chiste del destino”. “Ríase” decía.




Sgt. Guevara’ s Poor Hearts Club Band.







[El penseur mediático]


30/11/08

Viejo Rosarino En Nueva Córdoba



Córdoba no es nueva. Es vieja. Pero se reinventó con la fundación de un barrio utópico: Nueva Córdoba.
Es justo el reparo que hizo Caparrós en el barrio de Nueva Córdoba (cf. “El Interior”). Lo compara con el Diario de la Guerra del Cerdo de Bioy. También se podría decir que es el Barrio de los Sueños de Gombrowicz. No donde Witoldo encontraría partners posiblemente, pero sí donde se sentaría a observar el mundo de la cintura para abajo, tal como lo observaba medio ubuescamente; la realidad múslica. El imperio de los juventones. ¡Cuantos Ferdydurkes podrían salir de los halls y pubs de Nueva Córdoba! El barrio de la Juventud Feliz del Interior Nacional. Allí se vive el jolgorio y la prerresponsabilidad diarios de la burguesía nacional provinciana en estado larvario y potencial. Los futuros garcas, abogados, hacendados, clericales del país en su hora inimputable, en il dolce far niente de la prerresponsabilidad, en el instante del ocio obediente, ¡chic! ¡chic! ¡chic! Nueva Córdoba no conoce la amargura ni la metafísica. En Nueva Córdoba lo prohibido primero es la vejez, segundo la pobreza. No es que haya lujo en este casi barrio, borde del centro cordobés. O sí. Es el lujo de la clase media con suerte, el lujo argentino de no ser pobre. Todo provinciano enriquecido o con cierto superávit querría poner a su hijo 4 o 5 años en los pasadizos siempre alegres de esa Ciudad de los Ex Niños, de los Promisorios Profesionales: la Feliz Universitaria. En Nueva Córdoba nadie es infeliz, nadie es anormal; somos todos lindos. Los nenes bian de aspecto amerindio, las morochas petisas culonas, obesitas, se olvidan finalmente de ese detalle infausto y se pierden en la pertenencia al paisaje, en la tácita inclusión de clase o su aspiración. ¡Nueva Córdoba! ¡Si me hubieran puesto ahí de chico! ¡Si me hubieran dado el pasaporte! ¡Si no fuera el hijo idiota de un ex almacenero VIP rosarino al que el corralito le arrebató el último jirón histórico de riqueza! ¡Pero no!... soy un europeo nacido en el exilio, un deportado a la Siberia de porvida. Un frío cruel peor que odio, un Freud cruel peor que el odio ¡la Siberia siempre estuvo cerca! Soy un sobreviviente del menemato-comegato de la República de la Sexta.

8/11/08

Hay Mosquitos




Llegó noviembre y vino el puto calor. Y con el puto calor calorámico llegaron los insufribles mosquitos, esos rosarinos de pura cepa. El socialismo todavía no pudo acabar con el gran flagelo minimalista del mosquito. Lograron cercenar su estadía, disminuir su ingerencia social, con sus políticas fumigatorias, pero siempre queda un impasse, entre fumigación y fumigación, que es el festín de estos pequeños seres de mierda que hacen de la vida del ciudadano litoraleño una tragedia insignificante y diaria. No hay que culpar a los socialistas. Baste con recordar que Macedonio Fernández y sus amigos a principios del siglo pasado intentaron fundar una “colonia anarquista” en el Paraguay y salieron corriendo al poco tiempo espantados, no por la – en todo caso espantosa - naturaleza humana, que no tolera a la larga ese tipo de utopías nobles e insolventes, sino por los insufribles hexápodos chupasangres. El mosquito terminó siendo uno de los elementos más genuinos del pensar macedoniano, una metafísica de barrio que no escatimó reparar en los objetos mínimos de la insoportable vida cotidiana, como los mosquitos o los famosos “aquenó”, todas esas maquinitas también de mierda que rodean la vida del humano bajo el imperio sofocante del confort y la técnica: veladores que no se encienden usualmente, cables que se cortan con alta probabilidad (máxime para el usuario mayoritario: el enganchado), conexiones de Internet dispuestas a fallar ante la menor oportunidad, porquerías compradas en calle San Luis o en Garbarino. A más máquinas mediando entre el deseo y los objetos de su realización, más probabilidad de estar aquenoizado. Y el mosquito sigue. Pudo con el anarquismo aristocrático y paraguayo y ahora se mide con el socialismo ya santafecino y clasemedia.

Llega el mosquito recibido por innumerables aplausos. El mosquito es un antiartista. Rara experiencia. Se lo recibe con aplausos de rechazos. Aplausos criminales. Yo aplaudo todo vivir también escribió M.F. en poema a Borges.; aunque hacía excepción con los mosquitos. Y de nada sirve dejar sordo a un mosquito, su voluntad de succión hace oídos sordos a la bulla de su víctima y sigue luchando por la supervivencia. Lucha desigual: a cambio de dejar dormir arriesga la vida. Pero el aplauso mata también a muchos artistas, y figuras célebres del mundo bípedo y verticalizado llamado sociedad. Ejemplos sobran como mosquitos[1]. El mosquito pone al niño ante la experiencia de la crueldad de la vida y de la muerte. Todos empezamos en esto matando mosquitos. Cada cual sigue como puede. Yo siempre tuve muchas teorías, casi todas infantiles, desde chico, y no todas sexuales; algunas bastante sublimes. De chico, empirista y fenomenólogo radical como ya era, distinguía dos mosquitos: dos – digamos – clases: los que zumban, y los que pican. Creía, parece, que existía una división del trabajo en esa sociedad insectuosa, una complejidad del orden de la picaresca, la institución de una actividad simulatoria – y distractiva – de la que se encargaban los ejemplares
“zumbadores” para allanar el trabajo verdaderamente productivo de los “picadores”. En realidad mi pensamiento era de corto alcance, demasiado restringido a la inmediatez del fainomenon, reducido por entero a la empiricidad más cerril. A lo mejor suponía que los zumbadores vivían de zumbar y los picadores de picar. Y que picaban por picar no por sobrevivir. Fue una de mis primeras preguntas: ¿de dónde vienen las crías de los mosquitos?[2] Todavía antes de problematizar la mutilación de mi madre, descubrí que eran las mosquitas, los mosquitos hembras, los que picaban. Supuse entonces que el zumbar correspondía a los machos, pequeños pavos no muy reales, maricas alados que en esa sociedad impatriarcal, monopolizaban ese arte acaso equivalente en la sociedad humana a la llamada histeria, atribuida históricamente a las “criaturas mutiladas”. Complicar la vida; para eso están los mosquitos y las mujeres, los artefactos de origen chino y algunas otras cosas que ofrece el medio ambiente.


Me voy con la frase de Valery: lo más profundo es la piel.






[1] Macedonio en realidad decía que cazaba mosquitos sin música: con una sola mano; que el aplauso correspondía a la caza de polillas. Yo no lo comprendo, cuando hacía karate he llegado a aplastar polillas con un dedo sólo, son bastante boludas. Pero tengo cierta piedad por la polilla; ese insecto fetichista, perverso y preliminar, cuyo objeto es la ropa y no el cuerpo. Humana, demasiado humana. A la cucaracha la mato por asco, si es en casa, en la calle no procedo: asesinato burgués y estético-higiénico. A la mosca intento echarla de casa, es hábil; su criptonita es el vidrio. Aplastarla con la mano es experiencia desagradable. Hago todo lo posible por respetar a la arañas; les doy un cupo en la pieza. Vaquitas de San Antonio no mato nunca. Piadoso ante los grillos también, intento disuadirlos o lanzarlos lejos. Mis experiencias musicales no siempre fueron mucho más dignas. Mantengo, se ve, un determinado pacto social con cada especie: el estado de guerra con las polillas suele declararse al segundo agujero descubierto en el cajón de las remeras.

[2] Según Aristóteles resultaban por generación espontánea de los líquidos putrefactos.

16/10/08

De la República del Saber a la República de la Sexta


(El esplín de “La Gran Fontanarrosa”)



Un día decidí convertirme en Autoexcluido Creído. Decidí hacerme perseguir y huir de la República del Saber. Y me exilié en el único exilio posible que queda en la Gran Cáscara de Nuez llamada este mundo: en mi casa. Y su zona de influencia. En mi barrio-nación: la República de la Sexta, donde no imperan Platón Deleuze Peirce Bourdieu sino De la Mata y Carlovich. Ese camino me lo trazó Macedonio Fernández, de él aprendí el “exilio en casa”, el destino de “metafísico de barrio”. Una burla autopiadosa o autoasquerosa. El barrio es un útero horroroso, una placenta de tumberos. El barrio es una forma de declararse héroe-villano de una epopeya nacional: el estancamiento y el desastre, como narró Lamborghini, Sabio Negro: la Gran Épica del Desastre, ese gusto argentino por la nada moliciosa o maliciosa, medio Baudelaire. Ese “desastre” que horroriza a los cartesianos apolíneos estilo Badiou. (Los nacidos en los años 70 de la Argentina pueden saber bien como asociar proceso ontogenético con proceso de reorganización nacional, o desorganización nazianal. Cuesta abajo, la vida es un proceso de demolición dijo Scott Fitzgerald, o de desindustrialización) Porque el barrio no es un paraíso perdido, es el conurbano de lo siniestro. Home not sweet home. El barrio-obstáculo. No soy el Gordo Troilo. Siempre está llegando y yo siempre huyendo. No se trata de ser un Rousseau de barrio. Tango invertido. Don Ramón Doña Florinda y el Señor Barriga con su Megane no son más que voluntaristas del microfascismo de la vida diaria, oh San Foucault, pobres corazones. Cuando yo me vaya de aquí me iré por todas partes transformandomé.

15/10/08

Rosario, Cuna de Imbéciles



La estupidez social no tiene límites; en Rosario, seguro. No puede saberse bien si se trata de un fallido o de un criterio impune: esta gente divide el mundo en dos: escritores y públicos (oh… ¡al menos son pluralistas!). “Escritores” son las personas que asisten a talleres literarios. “Públicos”: “(aquellas personas que no asisten a talleres literarios)”, triste gente por lo demás encerrada entre paréntesis. Es bueno que, al menos en un lapsus, se sinceren, porque ese es evidentemente el criterio de estos gilipollas que dominan la escena de la “literatura” en estas ciudades de segunda. Los talleres literarios son un criadero de camellos a donde van a parar los idiotas de la burguesía provinciana que sueñan que la municipalidad les financiará un día los producidos de su ocio estúpido. Ahora, este concepto de “público” ¡supera ya todas las expectativas! ¡¿Dónde estarán los vendedores de diarios que salvarán a la literatura local?! ¡San Witoldo, San Witoldo, qué bien viste a esta ciudad!! ¡¡¡Aira Aira que me ahogo…!!!


“El arte es ahora una cosa municipal, por decir así, una cortesía con los idiotas”, página 77 de una novela llamada “Parte de la fuga”.


30/8/08

Aira ¡De Acá!



(César Aira. “Las aventuras de Barbaverde”. Mondadori. 2008)




La nueva novela de César Aira vuelve a tirar el ancla en nuestra ciudad de Rosario.
¡Llorá Córdoba, llorá!

Gombrowicz escribe la gran novela argentina. Bueno, Aira escribe las grandes novelas rosarinas, es un hecho. Yo no leo escritores rosarinos, pero, bueno, es un hecho que Aira es el mejor. Aira es el Hudson, el Lautréamont, el Conrad de la literatura rosarina. No escribe en rosarino, nadie escribe en rosarino; escribe un castellano nacional, tampoco escribe en Rosario. Suele publicar en Rosario. En Rosario, la BCN argentina, o en Barcelona la Rosario francesa. Digo española. Es el Cortázar rosarino mejor. Hay un propósito solapado en C.A.: contrarrestar a Fontanarrosa. Y obligar a que las profesoras de Humanidades y Artes de la calle Entre Ríos vayan acopiando llaves para su futura estatua, que sustituirá a la del Trinche. Ah no, la del Che. Del Che era. Y sí, el rosarino – garca en su corazón, si es abogado, comerciante o burócrata – cuando se asoma al barro del arte, es medio ingenuo, además de piola. Y campo orégano para la mirada porteña, tan paternal para con sus hermanitos de la Segunda, la Baires lenta, la Buenosairesita de descanso. Ese Interior sin Interior que tanto les gusta. Es que Aira puede escribir de Rosario lo que Fontanarrosa nunca hubiera podido escribir. La Rosario invisible a Roberto. Del Inodoro Pereyra al Mingitorio Duchamp. Aira emprende la tarea de desentrañar el misterio de Rosario: ninguno. ¿Qué quiero decir? No lo diré. Amago algo: da la sensación de que Rosario es una mini Buenos Aires en la que en general nunca pasa niente. Pero Aira descubre que pasan muchas cosas, casi todo; e indirectamente… tiene razón (: fines del mundo y del universo, excepciones rotundas a las leyes universales de la física o de la consistencia narrativo-argumental: ¡es la Tlon airaina!). Aira descubre en Rosario unos biotipos inabarcables por cualquier voyeur sorianósico: profesores universitarios absurdos, jóvenes artistas plásticas burguesas de vanguardia, estudiantes de letras quedos y apocados que terminan escribiendo en el diario local, hordas de semianalfabetos drogones multibecados por instituciones locales para hacer sus masters en el exterior, ¡y sí! Aira es un verdadero colonizador, en sentido se diría etimológico, es un descubridor de una Rosario. De la Rosario airaiana. ¡Existe! ¡Existe! Binner le dio el Honoris Causa a Sabato. Lifschitz, chicas Viterbo… ¡ya es hora no!

5/6/08

Sobre Un Ciego Informe



Los escritores, escribientes, escribanos, escribidores, en fin, de la República de la Sexta no vivimos en el caldo de cultivo residencial de los escritores exitosos de la Capital, no. Ya sean los jóvenes serios, los pop-star del neorrealismo sucio, o los falsos escritores sin público. Vivimos, básicamente, en el interior; aunque más no sea: en el interior de la literatura. Acá sí que no hay Externalidad. O bien: todo es externo. No nos rodea Schaveltzon, los correctores de Emecé, los veinteañeros histerio- peripatéticos de Puan, fotografos de Radar ni Ñ; nada. Nos rodea, efectivamente, el microfascismo del Barrio. Un barrio que es una República. Buenos Aires es un país anotaba Borges antaño. Buenos Aires es el país. En el Interior se está, en efecto, en el interior de la literatura, cuyos órganos, paredes tabiques y cuartos, son… en fin… todo lo que está en los intestinos, esperando salir. Se podría enumerar: patografía, autobiografía, confesión, teoría y crítica, ontometafísica, cruda lectoescritura, pantalla birome subrayado tabaco mancha de mate en papel amarillento, líneas negras, y blancas…, de un peso muerto. La escritura y la vida. Nada que ver con la literatura. Que es una cara. La literatura es la cara. La literatura es la aduana; es el puerto. Rosario es una trampa tendida entre la Capital y el Interior. Rosario, exterior del interior, lazo malo del Interior y la Capital, portualidad intestinal: esquizofrenia. Hay una pared en Finlandia que me habla.

9/4/08

Crítica Plebeya




Pirulo dice “no me olvido de una escena. Yo estudiaba filosofía pero quería además ser escritor. Alguien me dijo (a todo esto): estás condenado a Sabato. En fin. Era joven. Y tonto. Era alguien. Asistía de vez en cuando a las disertaciones magistrales de los pequeños grandes popes de la sabiduría crítica de la academia rosarina – a donde a Sofía le llaman saber -. En vez de ser un chupaculo del Gordo-Boxeador, como muchos de mis compañeritos, leía algunos de sus libros, de sus artículos, y hacía acto presencial en sus conferencias de tanto en tanto. Iba también a las de Oliva y a las de Rosa y los Porteños (que siempre venían a reforzar con sus dictados reservados para el final la sapiencia de los locales), y siempre lo hacía con cierta rescatable distancia. Me sentaba por ejemplo después de la fila diez seguro. A veces levantaba la voz pero sólo si sabía que – desde tal distancia – esos viejos amiopados no iban a inteligir mi rostro. Me acuerdo que una vez en la calle Maipú, en eso que se llama “Rectorado”, Nicolás Rosa hacía alardes de haber nacido pobre y en el Saladillo, un viejo barrio construido antaño por los ricos y ganado luego por los pobres.”

“Nicolás Rosa parecía un ser sacado de los diálogos de las obras de teatro de Oscar Wilde; incluso, parecía Oscar Wilde. Me parecía a mí, que entonces todavía leía a Wilde. Se me cruzaba por la cabeza, acaso, “El alma del hombre bajo el socialismo”; esteticismo, amaneramiento putísimo y defensa del socialismo en medio de la literatura. Oscar Wilde o Bruno Gelber diciendo fui montonero. Era la perplejidad: que Nicolás Rosa fuera un muchacho de barrio. La perplejidad era. Rosa decía yo llegué a ser lo que soy (un señor exitoso), a dar clases en Norteamérica, a publicar libros y acaparar cátedras gloriosas, y nací en el Saladillo. ¡Se puede! Se puede pasar del Saladillo al hiperrococó de la glosotecnocracia. En su expansión del texto literario al texto crítico el latin barroco, obligado al canje crítico de obtuso por obvio, a la acumulación de lo ganado, al sueldo de los entimemas de la pedagogía, al arte crítico como defensa personal del lector a sueldo contra el ataque mortal de la literatura, y etcétera, cobra las formas de una especie de rococó. Posfreudomarxismo lacanolingüístico que en el límite mesopotámico de la pampa húmeda llegaba a un extremo impensable por un francés: Lezama convertido en Teofrasto.”

“Yo no nací jamás en el Saladillo. A veinte cuadras del centro se es siempre un pequeñoburgués, con mala suerte, empobrecido; de proletariado nada. Mientras el Presidente leía a Sócrates –el extremismo de la crítica (leer hasta en donde no hay texto)- nos condenaba a un lumpenismo inédito en la familia inmigrativa nacional, con matrícula universitaria. Todo el boato y todo el teorema, todo el código pudiente era posible hasta desde el Saladillo, pero no la literatura”.
“La plebe es manierista. La crítica es el manierismo de la literatura. La plebe de la literatura. Barrido y limpieza. Y Góngora.”


“No hemos querido decir nada, hemos dicho. Tributo también, por qué no, a Nicolás Rosa.”



-La vulgaridad es un lujo-

Susvín... rompió


Foro fáustico-Kitsch de miseria a la filosofía, viveza epistemológica, patafísica nacional popular, metafísica nazianal pop, crítica en estado clínico, antipsicoanálisis en pantuflas, boludeces con criterio empirista de significado cognoscitivo, dadaísmo tragicómico, popestructuralismo de protesta, poemas platónicos, deconstruccionismo chabón, tango rolinga, paranoia ontoteológica, solipsismo de izquierda, falogocentrismo a martillazos, martillazos al falogocentrismo, esquizoanálisis microfascista, fenomenologías del transmundo, freudomarxismo new age, pragmatismo del reviente, pensamiento poco, yoísmo ayoico al pedo, hedonismo allende el principio del placer, diogenismo del doble discurso, cristianismo con Sade, say no more sin Tractatus, partuza del pensamiento abstracto, vitalismo funebrero, antifilosofía antipoética, surrealismo silogístico, peronismo gorila, menemismo progre, palo a la argentinidad y argentinidad al palo, rocanrol ello, existencialismo menefrego, hegelismo anarcodeseante, cross en la mandíbula a Kant.




Un idiota que reclama que le sea reconocido un saber...