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20/5/09

Ontoantropología en Luca Prodan



El que manda se vuelve esclavo del esclavo.
W.G.

Mejor no hablar de ciertas cosas.
L. Witgenstein

Nitimur in vetitum
: bajo este signo
vencerá un día mi filosofía.
F. Nietzsche

Luca Prodan engañaba a unos tontos colegiales.
Tecno es verdad.
X³


La onto-antropología del italiano nacional Luca Prodan es una de las más poderosas del rock argentino. Prodan postuló una metafísica del Wille –el querer– en la tradición de Arthur Schopenhauer. Éste Schopenhauer reconoció tres móviles –como se dice– en la naturaleza humana o como se llame: el egoísmo, la maldad y la compasión. La ontología de la praxis de Prodan es más compleja, reconoce tres tipos de Wille algo menos previsibles, obvios:


1) el deseo de bandera (a lo que corresponde el atributo “planchadita”),

2) el deseo de mamadera (a lo que… “calentita”… o calientita),

3) el deseo de cruzar con la barrera (como deseo de “que me pisen”).



Se podrían traducir como (1) la voluntad de pertenencia a una tribu –la Nación, el Under, MTV, el Pueblo Elegido, el Parnaso de las Stars Rock Pampeanas…-, algo que puede oscilar entre el zoón politikón y el fascista promedio; (2) la perpetua busca de la madre perdida, infancia, placenta y paraíso, la media naranja, la esfera de Aristófanes, el retorno a lo inanimado etcétera; y por último (3) algo así como la transgresión, la hybris y también –que no es lo mismo– la pulsión de muerte, la pérdida sicótica del principio de realidad, la temeridad, o al menos su simulacro rocker: el “yo quiero ser un héroe” formulado por Juanse. No hace falta igual buscarle paralelos o traducciones en las nomenclaturas de las teorías prestigiosas del saber mundial extrarroquero. Sólo por las dudas…

Si a esto le adosamos aquella tan famosa repostulación de la ambivalencia, de la ansiedad –el saldo de la baja de Dios, según más o menos Calamaro y el mismo Juanse, que establecieron aquella dualidad religión/ansiedad-, de la pasión inútil, del sin objeto de la pulsión, de la Drang froidiana, de que los débiles dominan a los fuertes –sofisticación de la Dialéctica del Amo y el Esclavo de Hegel comparable a los aportes de un Nietzsche- y así: “no sé lo que quiero pero lo quiero ya; si fuera tu esclavo te pedería más”, estamos ya a las puertas de un sistema, de una comprensión del mundo y una episteme. La filosofía metafísica del consulado italiano encuentra por fin su pensador de las cosas finales en Prodan no en Rodolfo Mondolfo o Beppo Levi.

En efecto ¿Qué quiero ya?: ¿A mi bandera? ¿La mamadera? ¿Cruzar con la barrera? Ciertamente: el triángulo anedípico prodaniano no deja lugar a la madurez en la subjetividad; estamos condenados a la libertad patológica. Prodan no es Lacan ni Germán García, no promueve la gloria del Neurótico como modelo y ejemplo, más bien todo lo contrario.

Para trasladar esto del Querer a una filosofía del Ser, y hablando del no a la madurez y ya que no sé qué quiero, terminar citando a tío Gombrowicz en una de sus más queridas máximas: tampoco sé quién soy

“pero sufro cuando me deforman”.


“Así, sé al menos lo que no soy.”


“El artista no razona, se libera.”



Hasta acá llego yo. Nunca haré la ontología de Los Piojos.


17/5/09

Tengo un Vicio: Escuchar MP3s de Litto Nebbia Mientras Duermo









Si, es cierto. Y hay que admitir que si no pude nunca llegar a ser original como artista, lo logré bastante con mis vicios. No conozco a nadie con esta patología. Dormir con música sí. En mi caso lo importante es, no sólo sugestionar al sueño, adecuar al organismo con una última experiencia de vigilia que favorezca el tránsito en el cambio de estado. La percepción de la música a esa hora y en ese trance, per me al menos, es sumamente intensa: a la vez lúcida y emotiva. No hay lugar para la histeria del fan ni para la indiferencia del escucha de hotel, “la música funcional”, o de ese escucha diurno, el arquetipo del que pone música de fondo. Y cuando la cosa es con auriculares es aun más ineludible. No sólo es más fácil conjeturar un intervalo o discriminar una corchea con puntillo de una negra. También – lo que es mejor – se activa algo del orden de lo que mi tía llama “la inteligencia emocional”, si es que a esto se refiere. Pero me interesa – interesaría – el cómo opera la música bajo el hecho en acto del dormir y el sueño, y lo mejor de todo: los pequeños despertares que hay en medio de la noche (si es que es noche), y las audiciones en estados intermedios entre supuesto sueño y presunta vigilia. Una lucidez y agudeza huidiza y olvidable que muy pocas veces ocurre a las 4 de la tarde. Es un proyecto hedonista y altruista: generoso en todo sentido, porque lo que busco en esa busca de percepción especial es una fruición privada adosada a una voluntad de plausibilidad, de felicitación de texto obra y artista. Quiero creer en esa música. Ahora: ¿por qué Litto Nebbia se convirtió en mi preferido en esta instancia? Difícil de explicarlo y entenderlo. Por qué se impuso sobre Pink Floyd, sobre John Cage, sobre Satie, sobre Soda Stereo, sobre Los Twist, sobre Dino Saluzzi, Juanjo Domínguez, Spinetta o García Lange, Leguizamón o Ramírez, Salgán o Troilo-Grela, Harrison o Haendel, Jamiroquay o Red Hot Chili Pepers, Prince o Andy Summer, Richard Bona o Norah Jones, Jarret o Café de Mar, Django Reinhardt, Salinas o Stanley Jordan, Grapelli o Teté Montoliú (tres cosas: o me gusta que crean que soy culto o que soy amplio y plural o me gusta este invento tan manoseado de Rabelais), el MP3 de música cubana o el de música iraní, Michel Chion o Ligeti, Terry Riley o “Gritos y Susurros de las Vanguardias”, Vitale-Baraj-González o Los Abuelos de la Nada, Cumbo o The Rollings Stones, Luciani y la Tropa o George Benson, Pascoal o Les Luthiers, Evans o Coltrane, Laurie Anderson o Keith Richard, Lennon o Los Palmeras, Madonna o Tomatito, Color Humano o Silvina Garré, The musik of Friederich Nietzsche o María García, Ellington o Ravel, Hernán Navarro o GIT, Heavy Tuba y John Sass o Joan Manuel Serrat, Debussy o José Cura, Rada o Virus, Bobby Mc Ferrin o Joan Gilberto, Gotan Proyect o Vadalá, Metheny o Martirio, Sandro o Syd Barret. Charlo, Hugo del Carril, Riff , Coniglio Band o el murmullo del inodoro. En fin, por citar algunos al calor del azar. ¿Por qué? Un tonto o un genio, ambos son originales. No sé bien qué es la música de L.N., pero original es seguro. Tiene cierta complejidad y cierta data pero también un desparpajo de improvisación y arreglería entre estrafalaria y de ikebana. Creo que sé lo que es. Igual se lo voy a preguntar a Fito Páez, que toca mejor el piano que yo que nunca tuve ni un Casio ni ganas de estudiar nada. Es que Spinetta y García son músicas que cierran, cierran demasiado. Timbre e intensidad, pedales y montajes, consuelos de consola. Incluso en las letras. Hasta en sus recursos al capricho al facilismo o al delirio y el pifie, todo eso y cierran. Como un clásico. Son un Poe, un Borges un Pizarnik. Un Freud. O como un obseso. Pero a éste Nebbia parece que no le importa nada, llena de garabatos, anota versos, se manda al piano sin fin, corta y pega al tanteo o no sé, si bueno o malo, si lo prefiero despierto o dormido. Y a riesgo de perder el agotable sex appeal que me quedaba. Pero sí, cuando viene ella pongo Cerati.

Litto es “mi vicio”.









10/4/09

La Guitarra de un Abogado O la Filosofía en Macedonio


Cada día escribe mejor: la tradición del falso uruguayo







[El Dúo interpretando "La Balsa" de Nebbia y Fijman]


El mito paradójico del Mudo Parlante: Macedonio y Gardel. Dos falsos guitarristas. Dos tipos que usaban la guitarra para aparecer. Dos compositores puestos en duda, inexistentes y extraordinarios. No sabían escribir. Tampoco música, parece, en el lenguaje convencional. Macedonio confiesa que no sabía leer música. Tampoco Gardel, compositor notable aunque sospechado de inexistente. De inexistente como tal, como compositor, por algunos. Posiblemente no tuviera ningún conocimiento de armonía, y hasta quizá no supiera no sólo armonizar una canción sino cómo se constituye un acorde. Pero era un melodista dotado que quizá solo compusiera con su preciosa voz. Para Macedonio la música era melodía, y la melodía un misterio sobre el cual reflexionaba con filosofía y acaso con los dedos. Soñaba una música sin ritmo sin saber, en mi criterio, que el ritmo es la melodía desde el punto de vista de las figuras y la intensidad (e incluso, creo, el timbre), y la melodía es el ritmo desde el punto de vista de las notas o sea de los intervalos. Incluso se dijo que compuso piezas seguramente escritas en un lenguaje inventado, como Rousseau, filósofo protonovelista y compositor que parece que creó una notación musical propia, pero en este caso con delegación a la posteridad.

Hay una tradición argentina que es la del falso uruguayo, y de ella participan eminentemente, como se conoce, Gardel y Macedonio. Y se enuncia con esta justificación de Macedonio, que fue presentado una vez en una revista como “humorista uruguayo”: “yo lo único que tengo de uruguayo – retruca - es haber vivido toda la vida en Buenos Aires”.

1/3/09

¿Roll Over Beethoven?





“I think I got it off the writer
Sittin' down by the rhythm review
”






Hoy bajé las 9 sinfonías de L. Beethoven y las estoy escuchando. Dejé la música clásica como pasión desde hace unos diez años. Tuve mi época. Época de pequeño melómano clásico. Nunca me disgustó que recuerde esa música, pero hubo unos años en los que casi solamente escuché eso llamado “música clásica”. Dos años como mucho. Tuve mis épocas de Zitarrosa y Yupanqui, mis épocas de Gardel y Rivero, mi época Goyeneche-Piazzolla. Tuve mi época Bartok-Stravinsky, mi momento Chopin, que podría quedar dentro de la época clásica. Por ejemplo entre los 10 y los 15 años escuchaba tango musical, no soportaba mucho las letras. Luego fue más bien al revés. Tuve mi época Serrat, y en menor medida una momentánea fascinación por los arpegios y letras de Silvio Rodríguez, que hoy - no digo que no sea bueno pero – me suele provocar una depresión insoslayable sin Rivotril. En el campo de la música popular tengo mis amores anacrónicos: al piano puede ser, primero, Bola de Nieve, que un día, hace ya demasiados años escuché con azoramiento por primera vez en una radio cuando la radio todavía podía ser fuente de deslumbramientos; una época que no volverá. En medida menor, otro podría ser el Mono Villegas, aquel amigo de Macedonio. En la guitarra, hay cosas alucinantes como los guitarristas de Zitarrosa, o la increíble imagen de Paco de Lucía sonriente medio Monalisa mirando al frente como si nada mientras sus dedos dibujan lo inaccesible. Aunque no hay como Oscar Alemán, un proto-Prince criollo y casinegro de la era del swing que tocaba la guitarra bailando y de espaldas y la batería con los pies y sin batería. ¿Pero qué queda para mí de Mozart y Beethoven en esta noche final? Los equipos de música Sony, los parlantes Technics, están hechos para escuchar Cómo conseguir chicas, Dark side of the moon, Revolver, no la 1º sinfonía del Sordo. Cuando escucho a Mozart ahora sólo me acuerdo del Chavo. Poa poa poa. Pum, poa pum; poa pum: pum pum. Me acuerdo de las primeras lecciones del Pozzolli, el libro de iniciación en percusión. Y pienso que todo suena a tecladitos Yamaha sin sensibilidad, tecladitos pre-pianoforte. Cualquier ruido me puede más, los sonidos de la calle Colón. Cualquier cualquierismo. John Cage por Sun Ra o por el orangután del zoológico de La Plata. Para Mozart pongo a Paul McCartney. Y si no hay que ir al Mozarteum, al Círculo, al Auditorio Fundación. Ahí estuve un par de veces, con el carnet de mi tía. Ahí la cosa era distinta. Ahí sí sonaba el Yamaha, ahí sí el Pozzolli dejaba de ser un ejercicio infantil de lectura.


3/11/08

La Teoría de los Dos Fitos Páez




(¿Fito is dead?)



“
Es más entretenido
y más barato
”


La teoría de “los dos Fitopáez” es conocida, reconocida, y aceptada por casi todos. Al menos por una generación. Quizá decir, una generación con cierto vicio de abulia e hipocresía y que se sintió un día defraudada, defraudada por el ídolo. Hay dos Fitos Páez, dice la teoría. Uno primero, otro después. El primero es genial, certero, infalible, abrumador, cautivante. El segundo se entrega; en el peor de los casos “se vende”. Se vuelve un poco chanta. Hace fama y se echa a dormir. Mi amigo Poyo tenía un desarrollo más lírico de esta teoría. El “Fito Páez” original un día es abducido por un agente del poder extraterrestre –no se sabe con qué fin irrisorio-, que, para disimular su falta en la tierra, devuelve al mundo una copia en apariencias idéntica y en realidad berreta, relajada, tranquilizante, adaptada al medio, entregada a la rutina. Mediocre y adulta. Una versión local y deceptiva de una fábula ya elaborada por los Beatles donde el sujeto desaparecido era Paul Mc Cartney, aunque su secuela fue seguir al contrario haciendo una música pareja de por vida. Para mucha gente Paul Mc Cartney está muerto y Elvis Presley vivo.
No hay consenso unánime en cuanto al momento en que ocurrió la desgracia, el accidente de inflexión que introdujo al suplente tránsfuga. La clase 74 lo ubica en general en la era de “Tercer Mundo”. Pero sé que los más chiquitos todavía hicieron catarsis con “El Amor Después del Amor”. Hay una fase de la adolescencia en la cual los encantamientos preadolescentes comienzan a opacar, un advenimiento cínico que es un beneficio de desilusión que da la irreparable experiencia de la vida. Es mucho peor ser miembro de un club de fans que barrabrava o parte integrante de una torcida. El fan de alguien –en tanto que tal- es irremediablemente un imbécil y un imbécil feliz. Si un día cae un bólido desde lo real sobre su ser y se vuelve hincha en contra, se vuelve contra su amo icónico, ese día comienza a devenir en una forma peor: un imbécil infeliz. Alguien decepcionado por otro que sin embargo nunca le había prometido nada. Básicamente porque nunca le habló ni lo vio. La imbecilidad es como la vulgaridad, un lujo. Un lujo al alcance de cualquiera.

Debo confesar que formé brevemente parte de un grupo de “Recuperación del Fito Páez Auténtico” en la misma época en que adherí con mi firma a una asamblea de “concientización futbolística” que bregaba por “un menottismo sin Menotti” y tenía una unidad básica en el barrio Refinería. El grupo aquél era una junta de flamantes ex niños empeñados en conservar en la heladera el esplendor de un embeleco posinfantil que hacía centro en la imagen de aquel Fito Páez rebelde y agresivo, con antenas charlianas para captar los últimos modales pop (el de “Ey!” y “Ciudad de Pobres Corazones”), pero también un poco folclórico y prodigio (el de “Giros”…). Pasó que crecimos todos, el probable “Fito Páez” y nosotros, diez años menos adultos. El ídolo se asustó de estar al palo, vio cómo se iban muriendo Lucas, Abuelos, Mouras, como un día Morrisones o Brian Jones, quizá vio de cerca lo que era ser Charly García; y ser un segundo Charly García o un García de la Segunda no era demasiado para tanto sacrificio. Un día hay que tratar de parar de crecer y sentar cabeza. Empezar a disfrutar la placidez mansa de quedarse al lado del camino. Es en general un destino rosarino. Para aburguesarse no hace falta quedarse. Para aburguesarse y retener la fama hecha quizá sí conviene haberse ido. La “Gran Fontanarrosa” no admite roqueros entre sus cultores. El “Fito Páez” cambiado también cambió de público. Es lo que quiere un artista popular, en especial un rocker, o lo que proponen como objetivo de mínima los managers: mantener siempre una misma franja etal como público, dejar que los individuos pasen. Crecen y se cansan. Cambió los chicos malos de la ENET de fines de los 80 por las nuevas teenagers neomestruantes del menemismo. Lo que empezaba en cuanto grado yendo a la presentación de “Giros” en Sportivo América, tenía que terminar inaugurando la era compact disk con “Tercer Mundo” regalándoselo al año siguiente a la hermanita a cambio de cualquier baratija (“Ace of Base. The Sign.”).

Después de todo, escribir este tipo de crónicas al auspicio del consentimiento y el consenso generacionales, es más de eso, la ética mansa y tranquila de estar al lado del camino.




2/11/08

"Luca Bebe"



(Sobre héroes de la heroína y tumbas de la gloria)






Con muy poco esfuerzo cualquiera podría imaginar el inmediato sarcasmo que hubiese escupido Luca Prodan si un interlocutor mediático de turno lo hubiese sindicado como “uno de los próceres del rock nacional” (http://www.lucaprodan.com.ar/). ¿”Rock nacional”? ¿”Próceres”? De entrada el sintagma “rock nacional” parece una broma macabra de la dictadura, un último manotazo de Galtieri por incorporar sectores sociogeneracionales lábiles a un proyecto publicitario de épica nacionalista de extrema urgencia. Que el rock argentino tenga próceres es raro, casi morboso. La metáfora pasa a veces de irónica; el rock fatto in home se convierte en “rock nacional” y con ese fichaje destinal, con esa denominación performativa, está todo dado para que devenga en lo que parece ser: una epopeya y su épica adjunta. Y si el caso es el de un italiano que canta en inglés, ya estamos ante un colmo. Antes la Casa Rosada criaba cuervos ahora aloja rockers de geriátrico. Monumentos en demolición –monumentos-Dorian Gray– que evocan juventudes maravillosas irrepetibles. Monumentos a Peter Panes. Para el kirchnerismo la juventud es maravillosa si fue. Primero si fue montonera o hizo cómo. Segundo, alternativa clase B: si fueron pioneros del beat o progresivo, luego llamado rock (rock era Sandro me parece); después de Galtieri: “rock nacional”. Dónde termina esta teodicea donde un juglar del ruido y la distorsión culmina en “prócer del rock nacional”: pasando los 50 tocando en el salón de la Casa Rosada. Cuando ya me empiece a quedar sordo… No es que está mal. Todo bien. Es que es. Ni San Martín ni Prodan sabían que fueron instruidos en rígidos colegios europeos para amerizar en la pampa como venideros “próceres”, en ambos casos ese destino les vino a posteriori de modo ajeno y ortopédico. La nacionalización del rock a veces se va de manos y mete miedo. Pronto Tanguito Cantilo y Luca reemplazarán con sus bustos a los presidenciales. Un cuarto de siglo atrás Fontova fue el primero en presentirlo. Luca Prodan no hubiese tocado nunca en la casa de gobierno; menos improbable es que su destino hubiese sido más privado y bastante más equívoco: el de un millonario paranoico exilado en su lujosa residencia, abstraído de sus propias hordas, rodeado de perros policías, caminando por su mansión mientras espera por su público, “los que se mueren de repente”. Pero Luca no vive, bebía. También quería ser un héroe, fue muerto por la heroína.




1/11/08

Tributo a David Lebon




[Tapa de uno de los mejores discos de la historia universal del rock n' roll]


El rock general contrajo algunos vicios, algunas desgracias, síntomas desgraciados. Uno es una especie de academicismo, curioso en la música menos académica posible en principio, o una de las que, en principio, si bien demanda cierta ortodoxia y cierto rigor, cierta clacicidad comparada con algún jazz que le fue contemporáneo, o con los experimentos contemporáneos de música culta, en principio parecía expresar un gesto de resistencia a toda intelectualidad orgánica erudita o disciplinada en materia musical. Ahora hay academias de rock por todas partes, y talleristas por más partes todavía. Este gusto puede creer que Jaco Pastorius es un genio incontrastable, y Paul, Pablito Mc Cartney –el Mozart 4 x 4- un maleta. Otra desgracia puede ser cierto nacionalismo extraño que se obliga a suponer que el mejor rock argentino tiene que tener rasgos de típica o de Chalchaleros-dark.

Contra todo enemigo de moda queremos hacer la vindicación de la versión más perfecta del roquero argentino en la investidura del maestro David, una verdadera alternativa a lo alternativo, músico con tan poca suerte en Berlín Café y en la Facultad de Humanidades. Y qué va ‘cer.

En materia de combinación de los sonidos y ruidos para mí John Cage… En materia de combinación roquera de los mismos: David, papá.

Somos caretas, pero caretas jipis[1].

Y la tesis es ésta: no hay nadie más roquero que David en la Llanura Argentina. Se enojan los pesuquis, los punkies, todo el socialismo atomista under bajo cualquier bandera, me imagino, los chetos que están con el último grupito depre-teenager inglés de moda que sólo inventan ondas porque repiten la misma música de siempre o peor, los que me odian por tener un disco de Litto Nebbia, y sí, ningún problema de mañana llegar a reivindicar a Eddie Sierra.

Punks: dediquensé a la literatura, griten en silencio. La canción está para arrullar.

Pappo al lado de Lebon todavía es demasiado tanguero. Demasiado nacional. Es cierto, desde Litto Nebbia el asunto del “rock nacional” consiste en plagiar con diferencia, con un diferencial; por lo menos arrancar con el idioma. Ahí ya todo cambia, porque la melodía rectora, la de la voz, comienza a zambear, a milonguear, perturba, comienza a complicarse, obliga a otros yeites, otros acordes para una música que sale de las inflexiones automáticas de la lengua del Dr. Johnson. De Manal a Memphis se quiere tocar blues ítalocastizo y sale tango. La lengua gongoriana surrealiza a Spinetta y lo vuelve a acordes tipo jazz. García quiere hacer folk con la guitarra y con el piano le sale romanticismo para adolescentes. Nebbia ata la balsa, inventa el rock rosarino, o argentino lo mismo, y se raja igual que los Fattoruso, al jazz, al campo y al 2 x 4. Casi 20 después toma la posta Fito Páez, para seguir rosarinizando el twist, y compendia. Si el rock es nacional, nacional argentino, todos esos son mucho mejores. Si el rock es básicamente rock, entonces nadie mejor que David. Después vienen Cerati y Prodan, la camada ochentona; pero eso es otra cosa, ya son los hijos reales de los Beatles. La reacción generacional.

Cuanto más ruido más rock no es cierto. No es sólo rock la distorsión. La acústica de metal es más rock todavía. Así empezaron los Beatles. Del estrellato del 70, la pureza más pura del rock, David Lebon.

A esta superioridad no le corresponde la supremacía, sino evidentemente la secundidad. El curioso mérito de haber sido el segundo de los primeros, de García, de Spinetta y de Napolitano, de Dios, el Hijo y el Espíritu Santo. Adherimos a los que lo ubican como la mejor voz y mejor guitarra. Tocó con todos. Y todo; como se sabe, es como el antecedente primitivo o en bruto de Aznar. Es como la reserva moral-estética del beat y el progresivo local. El contralor genérico. Y vindicamos también la gracia necesaria del espíritu naif leboniano que no necesita de Rimbaud, Carroll, Artaud, Oscar Wilde, Charlie Parker, Piazzolla ni Bach ni Atahualpa. Solamente de Zeppelin Los Beatles Clapton o Hendrix. Las letras de Lebon no tienen ningún decoro ni el menor tufo libresco, parecen salidas de alguien que habla otra lengua; un tartamudo bilingüe, o nolingüe, también en ese sentido sólo comparable a Prodan, y en ese sentido sí son literarias, porque justamente no narran ninguna literatura, ni se asemejan a nada literario. Bequetianas son. Bequetianas flower power. “Silly love songs” en su más genuina expresión roquera. Ahora alguien podría reparar en las letras lebonianas de la primera era, de los setenta, cuando no tocaba en Badía, ni había hecho plata ni minas con Serú Giran. Es el Pizarnik inculto de la música progresiva pampera. Después viene el Lebon pop, el mediático en segunda fila, medio yinglero veteranón. Pero el de los 70 es el Lebon patológico. Toda una cosa vegetativo-gay hiperjipi bastante curiosa bastante ajena a esa cosa “comercial” que quieren denunciar los fans en contra. Cierto complejo de culpa de García, ahora que se ha vuelto lo contrario, como purista del rocanrol, cuando se dedica a obviar Sui Generis y versionar Say no more viejas canciones veinteañeras de David.

Borges rimaba reflejos con espejos. Lo más roquero, esto es lo que yo pienso, es rimar arena con nena, nena.



TomLudo




[1] Nada que ver con Hanglin ojo.




Lebon caracterizado de anciano, marino o poeta minimalista del instante.

6/8/08

Schopenhauer Con Zappa




(Avatares flagrantes del rock nacional ontológico)



Es gratis decir que el “boedismo zen” sintetiza algo del viejo par Boedo-Florida: Schopenhauer, que por la época era sólo leído por los nenes bian de Florida, tipo Borges (bueno, sólo por Borges y M.F., en realidad), llega después de largas décadas a la biblioteca de Boedo. No a la de los marxiprogresistas de “Los Pensadores” sino al Neoboedo peronista-crítico, roquero-crítico y fana del Ciclón. Hay algo antinischeano, compasivo y budístico en Casas, sí, pero también algo como de bonapartista cultural, un poco al estilo bonancible de Horacio González, pero afuera de la Universidad; porque Casas estudió filosofía pero no se dedica al sintetismo y reseñamiento usufructuario del producido creativo-académico de la crítica-ficción argentinista. Las piecillas desquiciantes que arma Horacio González con los restos filosóficos de la producción crítico-conceptual local tienen por propósito más que hacer de goma, maleabilizar el horizonte de sentidos del mundo académico nacional, sacarlo un poco de quicio y un poco a la calle, como la novela macedónica, que quería “salir a la calle”. Pero de “calle” poco Horacio González; de mediatismo más: hay algo de ontología –neocriollista – del presente; más es una política pro enrarecimiento de los papers, sacados del Discurso Único de la Universidad e intervenidos por la vieja operatoria que rescata el “frangollo”: “la sintaxis de mudanza de la oratoria textista del hombre confuso”, del hombre confusionista –mejor. ¿Es que esa generación criticista agotó a Macedonio? Casas es el caso de un yopenjaueriano no macedoniano: arltiano. Macedonio se ha convertido, en la última década, en un objeto de culto de los hacedores de tesis que no quieren leer a Hegel en alemán. Ha pasado del culto al Texto al culto del Curriculum de la posmetafísica-Kitsch, estado actual de la joven filosofía académica nacional, de la jovenguardia de los congresos. Mi filosofía es de la calle, puede cantar Casas con Calamaro y Juanse. El boedismo zen también tiene más ansiedad que religión; aunque la sofrena: el “realismo Márcico” no es el realismo Orteguita cucurtiano, el “realismo atolondrado”. Casas es un border pero del rock: está entre el Rock y la Cultura: al estilo Zappa pero con buena onda védica. Porque Zappa, agresivo, era al rock algo así como lo que Gombrowicz a la literatura: una máquina sarcástico-cínica, pero que en vez de apelar a la cultura baja para atacar –porque el rock era más bien la cultura baja–, apelaba a Stravinsky. Casas es la izquierda cristiana-populista frente a la derecha hedonischeana de Rozitchner, el otro filósofo-rockólogo. Dentro de la filosofía-rock Rozitchner es la nueva Florida: son los chicos del centro denunciando el resentimiento orgánico de las huestes de fans de Divididos y Los Redondos. Una aplicación de Nietzsche al campo chabón. La rockología filosófica de Casas (Boedo) ofrece la contraparte yopenjaueriana y barrial. Mal que mal, o que bien, son sendos alegatos lúcidos que valen para escapar de un universo aplanador, podrido y acabado: el pensamiento rockero medio, el Zeitgeist de los quemados promedio, “idiotizados por el rock”, como dice un famoso poema del gran matón de PAMI, Lamborghini prosaico o say no more de la crítica Rodolfo Fogwill. El criticismo rockológico de Casas, en las antípodas o algo del de Rozitchner, está más cerca del de Peter Capusotto, sólo que opera por actos textuales más que por happenings de caja boba.

25/6/08

Über Falopa: Sartre & García, Filosofía Rocanrol & Vicio



(Ego-drogas y drogas-del-compromiso)



"Usted enciende su pipa y es un absoluto,
detesta las ostras y es otro absoluto,
entra en el partido comunista y también lo es
”.

J-P.S.




Hace un par de meses atrás se pudo ver en el canal de Cultura de la Nación, canal Encuentro,
una serie de notas al divino Jean Paul Sartre, el viejo prócer mundial de un par de generaciones de argentinos, bohemios, académicos o escritores.
Mirándolo así, realmente mirándolo (no lo había oído demasiado en mi vida, sí lo había leído bastante, curioso dato personal para uno que entonces era sólo un inocente nonato), me acordé de unas de esas ideítas del hijo de León Rozitchner, que tanto desprecian los pulidos cerebros novicios que tenemos en la universidad argentina.

Me acordaba de un pequeño descubrimiento, avistaje, que el joven nischista light de la tribuna grondoniana hacía en uno de sus libritos, un deschave: un párrafo donde denuncia, me parece, el tabaquismo general de la juventud maravillosa y su probable efecto global.

Viendo esos reportajes a Sartre percibí mucho más fidedignamente que leyendo la biografía monumental de B.-Henri-Lévy ese detalle personal y artículo de época.

Sartre era un tipo que estaba evidentemente dopado. Pasado de rosca. Por un lado fumaba tabaco de una manera que hoy parece monstruosa pero que en esa época era imprescindible señal probablemente de una cierta aristocracia simbólica, pormenor conductual del aura trágica que lucía el intelectual de entonces. Sartre, el Castor y los fascinados reporteros epigonales humeaban de una manera menotista.

Las Mil y Unas de Sapag no existían en el campo cultural.

Bueno, sobre eso, evidentemente, Sartre, que se sabe que le daba a varias sustancias de esas,… tenía algo más encima.

También por el mismo canal se pudo ver una serie de entrevistas de los 70, o no mucho más, hechas por un “gallego fatal”, como diría Casas, donde todos los grandes cerebros literatos de aquel entonces, los del insoportable boom y otros, fumaban en cámara de una forma tronante y constante (Onetti, Rulfo, Puig…). No sé qué efecto provocará esto en el coleto televidente de la Doña Rosa de hoy – aprovechando que se acaba de morir el mierda de Neustadt – que tanta lástima tiene por la vida intensiva de los artistas geniales y por las aventuras flagrantes de una bestia pop en los nosocomios de la región cuyana.

No es que yo quiera decir que la Ley Antitabaco votada algunas décadas antes hubiese virado la historia argentina, pero… no sé.

En el 2005 – se lee en un par de páginas de Internet – con motivo del centenario de J-P.S. se hizo en la Biblioteca Nacional de Francia una muestra en su homenaje y aparecía en la presentación una clásica foto suya intervenida por el doctor Photoshop: le habían borrado el cigarrillo de entre los dedos…

Falopas de evasión, falopas de militancia…así como el L.S.D hizo Sargent Pepper y la psicodelia, la marihuana fabricaba jipis, o en todo caso la cocaína dio lo mejor de los mejores textos de Literal, así como el combo de algunas de esas sustancias ilegales formateó en buena medida una gesta que Galtieri terminó consolidando como el “rock nacional”; bueno, así también es probable que esa droga entonces bien vista ya entre sartreanos o entre émulos de Isidoro Cañones, tan chic, y legal, terminara modelando en vahos de alquitrán precipitados éticos mesiánicos en estados de trance antiimperialista o revolucionario.

¿Es la tesis?


Por ejemplo yo, que por comodidad generacional, y por haber pasado por la universidad filosófica, soy nischeano – como el joven Rozitchner – tuve que abandonar alrededor de los 24 la Quilmes por esas cosas que denunciaba Nietzsche de los burdos hábitos etílicos de las bestias alemanas.

Igual, el problema de Charly no son los excesos de las ego-drogas, sino la abstinencia de los giles.







1/5/05

El Artista Nacional




Este Sabina no dice nada desconocido cuando lo define como una mezcla de Gardel y Chaplin, lo que más que nada denota una facha, evidente y acaso adrede en la época de Clics modernos a Piano bar. En el chaplinismo esquizo y tangueado, con algo de Inodoro Pereyra, Carlitos Alberto es un derivado de Macedonio, no ya un pariente de Alejandra: más dadá, pero no menos cómico. Un dadaísmo tragicómico, argento. Además, así como Macedonio fue un anciano prodigio, que apareció después de los cincuenta años y dejó a los veinteañeros contemporáneos sorprendidos, garabateando en el siglo XIX, así C. A. García se hace punky cumpliendo los cincuenta, después de una década de jipismo y otra de adelantado y adaptador del pop: ancien terrible.

Otro macedonismo de García: “faltar personalmente”, una expectativa que mantiene su ocasional arte de la ausencia, un modo de ocurrir también por omisión al que nos atenemos incluso con gozo los que alguna que otra vez vamos a sus conciertos, que muy pocas veces son tales. Depara el desastre y la maravilla, y la maravilla del desastre sobre todo.

Nadie se acuerda de que en el 88 ganó un premio de una asociación de críticos de Nueva York por su papel de enfermero en la película Lo que vendrá, donde formaba un triedro llamativo con Soto y Leyrado. Es decir, haciendo de sí mismo –como pasa con la mayoría de los grandes actores conocidos, sean Luppi, Lito Cruz o su amigo De Niro, que cuanto más se parecen a sus reportajes, mejor terminan componiendo el personaje. Enfermero, no aviador –o aviador aviado–. Quien, sin haber tenido noticias de Moreno como músico y patriota rioplatense del rocanrol, háyase topado con ese actor mudo de cine, me imagino que habrá quedado maravillado viendo inauguralmente a un Charlot new age de tal naturaleza. Dice: “los músicos pasan y los artistas quedan”. Su arte pasa, pasa cada vez más por afuera de los discos y los temas: está en un modo de aparecer. El tipo es una puesta en escena, artista sin arte: aparecer es ser y ser arte. Vanguardia hecha lata pop, pero un pop tan tango, tan europeo del s. XIX –es el tango sin tango, el tango sin intención–. Y tan con “una historia de dolor” (dice, dijo, su otro, Spinetta), tan Balada de la cárcel de Reading. Se da el lujo de ser estrella de rock, artista clásico, performer de vanguardia y poseur posmoderno, sin dejar de seguir siendo un fan de provincia: es el más cholulo de todos y el que menos oculta su vocación de afano, Influencias y admiraciones devotas. A diferencia de otros campeones de nuestro silencio elocuente llamado “rock nacional” (¿oxímoron?), sus plagios son a la vista, evidentes, justamente porque no plagia al común, ni abunda en temas de ferretería, de esos que son la individualización de una especie –en el sentido en que se dice que cada tigre es el tigre y cada blues el blues. Pasó de la mezcla Simon Garfunkel-Maria Elena Walsh (siempre es justo: “Sinfonías para adolescentes”) al mejoramiento de Génesis que era La Máquina, y de ahí al engendro Serú Girán, monstruo de cuatro patas que iban cada una para cada lado: una cuadrada y yanquimente roquera, otra yasmodernera y otra profesora de piano clásica (a lo que hay que añadir a uno de los pocos bateristas del mundo con un sonido o estilo propio), cosa que no sucederá más en un mundo donde todos los instrumentistas parecen cada vez más venir de una misma escuela. Parece que después reinventó el rock argentino con sus propios discos, sacando de la galera al hijo Pito Fáez (en su más atractiva versión, hoy extraviada en megalomanías de pastiche beat sinfónico), formateando a GIT, a los marechalianos Abuelos de la Nada, Los Twist, las chicas Cantilo y Lizarazu, etcétera, etcétera (“los 80” son un invento de Charly), con la lata de Iturry atrás (que inventó un modo criollo de hacer sonar la batería ya perdido), para acto siguiente dejar el popismo en los 90 con un “rocanrol-yo”, mezcolanza de rock básico con collages experimentales e incidentes de estudio. Pasa el quía sin empacho por todo y todos, los recrea, los corrige, los adapta a su charlidad (porque en todas esas mudanzas, a lo largo de 35 años suena siempre algo que intacto perdura), todo lo absorbe, lo digiere, lo mezcla, lo excreta, lo rehace haciéndolo Charly, sin callar sus admiraciones, siempre elevando el techo de algún enano gigante, sean Richards, Marilyn Manson o Montoto. Gestos de humildad de un sensacional pedante. Genio, rey y tonto, imaginario y no, atribulado sin mocasín y hedonista patético. En los principios de los 80 puto, ahora pederasta. Aberrante y angelical siempre. Maldito con ternura. Hombre con dios y sin dios. Su intervención política, que lo mantiene en el candelero, en la boca del periodismo y las viejas de verdulería, disrupción automática, ejemplo por la arbitrariedad contra la incansable hipocresía de los honnêtes hommes de la argentinísima buena voluntad declamante. Contra la liturgia progresista a lo Su Santidad León Gieco de Calcuta (que parece que encarna la Idea de Bien del platonismo de la izquierda emocional argentina), la camaradería de un día con Menem (¿Cómo? ¿Quiénes lo habían votado? ¿El Diablo, los Milicos?), para que la bonhomía de los portadores impolutos de la bondad y la verdad progre se golpee la cabeza contra la pared. Contra el sollozo eterno incurable, infinito de películas y efemérides de los Ángeles de la Historia, los muñecos arrojados al Río de la Plata (¡ah, eso es la tragedia, la piedad por la crueldad!) (…me hace acordar a que Borges, cuando tenía unos veintialgo, le había querido poner, a la revista después llamada Proa, y contra la voluntad de todos sus amigos, el nombre “Inquisición”). La vanguardia es así: ejemplo sin prédica y prédica sin ejemplo. Demoliendo hoteles más allá del bien y del mal y drogándose sin sol a la vera de la misma vereda del sol de las campañas antidroga de los narcos.


Quizabobo, intelectualoide


29/4/05

El Roquero Argentino y la Tradición

                                                                                                          a Luciano Coniglio 



En estas pampas de chiste, el narcisismo obligatorio y profesional de la rock star norteamericana se tolera más bien en foro privado, y cuando se permite al aire libre suena mal, gratuito. No en el caso de Charly, que es “Gardel”, que es “Dios”, que es “lo más”. Ni se le hubiera ocurrido a ningún beatle posar así, aunque dijeron que eran más famosos que Cristo: ni al simpático profesional McCartney, ni al profeta Lennon, menos al primitivo Ringo o al abstraído pop hinduista de Harrison. Gardel era una joya de cartón, pero era una persona humilde. Se limitaba a sonreír. Aparecía sonriendo. Siempre. Una de las frases inquietantes de Charly reza por vos que sonreír es como desaparecer (o al vesre). Pero este narcisismo programático más bien deriva de donde vinieron las partituras, los contrapuntos que una anticuada profesora de piano disponía ante un niñito de clase media bien, alta, culta y porteña, en alguna habitación de un departamento horizontal. Un Mozart, el infante terrible y precoz, en salsa Hollywood, el de Amadeus, esa película en la que García se sueña. Del sentido de la pérdida, no a la pérdida del sentido sino a la pérdida de la pérdida –que decía el Lamborghini Malo–, el pase de Sui Generis a Say No More, como de los coqueteos melanco de la infancia con la muerte y el silencio de Pizarnik, a la polígrafa Hilda. Alejandra en el país, inocencia un poco lúbrica. Hay un algo de Alice in Wonderland siempre en García Lange Moreno (aunque ya no quede bien citar literatura en letras roqueras), solitaria megaestrella del pago y a quien se concesiona una inmunidad de la que sólo gozan Diego y los diputados, o los niños, por la cual puede perpetrar sus happenings chaplinescos en la neuropatológica vida cotidiana. Chaplinismo maldito o terno-punk: un Oscar Wilde fusionado con Keith Richard, que diose a conjugar Bowie, Stone, Prince, etcétera, con Chopin, Beethoven, Debussy o Satie. Ahora, además de querer hacer un rock incidental en estudio, propone una estética (y una ética) del incidente en vivo (así como una preceptiva del fallido esperado, aplicado). En vivo, donde uno, en el peor de los casos, va a ver qué quilombo se arma, y en el mejor, a oír cómo arregló los temas previamente, pero sobre todo cómo los va a arreglar, o intervenir, sobre la marcha. Música popular incidental [sic], vuelta inmediatamente escena, comedia de la crueldad que avanza por sobre los tablados y redunda en incidente policial. La diferencia que hay entre Carlitos y la mayoría de los roqueros autóctonos, o la mayoría de las megaestrellas anglos, es de clase: este es un señorito. El quinto beatle porteño es mucho menos proletario que los cuatro de Liverpool, que también aprendieron música antes de que el rock existiera (una gracia perdida que suele añorarse en los músicos actuales); pero a los ponchazos. Por seguir diciendo pavadas, es un moderno: trae al rock temas y asuntos de la modernidad, como el prodigio y el genio. Nadie diría que Jagger es un genio, por lo menos en el sentido en que se dice que Charly lo es, un heredero posmoplebemediático de Chopin. Lennon suena a Lenin, Morrison a Rimbaud; Hendrix podría haber sido un saxofonista borracho del hot. Salvo el nombre de uno de los más lindos discos, Spinetta no tiene nada de Artaud (tampoco Deleuze, llegado el caso), sino de Eluard, y García no tiene nada de surrealista sino de Wilde o Carroll: era un hippie del siglo XIX (ahora macedoniano punk posdesimonónico). ¿Es o se hace? Tema nacional, una genialidad en bruto y en estado conjetural –Fernández del Mazo se hacía llamar en sus papeles “Quizagenio”. Cansados de la aburrida moralina underground y sus atómicos y sectarios socialismos, nosotros queremos un poco de torre de marfil en nuestro tango cuatro por cuatro. ¡Viva Charly aunque yo perezca! (Y bueno, si se quiere matar que se mate, cosa de él. Lo lloraremos en casa.)


1/3/05

La Verdad sobre "La Balsa"






En el baño de “La Perla” de Once, en 1929, Macedonio y Borges, con el coro de los hermanos Dabove (uno de ellos autor del fraseo para violín) compusieron en la guitarra de aquél el tema “La balsa” para contrarrestar una serie de efectos perniciosos que atribuían a una canción que era todavía la moda en aquella época: “La cumparsita”, cuya melodía, decían, los inducía al suicidio o al nirvana, o al suicidio (“cósmico”) del nirvana[1].

Previsores, incluso con cierto alivio, de la inminencia de la caída de Yrigoyen, “la balsa” fue para ellos una alegoría de la evasividad que les tocaría en suerte en el inmediato futuro, y una torre de marfil precaria y flotante.

Nunca se supo bien quién fue el verdadero autor. Macedonio no, pero Borges abandonaría el beat prontamente y escribiría años después en “Sur” un alegato en contra de la “música progresiva” (“el ruido” la llamó) que ellos aquella noche inventaron para abolir por un rato al tango y condenaron ipso facto al ocultamiento por décadas.

El papel con la letra y la partitura fue dejado en una lata de galletitas luego usada –según fuentes no oficiales- como tacho para las toallitas femeninas en el baño de mujeres (dicen que Macedonio solía dejar disimuladamente grafitis ultraístas, papelitos con poemas epitalámicos, jaboncitos que ensucian y otros chascos en ese baño…).

Unos cuarenta años después dos jóvenes artistas encontraron por raro azar esos papeles y dieron a conocer la canción, registrada en un disco bajo la autoría de ambos, aunque nunca se supo cuál de los dos la encontró realmente.




Muchos no pueden creer que Borges le haya cantado en su adolescencia a la revolución de octubre del 17 (Marechal lo invirtió en “17 de octubre”…) y menos son los que creen que haya escrito un verso que reza “Estoy muy solo y triste acá en este mundo de mierda”; pero como podría haber dicho el mismo Macedonio, uno cree que no cree.

El destino de los dos jóvenes expropiadores fue singular. Uno se convirtió al tango, y el otro, probable nominalista que hacíase llamar “Tango”, se arrojó debajo de un tren al oír repentinamente los primeros compases de “La cumparsita” tocados por un violinista callejero escapado del Borda que decía haberse peleado en una esquina con Antonin Artaud.

Vive y deja morir.







[1] Lita de Lazari, “Precursores rioplatenses de Kurt Cobain” en “El alsinismo ayoico”.



-La vulgaridad es un lujo-

Susvín... rompió


Foro fáustico-Kitsch de miseria a la filosofía, viveza epistemológica, patafísica nacional popular, metafísica nazianal pop, crítica en estado clínico, antipsicoanálisis en pantuflas, boludeces con criterio empirista de significado cognoscitivo, dadaísmo tragicómico, popestructuralismo de protesta, poemas platónicos, deconstruccionismo chabón, tango rolinga, paranoia ontoteológica, solipsismo de izquierda, falogocentrismo a martillazos, martillazos al falogocentrismo, esquizoanálisis microfascista, fenomenologías del transmundo, freudomarxismo new age, pragmatismo del reviente, pensamiento poco, yoísmo ayoico al pedo, hedonismo allende el principio del placer, diogenismo del doble discurso, cristianismo con Sade, say no more sin Tractatus, partuza del pensamiento abstracto, vitalismo funebrero, antifilosofía antipoética, surrealismo silogístico, peronismo gorila, menemismo progre, palo a la argentinidad y argentinidad al palo, rocanrol ello, existencialismo menefrego, hegelismo anarcodeseante, cross en la mandíbula a Kant.




Un idiota que reclama que le sea reconocido un saber...