Le presté plata a un
amigo el jueves; ayer me llegó un mensaje de texto; lo leí azorado: “Mañana te
lo pago”, decía. El mensaje en sí no tiene nada de asombroso, sólo que yo me
quedé pensando en que ese podía ser el título general de todos los clásicos. De
la Obra Completa
total de todos los clásicos del mundo que uno leyó (pavorosamente lo recuerdo):
Mañana te lo pago. Es lo que nos está
diciendo el muerto que habiendo escrito ayer está siendo leído ahora. “Mañana
te lo pago.” Mañana te lo pago. ¿Se entiende la estafa, no? Lo más alarmante
del muerto que parla es su facultad de hacer promesas. El muerto promete ¡pero
no está en condiciones de prometer nada! A menos que pensemos que al reclamo,
boleta en mano, lo vamos a ir a hacer cuando hayamos pasado a mejor vida. Pero
ese optimismo, promovido ancestralmente por la milenaria empresa religiosa en
todos los confines del mundo conocido, hoy en día (probablemente siempre) no
tiene ninguna chance, no tiene aire, no tiene cuerpo, carece de toda
credibilidad salvo en el caso terminal de los que están en vías de palmar: el
que se está muriendo sí puede darse el lujo de contraer esos vicios
intelectuales: cuanto más se acerca uno a la muerte más ingenuo se vuelve. No
tiene de qué agarrarse, deviene todo esperanza. Todo se hace esperanza. ¿Qué
otra cosa puede esperar? ¿De qué se va a agarrar? ¿De una indemnización? ¿De un
subsidio? ¿De la carrera del hijo? ¿Del próximo gobierno? ¿De la revolución
bolivariana? ¿Del estudio? ¿De la rehabilitación quinesiológica en los
gimnasios? El habla de los muertos es siniestra, y en ese sistema de lo ominoso
prospera la “literatura”: arranca de la familia, del aula, de los medios, de la
clase, de la tribu, de la historia; arrebata al discurso y lo ubica fuera de
serie. Enmudece a los que obran y le da la palabra a los ausentes,
especialmente al que está ausente en todas partes, el muerto. Menos mal que
existe el mercado editorial, el mercadito universitario, los claustros, los
programas de cátedras, los suplementos culturales, el tribalismo Twitter, los
talleres de narrativa infanto-juvenil o para la tercera edad, y la mar en coche
de todo ese formidable artefacto social organizado para acabar de una vez con
la literatura.