17/8/11

Dos efectos personales de Macedonio

“Escribir es el verdadero modo de no leer y de vengarse de haber leído tanto.”


Dos rasgos definitivos de la escritura según Macedonio: como “venganza por haber leído tanto”, y como forma de no matar. La escritura es la sustitución del crimen, o su forma gramatológica; es lo que se recibe a cambio del suspenso de la agresión o de deponer las armas. Con la violencia metafísica de la escritura se subroga la violencia efectiva, física. Metafísicamente, el otro y su otro –el yo– se exterminan para que físicamente sobrevivan. En Macedonio ese aniquilamiento tiene una forma de empatía común, ternura e hilaridad montadas sobre la indiferencia –o pura diferencia– de la afección, porque todo lo que ocurre es afección y los afectos son fenómenos inubicados, en un estado de cosas o situación donde el yo y el otro son sólo figuras supernumerarias, espejeos, reflejos. 

Un probable resultado de un ejercicio de la escritura como venganza contra la lectura –o al menos contra su exceso– es entender a la propia práctica literaria como –por un lado– metaliteratura y por otro y al mismo tiempo como parodia –parodia de la literatura–. Sin necesidad de dar una respuesta a por qué se lee, el hecho es que se lee y demasiado, y una forma de contrarrestar los efectos perniciosos de la lectura es escribir, convalecencia de la lectura –auto o héteroimpuesta–, una forma de salud cervantina, si se entiende que la lectura como mal es lo quijotesco y la escritura paródica como salud es cervantina –esto es: antiquijotesca–. Un traslado de la posición de Quijano a la de Cervantes.

Es una manera de poder comprender –ya no refiero al caso Macedonio– un aparato literario superpoblado de alusiones eruditas e “intertexto” y demás actividades endogámicas, pero impelido por una satírica voluntad de burla, injuria, risa, e incluso de romper todo o incendiar ese inhóspito palacio. Ser una especie de Alonso Quijano punk o dadá. Por un lado, la actividad criminal en el campo de la gramatología permite matarlos a todos –uno incluido, claramente– perdonándonos la vida, y por otro la literatura manifestándose como un borgismo eroto-agresivo y esquizo-paranoide. Podría ser un menardismo invertido que en vez que querer volver a escribir lo leído, propone volver a leerlo como un método de borrarlo. Por lo menos de la propia memoria o cabeza.